P r i n c i p a l T e x t o s G a l e r i a I n f o r m a c i ó n
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PREFACIO

J.-C. y J. Lohest

«Rebis valioso del oro que se lee en su ídolo, divierte a los astutos, y el elegido que opera lo ha ocultado en su decir»; he aquí una admirable definición de la alquimia que un visitante misterioso dejó escrita en un libro de oro, en Bruselas, con ocasión de la exposición «Alchimie» organizada en 1984 por el Crédit Communal de Bélgica.

Tras haber tratado temas en apariencia tan dispares como la tradición griega y latina, los cuentos de Perrault, los tarots, la cábala judaica y otros en el tomo I de El hilo de Penélope, el barón d’Hooghvorst ofrece hoy a los lectores una selección de textos alquímicos que van de Ramon Lull a Barent Coenders van Helpen, titulada El hilo de Penélope, tomo II.

Este título, nuevamente escogido por el propio autor para la presente obra, es sin duda sorprendente para una antología alquímica. Limitarse a relacionarlo con la historia del sudario de Laertes es una explicación un tanto deficiente.

¿Qué es este misterioso hilo de Penélope? Consideremos lo que de ello nos dice el autor al referirse a los pretendientes que asedian a Penélope con sus deseos de esponsales:

«Al no poder librarse de estos importunos, burla su espera: tomaré marido, les dice, cuando haya terminado de tejer el sudario del anciano Laertes, mi suegro. Laertes, cuyo nombre significa «el que reúne a los pueblos», es ciertamente este Arte antiguo, perdido y olvidado.
Pero de noche, a la luz de las hachas, Penélope deshacía el trabajo del día [...].
La tejedora nos da aquí la clave de su arte: de noche, dice, deshago el trabajo del día. ¿Qué representa el día? El tiempo que devora toda savia y agota la vida. En nocturna quymica de Penélope se descose el sudario fatal del Arte sepultado reanimando entonces su sol, y he aquí la espera de un dulce marido que ha vuelto en paz.» (1)

Y más adelante:

« La Biblia de los griegos no tiene sentido sin el hilo puesto de nuestra Penélope. Efectivamente, sólo ella ve la trama con que están tejidas las fábulas; tal es el genio perdido de los narradores y poetas: una hermosa hada olvidada.» (2)

Y también:

«Lo esencial, sin embargo, es el hilo de Penélope; el resto es el comentario.» (3)

Este hilo no es sino la luz de naturaleza, el hilo luminoso, el don de Dios, el espíritu del sol que ilumina en la noche, que permite al discípulo del Arte poder descubrir los enigmas y discernir las trampas en la elaboración de la piedra.

« La Naturaleza tiene una luz propia que nuestra vista no puede percibir, el cuerpo es para nuestros ojos la sombra de la naturaleza; por eso, cuando el hombre es iluminado por esta bella luz natural, todas las nubes se disipan y desaparecen ante nuestra vista, supera todas las dificultades, todas las cosas aparecen claras, presentes y manifiestas [...].» (4)

Dicho hilo recuerda tal vez el misterioso hilo de Ariadna que permitió a Teseo salir sano y salvo del dédalo de Creta, o también aquel hilo del medio, que debemos, según dicen, «asir». (5) Este hilo es necesario al lector si desea penetrar los secretos de la filosofía, «ya que no hay cábala sin quymica, ni quymica sin cábala». (6)

Y si este hilo es la llave indispensable para abrir la puerta de la alquimia, podemos también suponer que la inspira. Al titular así el presente compendio alquímico, el autor evidencia la unidad de inspiración y de experiencia de todos los textos revelados.

Le incumbe pues al lector, por su estudio y su plegaria, atraer la presencia de un maestro que le permitirá asir aquel famoso hilo de Penélope, tal como el autor lo obtuviera quizá de su maestro, Louis Cattiaux. (7) ¿Acaso no dicen que se atrae a un maestro según el amor que uno siente por sus escritos?

Antes de sumirnos en el estudio de esos textos que Emmanuel d’Hooghvorst seleccionó para sus amigos, conviene que meditemos el consejo que nos imparte:

« Con lo cual, el mejor consejo que podríamos dar a los apasionados de este Arte, es que vivan como cristianos e invoquen con una fe de niños el socorro de la Altísima-Madre-Dios, que nunca niega sus dones a los amantes de la vida pura, siempre y cuando se presenten a ella con arrepentimiento y humildad.» (8)

La alquimia sólo está permitida a los que, en verdad, están suficientemente
desprendidos como para recibir el poder, la riqueza y la vida desvelada,
sin tener nunca la tentación de utilizarla contra alguien, ya sea para aplastar
a los demás, ya sea para glorificarse personalmente. Desgraciadamente, muchos
de los que se acercan a ella lo hacen con un afán de lucro que los extravía
irremediablemente y toda su malicia se vuelve en su contra, los arruina en todos
los sentidos y les hace patear ante el muro de la razón razonante durante toda
su vida, pese a su notable fe en la realidad de la ciencia divina. Por eso debemos
rogar y atraer a los maestros que han poseído dicha ciencia santa en profundidad,
a fin de que nos inspiren en la búsqueda, tan larga y tan difícil que apenas uno
o dos hombres entre miles de individuos la consiguen [...]. (9)

 

1. E. d’Hooghvorst, El hilo de Pénélope, Arola Editors, Tarragona, 2000, pp. 20 y 21.

2. Ibidem, p. 43.

3. Ibidem, p. 39.

4. Le Cosmopolite ou Nouvelle Lumière Chymique, ed. Retz, París, 1976, pp. 91-92.

5. E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 286.

6. Idem, p. 306.

7. Véase ibidem, p. 157.

8. Véase infra, p. 94.

9. L. Cattiaux, Florilegio epistolar, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 32.