P r i n c i p a l T e x t o s G a l e r i a I n f o r m a c i ó n
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TEXTO ÍNTEGRO DE LOS DOS PRIMEROS LIBROS

Fragmento de LOS CINCO LIBROS DE NICOLAS VALOIS

Libro I

Breve explicación según el sentido común y vulgar

Dios, que es eterno y todopoderoso, ha engendrado a su Hijo y de ellos procede el Espíritu Santo; un único Dios en Trinidad, quien ha creado el Cielo y la Tierra y todo lo que allí habita. También ha creado el Sol, la Luna y las Estrellas, que proyectan sus influencias en el vientre del viento, como en el primer vaso de Naturaleza.

Esta triple simiente es la que se convierte en la sustancia de todas las cosas que hay en el Mundo, es decir, en cada reino por separado, sin que ninguno de ellos pueda pasar del uno al otro. En ellos, dicha simiente multiplica a su semejante por la virtud propia de cada reino, no por la retrogradación de éstos, sino por la reducción a su primera materia universal, que es el limbo de la naturaleza.

En el nombre de Dios todopoderoso aprende, mediante las siguientes enseñanzas, la intención de la naturaleza.

Cuando, en los últimos días de mi vida, dispuesto mi cuerpo a abandonar mi alma, no hacía más que esperar la hora del Señor y del último suspiro, nació en mí el deseo de dejarte estas palabras como un testamento. Te enseñarán diversas cosas bellas respecto a la muy digna transmutación metálica, hoy en día tan vilipendiada por el vulgar ignorante y tan ocultada por los Sabios que los que siguen el camino verdadero apenas pueden creerlo si no ven por experiencia la verdad de la cosa.

Por esta razón, te enseñaré los principios de la filosofía natural, a fin de que seas capacitado para esta ciencia genial. Pero como te dejo en una edad en que la discreción no está todavía en ti, tal como yo te la hubiera impreso si Dios me hubiera dejado vivir más tiempo, te hablo con el temor de que tu corazón se aparte al igual que el rey de Judá- de las cualidades y condiciones de sus padres, como había previsto Salomón, padre de las ciencias. ¡Que las riquezas no corrompan el corazón benigno que tu nacimiento y mi ejemplo habían empezado a imprimir en tu corazón!

La mayoría de las veces, los hijos de un padre perverso suelen ser buenos, pero los ángeles también pueden dar a luz a demonios, por diferir tanto sus inclinaciones de las de sus padres.

No obstante, para evitar esta desgracia, que perturbaría el reposo de mi alma, tantas veces como abuses de este divino secreto para utilizarlo en iniquidades, quiero que sepas cómo Dios me lo dio por mis plegarias y buenas intenciones de utilizarlo adecuadamente, y cómo por El, he adquirido todos los bienes que dejo entre tus manos y entre las de tus hermanos. Estos bienes perecerán en cuanto sus poseedores se perviertan en sus costumbres, ya que es un secreto que Dios reserva para sus elegidos, que cumplen sus mandamientos. Dios los escoge según la piedad de sus corazones, puesto que sabe penetrar el secreto de nuestras conciencias y prever los desbordamientos, generalmente provocados por las riquezas de los hombres mundanos; por ello, sólo concede su secreto a quienes son dignos de un tan gran tesoro, es decir, a los humildes de corazón, a los que tienen paciencia y caridad. Así, las virtudes te conducirán a este secreto elevado, a condición de que conozcas los principios metálicos y las operaciones de Naturaleza, ya que por esta naturaleza serás iluminado, siempre y cuando estés en gracia. Pero todavía omitiré algo: la verdad de la práctica, que encontrarás suficientemente descrita en los antiguos autores, a condición de que sepas descubrir sus intenciones ocultadas bajo una confusión de palabras, y sepas ordenar, como en una baraja mezclada, cada cosa según su valor. Te conduciré a este conocimiento mejor que ningún hombre vivo por lo que se refiere a la teoría y al conocimiento de los primeros principios, que son las llaves de la casa de Naturaleza en la que debes trabajar. Pero respecto a la práctica, no te detengas en mis escritos antes de haber recurrido a los autores, que dicen cosas buenas y malas.

Pero he aquí el secreto:

Has de saber que todos hablan de una misma manera, en dos maneras, una verdadera y otra falsa.

La verdadera sólo puede ser entendida por los iluminados que caminan rectamente y según Naturaleza, la cual, no obstante, está cubierta de comparaciones y de ejemplos expresados bajo nombres equívocos que no pertenecen a la Ciencia, aunque sean significativos de ella. Pues en esta ciencia se necesita una sola cosa y un único medio de operar, por una vía simple y natural, sin perderse en la pluralidad de las cosas contrarias a nuestra única levadura.

La falsa consiste en una confusión de regímenes y drogas malas, pues aunque todo sea significativo de algo que pertenece a la ciencia, no obstante, no hay que considerar la calidad, porque Naturaleza es simple y sólo opera simplemente, empezando todas las cosas con un primer principio, llamado general, y acabando con la especie que desea producir. No es que usurpe el principio general para pasarlo a la especie, porque Naturaleza es poderosa sobre toda generación nueva y cada cosa, después de su tiempo, regresa a su primer limbo.

He aquí la primera llave de naturaleza, y si sabes observar bien este precepto, evitarás el principio de los errores en el que todos se precipitan antes de alcanzar el conocimiento verdadero.

Hay que ser un hombre muy simple, pero también constante, una vez se tenga el rayo de luz, pues si bien obstinarse en una idea errónea es perjudicial, la perseverancia en la verdad es provechosa. Te daré el ejemplo siguiente:

Cuando empecé a dejarme engañar por los sopladores, que mediante sus malditas prácticas destruyen el cuerpo y la salud del alma y del bolsillo, éramos tres viajando por el mundo con todas las incomodidades posibles y sometidos a cualquier opinión nueva. Bajo el dominio de los grandes y, algunas veces, esclavos de los más pequeños, tuvimos todas las dificultades imaginables para conseguir algún conocimiento nuevo, y tantas sofisticaciones no nos aportaron más que el pesar del tiempo perdido y de los bienes despilfarrados. Así, nuestra pobreza nos convirtió en objeto de mofa para todos.

Tras haber probado tantas materias, reducidos a la pobreza y como desesperados, nos retiramos de esos errores, y escudriñando con curiosidad entre nosotros los signos más demostrativos de las intenciones de los filósofos, nos percatamos de nuestra ceguera y reconocimos nuestros errores pasados. Saber a tantas personas consumiéndose como nosotros en aquellas investigaciones vanas y arruinadoras, fue para nosotros la causa de un nuevo disgusto. Verdaderamente, se puede decir que es una labor desprovista de carácter oneroso, pero los malvados falsarios vacían sus bolsillos, antes de conseguir acomodar sus vasos y aderezar sus hornos.

Así, tras haber repasado detenidamente los buenos libros, como los de Arnau de Vilanova, Ramon Llull, y El Código de toda Verdad (La Turba de los Filósofos), y después de tantos trabajos consagrados a este gran secreto, tomamos una resolución mediante la cual, por la gracia de Dios, hemos conseguido nuestro objetivo.

Sin embargo, uno de nosotros, se vio tan atraído por las sofisticaciones particulares y tanto deseó descubrir cada día cosas nuevas que le deslumbraran la vista, que no quiso deshacerse de ellas.

En 1420, cuando esto sucedió, yo tenía 45 años y, al cabo de 20 meses, vimos a este gran Rey, sentado en su trono real, haciendo primero proyección sobre el blanco y luego sobre el rojo, lo cual harás como yo, si te esfuerzas y si eres tal como se debe; pero por encima de todo temerás a Dios. No es necesario gastar tanto tiempo ni dinero, puesto que contando el tiempo que he estado en camino -te lo dejo por escrito- hasta la perfección de la Obra, sólo he necesitado 18 meses, a pesar de que falló una vez. Es lo mínimo, y por esta razón hay que ser dos, a fin de que si uno falla, el otro pueda suplirle, tanto en el trabajo como en el consejo. Deberás contar con la ayuda de un fiel compañero, dotado de las mismas virtudes que te he recomendado, y que nunca te abandone. Confiarás totalmente en él como en otro ti mismo, y sin ser pertinaz, algunas veces deberás seguir su consejo, del mismo modo que él seguirá el tuyo, sin adoptar nunca una opinión particular más que por consentimiento de ambos. Y cuando falte el sentido a nuestro conocimiento, deberás recurrir a La Turba, al Codicilio y al Testamento de Llull, donde todo está enseñado desde el principio hasta el final, aunque a veces de forma enigmática. Y también al gran Rosario, la flor de las flores, a la Elucidación del Testamento, al Apertorio y a otros, donde la ciencia está completa, aunque las dos materias estén disfrazadas y ocultadas para los pretendidos sabios. Pero yo te las mostraré, si Dios te da la gracia de ello.

También encontrarás un pequeño tratado, compuesto por uno de nosotros, en el cual, si te esfuerzas, descubrirás parte de lo que he omitido, aunque te parecerá algo oscuro si no tienes esta viva luz y el conocimiento de las dos materias, ya que en la obra no entra nada más. He aquí un ejemplo:

Ante una ciudad sitiada hay una sola tropa, al igual que una agua dividida en varias gotas no forman más que una agua, y éstas reunidas no son sino un cuerpo. Del mismo modo, si los hombres están separados para atacar la ciudad, cuando aparece una brecha, todos en un solo cuerpo la asaltan y cada uno de ellos tiende al pillaje. A esto se parece la Obra.

Práctica según los Filósofos

Es una piedra de gran virtud, es denominada piedra y no es piedra, y es mineral, vegetable y animal. Se encuentra en todos los lugares, en todos los tiempos y en todas las personas. Hay que dejarla pudrir en el estiércol durante nueve días y, luego, destilar sus elementos. De ella nacerá un esperma multiplicativo de todos los metales, es decir, una semilla mineral que, perpetuándose por sí misma, alcanzará la perfección de una generación infinita.

Toma ocho onzas de lo que los filósofos te prescriben y tritúralo sobre un mármol, luego embébelo con doce onzas de aceite común de los filósofos hasta que se forme una pasta, que pondrás en el fuego y que disolverás. Y cuando veas subir la espuma roja, quítala del fuego, luego vuélvela a poner sobre él y repite la operación hasta que todo se vuelva espeso como cera fundida, de la cual se deberá extraer toda el agua virginal por vía filosofal. Después, separarás los elementos y los pondrás de nuevo juntos, proyectando sobre la plata viva y lo volverás a poner en la misma cantidad de Luna fina. Luego, continuando tu magisterio, se convertirá también en piedra roja, la cual tendrá la misma virtud sobre el rojo que sobre el blanco. Pero guárdate de la oscuridad. Hay algunos que engañan más de lo que enseñan, principalmente respecto a las operaciones, y te mandan utilizar lo que Naturaleza no necesita, porque en realidad hablan a los entendidos, ya que bajo esos enigmas todo está comprendido, pues hay que separar el buen grano de la paja, y no te desanimes si oyes hablar de esta manera:

Toma dos partes de Saturno, del Sol o de la Luna si es necesario. De Júpiter, tres partes de mercurio filosófico y la misma cantidad de Mercurio para hacer una amalgama que se vuelve piedra frangible, que triturarás varias veces sobre el mármol, embebido de vinagre muy agrio y de agua de sal común bien preparada, embebiendo y secando a menudo hasta que contenga en sí una sustancia muy grande de los cielos. Entonces, embebe de nuevo con agua de alumbre, hasta que se convierta en una pasta blanda; ponla a disolver y después a congelar, y tendrás una piedra que convertirá a Júpiter en Luna.

Para el Sol, coge vitriolo depurado y calcinado rojo, y disuélvelo en orina de niños. Destila el conjunto, sigue repitiendo la operación hasta que el agua esté bien roja; entonces, junta esta agua con la precedente, antes de que esté congelado, y pon las dos aguas bajo el estiércol durante cierto tiempo, a fin de que sean mejor incorporadas y destiladas juntas. Congélalo todo y obtendrás una piedra roja como un jacinto. De ella, proyectarás una parte sobre siete de mercurio o saturno purgado y será Sol rojo.

Los libros enseñan todo lo que se requiere y en demasía, pero como he dicho, siempre bajo figuras y alegorías. Sin embargo, has de saber que todas las materias mencionadas por los filósofos no son las materias en su esencia, sino que son figurativas de los efectos producidos por estas dos y únicas materias de la Obra de los filósofos.

Del primer agente o principio
Del cuerpo

La piedra de los filósofos no es otra cosa que el Oro muy perfecto, es decir, llevado a un tal grado de perfección que pueda perfeccionar todos los cuerpos imperfectos. Así pues, el oro es esta piedra, pero no se trata del oro vulgar, ya que está muerto y el nuestro está vivo. Este es el que hay que coger. Pero has de saber cual es este oro vivo. Cuando los frutos llegan a su madurez, producen semillas mediante las cuales podrán ser multiplicados al infinito.

Así, el oro es un fruto, pero que nunca ha adquirido su madurez en las mineras y, por consiguiente, se dice que es un oro muerto, pues su semilla es la que puede hacerlo vivir y vegetar, al igual que los dos otros reinos.

Podemos imaginar esta semilla que ya se encuentra en él en potencia, puesto que ha sido creado para multiplicar, como sus otros dos hermanos; de no ser así, podría ser llamado el impotente de la naturaleza.

Verdaderamente posee esta semilla imaginada, que Naturaleza ha intentado volver efectiva por todos sus medios, pero al no ser sus fuerzas suficientemente grandes, requiere la ayuda del artista. Por ello se dice: «ayúdame y te ayudaré».

Ten por muy cierto que el oro es el comienzo de nuestra gran obra, pero no en el estado en que se encuentra, ya que es duro, sólido y muy unido en todos sus componentes. Es necesario pues, romperlo y luego hacer que Naturaleza opere. Por esta razón, también se dice que hay que reducirlo a su primera materia, que no es otra cosa que plata viva, de la cual dicho oro ha sido primeramente creado y engendrado.

Sin embargo, para reducirlo a esta primera materia es necesaria una ayuda, es decir, una cosa líquida (como el azafrán expele su tintura), pues ¿qué otra cosa sino una materia líquida puede convertir un cuerpo duro y seco en estado líquido? Del mismo modo, el barro está hecho de agua y tierra.

Hace falta, pues, una agua tibia en la que dicho cuerpo se convertirá, y de espeso, se volverá cenagoso y fangoso. Y eso ocurre por dos razones.

La primera es para limpiar dicho cuerpo y purgarlo de las antiguas impurezas que por naturaleza han permanecido en él. Solo puede ser limpiado quitándole su dureza, ya que en el estado en que se encuentra, o incluso fundido, nada puede serle separado, pues está tan bien unido que una parte siempre sigue a la otra. Pero tras haber sido ablandado por la solución de la cosa que desea, las evacuaciones se realizan por sí mismas, y las impurezas se separan de las cosas puras.

Los filósofos han encubierto totalmente esta reducción hablando sólo de forma velada, diciendo, por ejemplo, que hay que convertir los elementos unos en otros, lo cual los ignorantes explican según un sentido equivocado, pues creen que hay que separarlos.

Esta separación es la conversión de dichos elementos y es llamada sublimación, calcinación y disolución, y tales nombres son utilizados únicamente para poner a los ignorantes en el camino del error.

Así pues, ese cuerpo, primer agente de los filósofos, es el oro que hay que hacer pasar por los cementos u otras purgaciones para limpiarlo de las mezclas que su cuerpo podría contener; luego, para convertirlo en pedazos pequeños o en un polvo sutil que se deberá desunir en una agua, y seguir disolviendo hasta que el cuerpo entero esté disuelto, de manera que sólo quede agua. Todo ello se realizará en varias aguas que, no obstante, no son más que una misma agua.

Una vez esté todo disuelto, habrá que pasar las aguas y extraer de ellas el alma de dicho cuerpo dentro de estas aguas, luego, el aceite o bálsamo; a continuación, serán reunidos con el cuerpo imperfecto.

Este trabajo consiste únicamente en imitar a la naturaleza y sus depuraciones, destilaciones y congelaciones filosóficas.

Por esta razón, se dice: observa como trabaja Naturaleza e imítala con la mayor precisión posible, ya que sólo deberás ablandar el cuerpo sobre el que trabajas con el agua que te enseñaré, pues ya te he dicho con certeza cuál es ese cuerpo.

Pero guarda este secreto oculto y no lo reveles a nadie.

Del segundo principio
Del espíritu

Algunos han considerado que el agua, primer principio de los filósofos, era la simple agua elemental, o de lluvia, o de mar; o que era el rocío del cielo. Otros, la han buscado en las simples hierbas, en los animales y en otras cosas heterogéneas, interpretando siniestramente el decir de los filósofos y apegándose a sus palabras en vez de captar sus intenciones, como por ejemplo, cuando hablan de aguardiente, de vino tinto o blanco, de vinagre, de aceite de tártaro y de cosas parecidas, o bien, del agua de nuestro mar. Has de saber que hablan de diversas maneras; así, cuando dicen «mercurio» o «nuestra plata viva», es porque la palabra «nuestra» tiene otro sentido. En efecto, si dijeran «agua del mar», podríamos sentirnos decepcionados en este punto, pero el agua de «nuestro mar», que es el mar de los filósofos, es otra cosa. Por «nuestro mar», entienden:

1. La generalidad de dicha agua, ya que está por todas partes, en todos los lugares.

Está en el cielo, puesto que el cielo la engendra; en el aire, porque no es más que aire, y en la tierra, para producir en ella todas las cosas.

2. Llaman «nuestro mar» a la obra entera y tan pronto como el cuerpo está reducido a agua, de la que dicho cuerpo fue compuesto al principio.

Esta agua es llamada agua de mar, porque es verdaderamente un mar en el que numerosos sabios barqueros han naufragado por no tener a ese astro como guía, que nunca falla a los que lo han conocido una vez.

Es esta la estrella que conducía a los sabios hacia el alumbramiento del hijo de Dios y la misma que nos ha hecho ver el nacimiento de este joven rey.

También hay otra agua de «nuestro mar», de la que habla Augurel cuando escribe:

«El agua a que me refiero es exteriormente un polvo, cuya especie propiamente es el gran elixir, el cual, reducido a un polvo impalpable blanco o rojo, hace maravillas si es aplicado a toda clase de cuerpos imperfectos y de enfermedades. Esta es la primera agua, pero sublimada siete veces y, otras, diez».

Los que la llaman aguardiente, vino tinto, vinagre y demás también dicen la verdad, ya que es una agua vivificante que hace crecer y vegetar todas las cosas.

Es un vinagre poderoso y fuerte y, para decirlo en una palabra, es una agua fuerte que tiene el poder, sin ninguna otra ayuda que la propia, de convertir a todos los cuerpos en su primera materia, puesto que ella es quien lo mata todo. Se encuentra en las matrices de las madres para procrear a los niños, pero también, en las tumbas para consumirlas y devolverlas a su primera nada.

Aunque algunos hayan defendido las aguas fuertes, que los detractores y charlatanes utilizan para corromper y quebrantar los cuerpos de los metales, entienden que estas aguas fuertes están hechas de varias composiciones y elementos contrarios a la sustancia y a la calidad de nuestro sólo y único sujeto.

Porque nuestra agua se saca de una sola y única cosa, que contiene en sí todas las cosas del mundo. Y si hubiera en ella algún elemento extraño, nunca podría producir sus efectos, a menos que dicho elemento fuera separado de ella.

Tal es la razón por la que debe ser preparada antes de cualquier cosa, así como el cuerpo, por temor a que alguna mezcla y elemento contrario se oponga a la conjunción de ambos.

Se trata pues de una agua fuerte, ya que si no tuviera una gran y admirable fuerza, ¿cómo podría devolver la perfección del cuerpo a su primera materia?

El espíritu de sal común disuelve bien el oro pero no se mezcla con él inseparablemente, mientras que nuestra sal disuelve el oro por una disolución tan admirable, que no hay ninguna diferencia entre el oro y el agua, que se convierten en una sola cosa, y la causa de ello te la voy a decir.

En su primer principio, el oro fue hecho de tierra y agua, es decir, de azufre y mercurio, los cuales, al ser juntados por la mezcla de la naturaleza ingeniosa, fueron cocidos a lo largo del tiempo y endurecidos en la montaña, donde dichas materias se encuentran. Pero en esta cocción, la tierra se fue separando progresivamente, a medida que la disposición y la digestión avanzaban, después, no obstante, de haber empezado la corporificación y la congelación de dicho cuerpo. Y esto es lo que le convierte en el más perfecto de los metales, en los cuales ha permanecido el azufre por no haber sido purgados como el oro; o bien, por no tener la matriz un fuego suficientemente potente; o bien, por la impureza del azufre que no ha podido ser dispuesto para esta separación.

Así, el oro no es otra cosa que agua condensada en las mineras por cierto grado de digestión y decocción y esa misma agua es la que hay que darle de beber para hincharlo y pudrirlo como un grano de trigo. Pero a pesar de que Naturaleza lo haya digerido y cocido por la irradiación de su gran calor, todavía no es perfecto si permanece en él alguna imperfección y humedad, que le es inseparable, por más que uno se esfuerce.

Si no tuviera esta humedad, no sería fusible, ya que dicha humedad da entrada a nuestra agua y convierte todo el cuerpo en ella, como la levadura convierte toda la masa en su substancia, a fin de que, una vez el agua haya convertido el cuerpo en agua, también dicha agua se convierta en cuerpo por la virtud de esa levadura.

Sin embargo, en primer lugar ocurre una lucha entre ellos, de forma que ambos se devoran por una putrefacción áspera y violenta.

Esta agua prisionera es la que grita: «Ayúdame y te ayudaré», es decir, ensánchame fuera de mi prisión, y si alguna vez consigues hacerme salir de ella, te haré maestro de la fortaleza en que estoy.

Así, el agua que permanece encerrada en este cuerpo es de la misma naturaleza que aquella que le damos de beber y que se denomina MERCURIO TRISMEGISTO, de que habla Parménides, cuando dice: «Naturaleza se regocija en Naturaleza, Naturaleza vence a Naturaleza, Naturaleza contiene a Naturaleza». Ya que esta agua encerrada se regocija con su compañera, que viene a liberarla de sus cadenas, y se mezcla con ella, rechazando todo lo que les es contrario, que es la preparación. Son convertidas en agua mercurial y permanente.

«Naturaleza vence a Naturaleza» porque la cantidad de agua añadida reiteradamente obliga el cuerpo a disolverse, y sometiéndolo a ella, gracias a la entrada que le da la prisionera, fuerza el cuerpo a la disolución. Es una vía sobrenatural que deshace, mediante el arte, la obra de Naturaleza sin destrucción del cuerpo.

«Naturaleza contiene a Naturaleza», es decir, que el cuerpo contiene el espíritu y el espíritu contiene el cuerpo, ya que después de la disolución se hace la congelación, como quien dijese: «ayúdame a disolver y te ayudaré a congelar». Con mucha razón nuestra agua divina es llamada la «llave», «luz», «Diana» que ilumina en la oscuridad de la noche, pues es la entrada de toda obra y la que ilumina a todos los hombres.

Es el pájaro de Hermes que no halla reposo ni de día ni de noche, ya que no hace más que intentar corporificarse en todos los lugares de la tierra. Todo su centro está lleno de este espíritu y es como un punto en el que convergen un número infinito de rayos por toda la substancia.

Ahora bien, te diré la manera de conocer dicha agua, pero si el amor que siento por ti me hace cometer aquí un pecado, ruega a Dios que me perdone y me guarde de cualquier castigo a causa de tu imprudencia.

En primer lugar, has de saber que algunos la han buscado en diferentes drogas, como en antimonios, sales, alumbres, vitriolos y tintas, pero nunca encontraron en ellos lo que buscaban ni lo encontrarán, puesto que aquel que no sabe lo que busca, tampoco sabe lo que debe encontrar.

Primero, hay que conocer por la imaginación, en vez de pensar que se consigue por azar; y es una locura si antes no se ha concebido claramente en el entendimiento.

A modo de ejemplo, te diré lo siguiente ¿cómo podríamos encontrar a un hombre entre una muchedumbre infinita, si no le conocemos o si no disponemos de ningún rasgo particular sobre su forma de vestir o de su persona?

Esta agua en un cuerpo se encuentra en el interior de todos los cuerpos del mundo. Por ello, buscan nuestra agua en el antimonio, vitriolos y otros, que son los nombres que los filósofos le han dado expresamente, tanto para desviar a los ignorantes, como por cualquier otra razón, puesto que nada se dice inútilmente. Además, nuestro magisterio puede ser comparado a todas las cosas que hay en el mundo.

Uno dice que hay que tomar sal de piedra simple, el otro, sal amoníaco, vitriolo, y así, con una multitud de drogas, y dicen la verdad, ya que nuestra materia es sal de piedra, sal amoníaco y vegetable y universal, y no halla reposo mientras no está corporificada en una tierra virgen; luego, de cuerpo se convierte en espíritu y así al infinito, o bien, hasta que haya llegado a la producción de alguna cosa, como una especie o forma comprendida en algún reino. A continuación, por ella misma destruye su propio compuesto para regresar a su primer limbo, ya que en el mundo nada se pierde ni se convierte en nada, sino que todo permanece en su integridad.

Ocurre únicamente que todo cambia de forma y de lugar, como el agua se eleva en vapor y después se convierte de nuevo en agua, pues todas las cosas acaban donde han empezado y regresan al lugar de donde han salido.

Pero he aquí la diferencia que hay entre estas malvadas drogas y nuestra verdadera sal amoníaco.

Todas son formadas bajo tierra y en ciertas regiones, o bien, son compuestas con industria por los hombres y contienen en ellas alguna sustancia fuerte que bien puede corromper y desunir algún metal. Esto ha hecho pensar a los ignorantes que todas esas aguas pueden ser NUESTRA plata viva, ya que tienen la fuerza de disolver, y que nuestra plata viva debe ser un disolvente.

Este error está verdaderamente basado sobre alguna apariencia ligera, pero no tiene ninguna razón de ser, ya que no tienen en cuenta las palabras de los filósofos, quienes enseñan que hay tres reinos, cada uno con sus particularidades, y ninguno puede usurpar nada de otro ni interferir en los demás. Estos tres reinos subsisten por sí mismos, sin tomar nada prestado de los demás, a parte del animal del cual dependen los otros dos, pues ninguno de estos dos posee tal poder, ya que están sometidos al animal y no el animal a ellos, ni tampoco cada uno de los dos está sometido únicamente al otro.

Así, los que han trabajado sobre los animales, creyendo encontrar alguna cosa metálica, han sido completamente cegados, al igual que los que han trabajado sobre los vegetales.

El animal sólo puede engendrar el animal, ya que cada cosa produce su semejante. Los operadores vulgares, que por sus calcinaciones, disoluciones, sublimaciones, etc., creen convertir y cambiar una especie en otra, están muy equivocados, porque no se puede cambiar las naturalezas de las cosas. Eso pertenece únicamente al hacedor, que es la naturaleza misma. Tales personas suelen estar adoctrinadas por el diablo.

Otras más sutiles, al considerar estas cosas abandonan estos dos reinos y van al mineral, pues tienen en cuenta la sentencia: «que cada cosa engendra a su semejante». Pero en realidad no la observan, ya que a veces hay tanto peligro en coger el mineral para producir una semilla mineral, como el vegetal o el animal.

La razón de esto es que no hay ninguna materia metálica que contenga verdaderamente en sí una semilla. De la misma manera, no hay ningún metal, por puro que sea, que no contenga impurezas, y ninguna impureza puede llevar una semilla, porque la semilla es una quintaesencia muy noble que no puede proceder más que de un cuerpo muy perfecto.

Ahora bien, Naturaleza nunca ha podido llevar los metales a esa perfección. En esto consiste la labor del Artista, pues conviene buscar una cosa que tenga el poder de abrir el cuerpo más noble, separar de él lo superfluo, y poner en ella la semilla de éste.

Esta cosa es una agua llena de fuego que, por su cualidad húmeda, ablanda a los cuerpos y por esta razón es denominada «agua fuerte, engendrada del Sol y de la Luna, que contiene el poder de destruir y de vivificar».

Para expresarme mejor, te diré lo que he podido comprender al respecto desde el tiempo en que bogo, como los otros, en este mar extranjero.

Has de saber que nuestra agua, que es llamada «mercurio crudo e imperfecto», es una agua fuerte, parecida a las demás aguas fuertes por lo que se refiere a su cuerpo y a sus efectos, pero también muy diferente, porque las demás son propias y particulares para la disolución de algún cuerpo, y la nuestra es general y disuelve todo lo que hay en el mundo. Aquellas se encuentran en algunas partes de la tierra, pero ésta en todo lugar, incluso delante de nuestros ojos, y no hay nada que no esté lleno de ella.

Y aunque esté en todas partes, no obstante, tiene un cuerpo que nos la hace visible, el cual no es más que una sal pura y verdadera. Puesto que es una tierra blanca y virgen que todavía no ha producido nada, ya que si hubiera producido algo, nos sería inútil.

Es una verdadera sal amoníaco, pero he aquí la diferencia.

La sal amoníaco vulgar disuelve el oro pero no de manera perfecta, en cambio la nuestra sí lo hace, y la plata también, y se mezcla íntimamente con ellos de forma inseparable; además, la sal vulgar en su comienzo, después de la corporificación, es una tierra impura que no es de la naturaleza de los metales perfectos, pues vemos que la tierra tiene sus propiedades particulares y produce cada cosa según la disposición de los lugares y las cualidades de dicha tierra.

Así, las tierras impuras y de cualidades malvadas han corrompido el mercurio contenido en ellas y han devuelto a la naturaleza su elemento. Habiendo así contraído una tal alianza entre sí, no podemos separarlos con nuestra agua, puesto que sería vano pretender unirla a la que está contenida en el oro, porque la impureza de estas tierras groseras lo impide, ya que son heterogéneas. Pero nuestra materia o tierra todavía no ha tomado ninguna forma particular, es decir, en la que pueda permanecer, como el vitriolo en la caverna vitriólica nunca puede ser otra cosa que vitriolo, a diferencia del nuestro. Pues es una tierra universal, Padre y Madre, que es llamada Virgen, porque todavía no ha producido nada.

Esta doncella es BEYA, que todavía no ha sido corrompida ni ha perdido su libertad, para casarse con cuerpos informes y mal tratados, al igual que las cautivas, que no pueden salir nunca de sus prisiones sin el socorro de los hombres.

Así, conservando su libertad y su integridad, vemos de una forma filosófica a este astro luminoso dar vueltas y circulaciones infinitas antes de llegar a alguno de los reinos; previamente, deberemos sorprenderlo finamente sin esperar que haya entrado en alguno de estos reinos.

Te daré el siguiente ejemplo al respecto:

El agua común nos sirve a todos y es aplicable a todas las cosas porque es un cuerpo al que se le pueden añadir todas las cosas que se deseen. Es apta para recibir todos los gustos, colores y sustancias deseadas, siempre y cuando se tome en su pureza natural, ya que si anteriormente se le hubiera mezclado absenta, sal o algún veneno, entonces tomaría la sustancia de los cuerpos que le han sido mezclados. Y si estuviera unida inseparablemente a éstos, nos sería inútil y venenosa, como lo es el agua de mar que no puede ser empleada para las necesidades de la vida humana a causa de su carácter póntico. Observemos como los marineros están obligados a proveerse de agua dulce para el tiempo de su viaje.

Así, el Mercurio contenido en todas las especies es, sin duda alguna, nuestro mercurio universal; pero bajo esta forma nos es inútil para esta obra porque ha adquirido una afinidad tan grande con la cosa que lo contiene, que no puede ser separado de ella sin recibir la cualidad y la sustancia de la cosa con la que ha realizado su alianza. Ya que dicha cosa, que es su azufre y su cuerpo, bien sea animal, vegetal o mineral, lo ha vinculado tan estrechamente a todas sus condiciones y humores, que no puede producir otras especies de ninguna otra forma que mediante el antedicho azufre, o al menos parcialmente, al igual que dos gérmenes diferentes no anulan su efecto mutuo pero que, sin embargo, no producen más que monstruos.

Ahora bien, el mejor consejo que te puedo dar, querido hijo mío, es que si tu compañero te dice: «nuestro mercurio universal está en el antimonio, el alumbre o el vitriolo, porque son materias puras y limpias que contienen un espíritu penetrante y fuerte como el que buscamos, y son del reino mineral o metálico», o bien: «los filósofos dicen que nuestra materia es una sal pura. La sal se encuentra en todas partes. El espíritu de sal disuelve el oro, por consiguiente, nuestro mercurio es la sal común», tú le contestarás: «los Filósofos dicen verdaderamente que nuestra primera materia es una sal, pero sus palabras tienen varias explicaciones. Y aunque en la Obra haya varias sales, quiero decir varios regímenes, sin embargo confieso que nuestro primer sujeto es una sal pura que se encuentra universalmente en toda la tierra».

Pero he aquí la diferencia:

Ya he dicho que todas estas drogas, de las que se ha hablado anteriormente, son materias impuras, formadas en una tierra particular y unidas a un espíritu procedente del manantial vivo. Son materias denominadas metálicas porque están en el reino de los minerales, pero sus espíritus han sido corrompidos y deteriorados por las cualidades contrarias de su azufre impuro.

Digo ahora que la sal común tampoco es la piedra porque no es universal y es un cuerpo formado por la naturaleza como los demás cuerpos, que nunca puede cambiar por sí mismo ni convertirse, o para decirlo mejor, ni producir nada, como lo hace nuestra sal natural y vegetable, que procrea todas las cosas porque es el espíritu del Universo, del que se saca la semilla de naturaleza.

Para decir claramente lo que es, diremos que es un fuego encerrado en una agua, que toma la forma de un cuerpo terrestre a partir de una materia no vinculada ni destinada a ninguna cosa, pero capaz de convertirse en cualquier cuerpo a causa de su pureza.

Es una pura sal blanca, una tierra frondosa y virgen que todavía no ha producido nada. Esta sal se engendra a sí misma y va hasta el punto que le place sin la ayuda de ningún hombre.

Y para demostrar que la sal común y otras que se han encontrado en diferentes regiones, en los abismos de sus cavernas vitriólicas no son nuestra materia, podríamos plantear la siguiente pregunta: ¿quién ha visto u oído que alguna de esas materias se haya convertido en grano, en flor, o en fruto, como ocurre cada día con nuestra sal vegetable? Te la enseño tan claramente, que cuando te diga su propio nombre no me creerás, a menos que la entiendas con mis palabras.

Y no sé de donde saco el atrevimiento de hablarte tan abiertamente. Pensaría merecer un castigo si el amor paterno del Padre por el Hijo no sirviese de excusa a la ofensa cometida.

Por esta razón, no me atrevo a seguir con el resto de la obra, pues temo incurrir en falta, porque hablo demasiado, y los otros demasiado poco.

Y este es el punto en que todo el mundo ha errado, ya que es la entrada del jardín, que los filósofos han ocultado tanto o que han encubierto bajo enigmas y engañosas apariencias.

Es la llave de toda la obra, y aunque encuentres en mis libros y en los de todos los demás cosas difíciles de entender, has de saber, no obstante, que puedes comprender todo fácilmente en breves palabras y que esta agua es el comienzo, el medio y el final de todo el magisterio.

Pues no hay ninguna otra cosa que nos importe sino ella, que disuelve, congela y devuelve finalmente al cuerpo la perfección total de la piedra noble, llamada mineral, vegetal y animal, porque tiene como fundamento material el cuerpo más perfecto de naturaleza, que es el sol llameante, padre y causa primera de esa nueva creación.

Es vegetable porque tiene similarmente como madre y primera materia lunar a este cuerpo imperfecto que es matriz, agua vegetable, porque es la fuente universal de todas las cosas que tienden a la vegetación.

Y es llamada animal porque el cuerpo que está muerto recobra vida en esta agua y se nutre de ella como de la leche de los blancos pechos de su primera nodriza. Rápidamente, adquiere en ella una forma y una potencia admirable.

Esta es el agua mística tan industriosamente escondida hasta ahora, que te hago toca con el dedo si eres tal como debes ser; ¡quiera Dios concederte su gracia como me lo hizo a mí, no por ningún mérito mío, sino por una buena voluntad que tiene hacia aquellos de sus hijos que son humildes y caritativos!

Te hablo en calidad de padre y no en calidad de filósofo, pues no lo soy, y al declararte pocas cosas en apariencia, piensa que te revelo mucho, quizás más de lo que jamás ningún hombre ha dicho, pues lo que omito, lo enseñan muchos otros, y nadie te habría revelado nunca lo que te acabo de decir.

Además, es razonable dejar algunas cosas para tu labor, ya que la poca dificultad que tendrás te hará estimar lo que quizás habrías despreciado a causa de una tan gran facilidad.

Considera solamente la intención de los buenos autores que te he enseñado; en ellos encontrarás revelado lo que yo omito. Y para que no digas que te enumero tantos libros para confundirte, has de saber que el menor de ellos te enseña toda la obra, y hay algunos que la repiten varias veces.

Pero te señalo los autores en que más debes confiar. Si los puedes leer todos, mejor será, a condición de que vayas con cuidado con sus ambages y que sepas discernir sus intenciones en sus palabras, pues uno puede aclarar mejor que otro tal o cual cosa, ya que cada uno tiene su propio estilo y sus palabras son más o menos inteligibles según lo que quieren manifestar con más o menos claridad.

Querido hijo mío, ruega a DIOS por mi alma y conserva este tratado tan fiel y secretamente como conviene. Y que no caiga en malas manos. Laus Deo

Libro II

Querido hijo mío, aunque estaba dudando mucho de si iba a divulgar la Santa Ciencia y Filosofía -por temor a ello, me iba a detener en los dos principios precedentes-, la buena voluntad y la confianza en tu prudencia me incitaron a darte además este pequeño tratado, gracias al cual tendrás más aclaraciones sobre los principios y, especialmente, sobre la primera agua mística de los filósofos, que es la madre de todos los metales y de todas las cosas que hay en el mundo. No es otra cosa que una agua ardiente, en la cual tu cuerpo tiene que ser roto y despedazado para ser llevado posteriormente, por los grados de la digestión, hasta una sublimación perfecta.

Esta agua es realmente una agua ardiente que debe ser sutilmente extraída de una tierra pura y virgen, y después debe ser revivificada hasta que no quede ni tierra ni agua extranjera, y hasta que se haya vuelto clara como la plata pura, de la que se necesita gran cantidad.

Ahora bien, si no te la he dado suficientemente a entender en mis capítulos precedentes, no has de acusar a mi libro, sino a ti mismo, pues es que no estás en gracia, ya que en realidad, te he declarado la verdad de la cosa.

A fin de darte toda ocasión y medio de alcanzar este punto que abre los ojos y los corazones de los hombres, quiero repetirte las mismas palabras, a condición de que mantengas el secreto y que ni la avaricia ni la codicia te hagan buscar la riqueza.

En la Obra de Dios y en esta Luz tan ocultada de los antiguos se encuentra el Sello de los Sellos que abre y cierra el libro de Vida, en el que están escritos los nombres de los Elegidos y de los que aman a Dios y a su prójimo.

Has de saber, pues, hijo de la doctrina y el más querido de mis hijos, que el Sol, la Luna y las estrellas envían perpetuamente sus influencias al centro de la Tierra. Para llegar allí, primero hay que pasar por las regiones medianas del aire, donde las influencias están agrupadas; mezcladas y unidas unas con otras, son posteriormente destiladas en los poros de la tierra hasta su centro, depurándose de arena en arena, hasta la última gota de su humedad aérea.

Así, el Aire está lleno de esas influencias, y la Tierra también, y no hay nada en el mundo que no esté lleno de ellas, porque es el centro de todas las cosas y el alma universal de todos los cuerpos.

Esta semilla tiene una gran abundancia de dos cualidades, que son calor y humedad, por las cuales aparecen todas las cosas que hay en el mundo, siempre con la condición de que se produzca el acercamiento del primer macho, que es el fermento que se une a dicha semilla, pues éste la atrae y la convierte en su naturaleza, produciendo así las diversas especies y ordenándolas según la voluntad y primera ordenación del Todopoderoso, a fin de que nada sea confundido y que cada cosa produzca los frutos de su naturaleza.

El calor de dicha semilla está escondido en su centro y, por lo tanto, es invisible. Pero la humedad es su cuerpo o su esperma, que engordándose en el aire, requiere una separación y purgación filosófica, que es la preparación de los extremos, la cual tiene que ser considerada con madurez según la operación de la naturaleza.

Esa semilla, llamada Mercurio Trismegisto por Hermes a causa de su triple virtud, al pasar de un lugar a otro en las huellas y vetas de la tierra, purga y limpia dichos lugares por una reiteración infinita, ya que estas humedades se suceden, como las olas del mar, hasta alcanzar su fin o término, que es el hogar en el centro de la tierra.

Habiendo alcanzado este lugar, el agua elemental, o agua engordada por el aire se ha separado del aire puro que, a su vez, ha sido elevado por el fuego céntrico hasta la superficie en forma de vapor, del mismo modo que dicha agua había descendido en humedad acuosa hasta encontrar una tierra purificada gracias a las evacuaciones precedentes, para vincularse y unirse a ésta que, según su pureza o impureza, produce el oro, la plata y otros metales.

Pero cuando dicho vapor no encuentra esta tierra, o bien, cuando esta tierra no está encerrada entre otras tierras, -como los lugares donde se crean las mineras-, sino que es totalmente porosa, este vapor no puede cocerse y se eleva siempre hacia la circunferencia, donde produce, por la atracción del sol celeste, las hierbas, los árboles y todas las demás cosas. O bien, este vapor es congelado por el aire en cierto cuerpo blanco, algunas veces mezclado con la grasa de la tierra, o a veces también visible en los lugares donde puede adherirse. Luego, al entrar en contacto con la lluvia u otra humedad es disuelta de nuevo y arrastrada hacia abajo por una circulación infinita.

Rumia pues en tu espíritu cual puede ser esta materia, ya que si no la conoces con esto, no hace falta que te informes más, pues nunca la conseguirás.

Ahora bien, los que necesitan este vapor, que permanecería siempre imperceptible a nuestra vista si no tomara el cuerpo de la parte más pura de la tierra, bien saben tomarse su tiempo, y no esperan que este pájaro haya reemprendido el vuelo, sino que con una mano industriosa y sutil lo separan de este cuerpo y, doblando o triplicando su labor, lo limpian completamente de su acuosidad y de su terrenidad grosera y elemental.

Pues no debe permanecer nada de extraño a él, ya que pondría un impedimento a la Obra, por cuanto la humedad disminuiría la fuerza del espíritu y la terrenidad espesaría el cuerpo, en vez de volverlo diáfano.

En realidad, nuestra intención principal no consiste en nada más que en coger este cuerpo, según la imperfección en que le ha dejado la naturaleza y perfeccionarlo mediante el Arte.

Es decir, que Naturaleza tiene el propósito de purgar completamente este cuerpo de dicha tierra en su minera y luego cocerlo hasta su perfecta madurez, lo que equivaldría al Elixir perfecto. Sin embargo, el impedimento procede del aire que, al traspasar las paredes del horno de Naturaleza, enfría las materias, aunque Naturaleza haga todos los esfuerzos para superarlo.

Pero explicaré como se produce la reunión de los principios.

En primer lugar, hay que observar que los principios de los metales no son más que Azufre y Mercurio, es decir, el calor y la pureza de la tierra para el azufre y el vapor húmedo para el mercurio. Este vapor húmedo es el mismo que ha limpiado y purificado el azufre de sus terrenidades sulfurosas, reduciéndolo, a fuerza de destilaciones, a una materia grasa en varios y particulares lugares de la tierra, encerrado algunas veces en un lugar donde el calor procedente del centro es retenido por una bóveda natural que la hace reverberar sobre esta materia; otras veces también, en un lugar vacío y rodeado de poros, por donde el calor se dilata, en estos lugares nunca se produce ningún metal. Pero en el lugar rodeado de calor, donde esta grasa se ha ido amasando a lo largo del tiempo y de las destilaciones naturales, cuando llega dicho vapor, éste se une a la grasa y se pudren juntos, ya que el uno resiste al otro. Cada día el vapor supera el azufre y lo digiere, de forma que se consume en dicho mercurio, que aumenta a medida que su enemigo disminuye.

Así, el oro no sería más que mercurio cocido por la virtud y fermento del azufre, el cual, así separado del mercurio, nos daría un cuerpo tan lúcido como el sol, pero como ya lo dije anteriormente, el aire interviene e impide la separación total y, por consiguiente, la madurez. Por esta razón, el oro no lleva ninguna semilla, ya que no podría ser madurado antes de que el azufre esté bien digerido o separado. Del mismo modo, el oro vulgar no es diáfano a causa del azufre terrestre que llena su cuerpo, y los demás metales lo son todavía menos, cada uno según su grado, ya que contienen más cantidad de azufre malo.

Por tanto, hay que empezar nuestra obra por la separación del azufre, que nunca podrá ser extraído sin reducir primero el cuerpo a su primera materia, es decir, al estado en que estaba en la minera cuando el aire vino a congelarlo. Esta no es una labor muy difícil para el que entiende y conoce esta primera materia, ya que ella es quien lo hace todo.

Pero los que nunca la han alcanzado, o que no tienen esta luz la considerarán como algo imposible, alegando lo maravilloso de la cosa o la oscuridad de los autores que han escrito sobre ella, ignorando que su intención en la mayoría de los casos apuntaba más a esconder que a enseñar esta ciencia. Éstos se han contentado con afirmar que la ciencia era verdadera sin enseñar su camino, y así la han escondido, pues no se trata de una búsqueda sutil, sino simplemente natural.

El primero que la encontró no tenía ningún libro, pero seguía a naturaleza, observando cómo y con qué ésta trabaja.

Quienquiera que desee alcanzarla debe, en primer lugar, temer a Dios, luego, observar como se producen todas las cosas y, a ejemplo de dichas cosas naturales, sacar conclusiones firmes y correctas. No deberás indagar las experiencias humanas, puesto que el trabajo es abusivo, incluso si el todo no consiste en nada más que en experiencias; pero sólo es después de buenas y fuertes resoluciones filosóficas.

Así, por ejemplo, ¿de qué serviría poner dos materias juntas en un horno en espera de los colores, si no se trata de las verdaderas materias de la Piedra? Y todavía más, aunque fueran las verdaderas materias de la Piedra, ¿de qué serviría todo esto si no estuvieran bien preparadas? Puesto que sin la preparación, no podrían mezclarse adecuadamente por medio de una boda verdadera ni se podría realizar ninguna conjunción, a causa de las impurezas contenidas en dichas materias. Por esta razón, en primer lugar, hay que conocer las materias y sus sustancias, no a través de opiniones mal fundamentadas, sino mediante un entendimiento sólido y bueno.

De la misma manera, cuando se dice que los filósofos tienen un oro vivo, y que el oro vulgar está muerto, ¿quién es el ignorante que osaría afirmar que hay en el mundo otro oro que el vulgar, que incluso si está muerto, es no obstante la cosa más pura de toda la tierra y el último resultado de la naturaleza? Por tanto, ésta es la materia sobre la cual debemos empezar nuestra obra y entender esa diferencia, antes o después de la preparación, pues gracias a ella, en el lugar que estaba enterrado en un sepulcro ha sido resucitado y encaminado hacia la vegetación.

Lo mismo ocurre con aquellos que piensan que el agua común o agua de mar u otras innumerables aguas son nuestro espíritu universal, tras haber declarado al respecto muchas cosas bellas e insólitas, cosas que no se refieren a esas aguas ni tampoco al mercurio vulgar, sobre el cual tantos se han equivocado.

Un filósofo como Ramón Llull, al decir respecto a la preparación como a la obra, que hay tantos vasos y tantas maneras de operar, confunde a los discípulos que no saben separar lo bueno de lo malo a fin de no sembrar la paja con el buen grano. Otro hablará de muchos fuegos y muchos hornos, a los que la gente da crédito sin considerar que el horno de Naturaleza y su fuego son únicos y que no es otra cosa que una montaña redonda, en la que hay un calor continuo que sube del centro hacia la circunferencia y que atraviesa las tierras minerales para encerrarse y ocultarse en esta montaña donde, por un lapso de tiempo, la materia se cuece, aunque por diversos grados. Pero los grados pueden ser imaginados por un buen espíritu.

¿Quién es tan ignorante como para desconocer que, habiendo puesto dos materias juntas, una fija y otra volátil, como para cuajar un queso, si se utiliza un fuego demasiado fuerte el volátil se eleva y el fijo permanece solo? Así, la conjunción no puede tener lugar.

Aquel otro también es ignorante, pues no sabe que hay que retener suavemente al fugitivo mediante un calor templado, hasta que haya cuajado con el fijo; entonces, se abrazarán y el uno ya no podrá separarse del otro. Y te aseguro que sabrás, a la vista del signo que todos los buenos autores te han indicado, cuando será tiempo que los pequeños cuervos dejen su nido. Pues has de tener en cuenta que tu trabajo será para ti una enseñanza, siempre y cuando trabajes con las materias adecuadas, ya que tu espíritu imaginará cosas nuevas, y ya no considerará a los que por sus escritos desvían, en lugar de ser provechosos.

Pero añadiré otro ejemplo para que lo entiendas:

En los escritos encontrarás que la proyección se hace a razón de un peso sobre diez, en otro, sobre quince; pero esto no es engañar, pues en todas las prácticas que se han ido realizando, siempre ha habido alguna diferencia, bien en la primera composición de las materias, o en el avance o retardación de la obra, o por haber preparado más o menos la cocción. Nadie puede asegurar el peso de la proyección, porque no todos han seguido la enseñanza del mismo maestro y, por consiguiente, siempre se trabaja de forma distinta. Por ello, las proyecciones difieren. Pero el hombre instruido sabe que siempre hay que proyectar hasta que la materia ya no sea frangible, es decir, hasta que permanezca firme bajo el martillo.

La razón y el entendimiento son los que nos lo hacen conocer todo, a condición de que no nos falte esta gran Luz.

«Teme a Dios y sé constante», dice el sabio, lo demás es fácil, y con estas cosas se llega holgadamente a la obra de la que todavía hablaré un poco al final de este tratado.

Toma una cantidad suficiente de tus dos materias y prepáralas según lo que te es enseñado, a ejemplo de las dos depuraciones y destilaciones naturales. Pues tu espíritu disolverá a tu cuerpo y tras haberlo abierto, se mezclarán los dos espíritus, el libre y el prisionero, que algunos llaman Águila y León. Después, el alma seguirá al espíritu, abandonando al cuerpo que, por su lado, regresará al limo terrestre y sulfuroso, con el cual había languidecido tanto tiempo. A continuación, le será devuelto al cuerpo el antedicho espíritu, que atraerá hacia sí algunos más que compartirán entre sí la antedicha alma, la cual crecerá por un calor lento y ahogado, administrado con un ingenioso artificio. He aquí la labor que se dice sobrenatural, por ser el vínculo de la conjunción que se hace, como he dicho anteriormente, por una decocción admirable y sobrenatural.

«La paciencia es la escalera de los filósofos, y la humildad la puerta de su jardín», pues Dios tendrá misericordia de todo aquel que persevere sin orgullo y sin envidia.

De Uno, por Uno, que no es más que Uno, son hechos Tres. Los Tres son hechos Dos y los Dos (mediante un largo combate al que la prudencia del operador deberá poner fin) serán hechos Uno, claro, transparente, hermoso, el cual suplirá todos los defectos de sus hermanos lisiados.

No te diré más, puesto que ya es suficiente y lo que yo omito muchos otros lo dicen, aunque a veces con palabras oscuras. Trabaja un poco y Dios te concederá su gracia, ya que nunca la deniega a sus servidores cuando se la piden con el firme propósito de hacer buen uso de ella.

Así acabaré exhortándote, en la medida en que me sea posible gobernarte como un hombre de bien, a que guardes oculto lo que te doy, como la cosa más valiosa del mundo.

¡Que Dios sea misericordioso con todos nosotros! ¡Honor y gloria a Él, por los siglos de los siglos! AMEN.