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DE LAS FUERZAS MAGICAS DE LA NATURALEZA

De Karl von Eckartshausen

J. Peradejordi

 

Hacer magia no es otra cosa

Que fecundar el mundo

Pico della Mirandola

 

Presentación general.

Karl von Eckartshausen, autor de La Nube sobre el Santuario (1) y de De las Fuerzas mágicas de la Naturaleza, nació en el castillo de Haimhausen (Baviera) el 28 de junio de 1752, y murió en Munich el 13 de mayo de 1803 (2). Hijo ilegítimo del conde Karl von Haimhausen y de María Anna Eckart, la hija de su intendente, llevaría el nombre de su padre y un apellido inventado que reúne los apellidos paterno y materno: Eckartshausen.

Tras una infancia bastante desgraciada y a causa de su nacimiento poco convencional, el joven Karl Eckartshausen no sería ennoblecido hasta acabar sus estudios universitarios pudiendo llamarse en lo sucesivo Karl von Eckartshausen. Nuestro autor, que recibió una educación muy esmerada y siguió con provecho sus estudios, llegaría a ser uno de los escritores más fecundos de todo Alemania y una de las figuras más importantes, sino la más, de la teosofía cristiana.

Dotado de una sensibilidad fuera de lo común, su vida se vio influenciada desde su más tierna infancia por lo mágico, por lo sobrenatural. Sabemos que, a partir de los siete años tuvo sueños y experiencias muy importantes para su vida interior, cuya interpretación le sería proporcionada por sueños posteriores. Como escribiría él mismo a otro gran teósofo, Kirshberger, «la luz que brilla en las tinieblas me proporciona el conocimiento de las cosas ocultas». La luz será precisamente una de sus obsesiones, a la que dedicará opúsculos enteros (3). En La Nube sobre el Santuario (4) nos explica que «así como la luz exterior nos ilumina por el camino de nuestra peregrinación, la luz interior nos ilumina por el camino de la salvación». Podemos, pues, hablar de una «Teosofía de la Luz», incluso de una «Filosofía de la Luz», basadas en su experiencia y en su contacto con la realidad trascendente. En el texto que presentamos, Eckartshausen afirma categóricamente que «mediante la luz hallará el mago sabiduría y fuerza» y que «la luz que conocemos en este mundo caído es sólo un reflejo, un préstamo de los sentidos y puede conducir al conocimiento o a la ciencia, pero nunca a la sabiduría».

Para Eckartshausen, «la luz física percibida por el hombre no es la verdadera luz, sino únicamente un símbolo de nuestra patria celeste».

En 1770, Eckartshausen se matriculó en la Universidad de Ingolstadt, dirigida por jesuitas, donde permanecería unos tres años. En 1774, tras unos estudios particularmente brillantes, obtuvo el Absolutorium.

En 1776, seguramente gracias a las influencias de la familia paterna (su padre era consejero privado del Príncipe Elector), obtiene el puesto honorífico, pero escasamente remunerado de Consejero Aulico, estrechamente relacionado con las actividades de tipo jurídico a las que se dedicaría a partir de 1779.

En este mismo año se casó con Genoveva Quiquérez, de oscuro origen, que fallecería al cabo de dos años. En 1781 se casa de nuevo, con Gabriela von Wolter, hija de Johann Anton von Wolter, médico personal del Príncipe Elector, Karl Theodor, y director de la facultad de Medicina de la Universidad de Ingolstadt. Al poco tiempo nace el fruto de este matrimonio, Sophia Teresia Gabriela.

En 1777, Eckartshausen fue admitido en la Academia de las Ciencias de Munich, de la que fue miembro asiduo hasta el año 1800, y donde pronunciará un gran número de conferencias. El director de la sección histórica de dicha academia, Ferdinand von Sterzinger, se interesaba, como nuestro autor, por la magia y los fenómenos ocultos. En esta misma academia realizaría toda una serie de experimentos físicos y alquímicos que influyeron de un modo decisivo en sus obras.

Entre 1780 y 1783, nuestro autor se dedicó especialmente a su trabajo como jurista, en el que intentó plasmar sus ideales humanitarios, especializándose en criminología. Como escribe su biógrafo, Antoine Faivre (5): «Estas actividades lo influencian profundamente; en vez de endurecer su corazón, desarrollan su piedad, hacen de él un defensor de los débiles y de los oprimidos». Su producción literaria de aquella época estuvo estrechamente vinculada con su trabajo. Uno de los muchos opúsculos que por aquel entonces puso en letras de molde llevaba por título De los orígenes de los delitos y de la posibilidad de evitarlos.

En 1780, Eckartshausen ingresó en el Colegio de la Censura y, a partir de entonces, trabajando como censor, se encargaría especialmente de la revisión de obras sobre Derecho y Literatura.

Unos tres años después, la Corte le ofreció el puesto de Archivista Secreto, empleo bien remunerado que, si bien le solucionaría sus problemas económicos, le atraería no pocas envidias. En 1786 publicó una obra titulada De la organización práctica y sistemática de los Archivos Principescos en general. Su trabajo como censor y como archivista, al que dedicaría la mayor parte de su tiempo, le permitió, sin embargo, leer muchísimo y enriquecerse culturalmente.

A partir de 1788, año en que publicó unas Aclaraciones sobre la magia que tendremos ocasión de citar varias veces en este trabajo, la producción literaria de nuestro autor se centró sobre todo en temas esotéricos. Sin embargo, el teatro ocuparía un lugar preeminente dentro de su obra; escribió, publicó y estrenó con cierto éxito varias obras de este género.

Al mismo tiempo que persigue una búsqueda de tipo filosófico o especulativo, Eckartshausen se entrega también a experimentos de tipo práctico en campos como la física o la alquimia. En 1798, por ejemplo, publicó un tratado sobre Los descubrimientos más recientes sobre el calor y el fuego, que le supuso dos años de experiencias prácticas.

En 1799 publicó un artículo que no se atrevió a firmar, en el que pretendía reducir todas las ciencias a un principio universal «que permite descubrir en todas las artes y todas las ciencias lo que hasta entonces sólo había sido considerado como el efecto del azar». En este escrito, Eckartshausen demuestra que el principio de la materia es indivisible e incorruptible. Para él, todos los fenómenos de la naturaleza se producen por síntesis y análisis de la luz. La sombra también es materia real, susceptible de ser concentrada hasta volverse palpable. En el tratado que hoy presentamos, asegura que «la oscuridad y la luz son verdaderas sustancias». Unos años antes, había construido una máquina que permitía relacionar los olores con los colores, gracias a la cual descubrió que existía una analogía entre los colores, las ideas, los olores y las pasiones. Tanto esta máquina como sus investigaciones en este campo le atraerían también problemas y enemistades, ya que se pretendió que «quería introducir en la Academia cuestiones de Teosofía y de Cábala».

Poco después, publicó otro polémico artículo titulado Nuevos descubrimientos sobre la incorruptibilidad de las cosas, la conservación y la perpetuación de los seres, en el que afirma ser capaz de aislar la materia luminosa de los cuerpos.

Con todo, la obra más famosa de Karl von Eckartshausen no aparecerá hasta un año antes de la muerte de nuestro autor: La Nube sobre el Santuario o algo que no sospecha la orgullosa filosofía de nuestro siglo, que alcanzaría un gran éxito y pronto sería reeditada y traducida a varios idiomas.

Hasta aquí hemos visto a grandes rasgos cómo era el personaje exterior, público. Sin embargo, al menos a nuestros ojos, el realmente importante es el Eckartshausen secreto, el miembro de la Comunidad luminosa de Dios, la «Escuela Interior» «dispersa por todo el mundo pero gobernada por una verdad y unida por un espíritu» (6). De ésta, obviamente, no se puede hablar sino desde dentro; pero lo que queramos averiguar del Eckartshausen secreto y de la Escuela Interior lo hallaremos en sus obras.

Reconocemos que es difícil, con los pocos datos que hemos dado, hacerse una idea de la extraordinaria importancia de nuestro autor, Quizá podamos suplir esta falta repasando algunas de las ideas principales que nos ha dejado en sus escritos.

Eckartshausen es un espíritu inquieto, a quien todo le interesa: ha escrito poesía, teatro, novela y ensayo. Con toda certeza él mismo tradujo, al menos parcialmente, muchos de los textos en los que basa sus especulaciones.

En sus numerosos ensayos, nuestro autor desarrolla un complejo sistema cosmogónico, escribe páginas admirables sobre Dios y el Hombre, se interesa por el mundo de los espíritus y no se avergüenza de confesar que está en contacto con ellos y que les debe no pocas inspiraciones. Por otra parte, también nos avisa de los peligros que comporta este tipo de comercio. Con todo, lo que realmente le interesa a Eckartshausen, su gran preocupación, es la religión. En La Nube sobre el Santuario (7) escribe que «la religión está destinada a reunir en él (el templo) al hombre con Dios» y en el texto que presentamos «la religión consiste en este único y gran misterio de la redención, que se nos revela de una manera meramente simbólica en todas las ceremonias y representaciones religiosas».

La abrumadora erudición de nuestro autor abarca todas las disciplinas, profanas o esotéricas y su pluma toca brillantemente casi todos los temas. En De las Fuerzas mágicas de la Naturaleza cita profusamente las Sagradas Escrituras (8) y se apoya en ellas. Comienza presentándonos un tema apasionante para muchos como es la magia para acabar hablando del que realmente le interesa: la religión, como si la verdadera finalidad de este libro fuera revelarnos los arcanos de esta última. Nuestro autor cita a Bacon de Berulamio que afirmaba que «sólo un filósofo superficial se permite despreciar la religión». Eckartshausen escribió este breve tratado para mostrar a quienes buscan la verdad que existe una completa armonía entre lo espiritual y lo físico. La traducción que ofrecemos, realizada a partir del texto original alemán es la única que conocemos. Ojalá anime a que se traduzcan a nuestro idioma otros textos del gran teósofo alemán.

Karl von Eckartshausen y la magia

El lenguaje del texto que presentamos es un lenguaje técnico, difícilmente comprensible para el profano, pero que impactará por su sencillez e inspiración al buscador sincero. Nuestro autor tiene un punto de vista muy particular de la magia, una visión que no parece pertenecer a ninguna escuela en concreto. Para él, la magia es, ante todo, una fuerza. Una fuerza que tiene su efecto en e interior de los seres y que funciona por atracción, por afinidad, por simpatía, permitiendo manifestar lo interior en el mundo exterior. Pero, al mismo tiempo, la magia es «una obra interior en la que se pone en juego lo natural y lo sobrenatural» y «a cada operación mágica le corresponde un previo despertar del espíritu» (9) La acción de la magia es posible gracias al más fino y sutil de los aires, el éter. Este es, declara nuestro autor, el mayor misterio de la magia natural: «El éter es como un espejo donde se refleja todo». Contemplándolo el mago tiene acceso a la omnisciencia. Este «Ser de todos los seres», como le llama Eckartshausen, es «una fuerza circular que actúa en siete facetas cada una de las cuales remite a la otra...». Podríase decir que el éter es la fuerza que mueve las fuerzas, el espíritu astral que está por encima y en situación de analogía con las siete fuerzas astrales, las fuerzas invisibles de la Naturaleza.

Estas fuerzas astrales dependen de una capacidad humana que es la imaginación creativa, capacidad de orden trascendente que no hay que confundir con la fantasía o la alucinación. Esta capacidad no se puede desarrollar mediante la ingestión de drogas o narcóticos; antes al contrario, éstos pueden influir nocivamente sobre ella.

La imaginación creativa es una Einbildungskraft, o sea «una facultad capaz de crear una imagen a partir de otras, de asimilar, de unir.»

El mago trabaja sobre esta imaginación creativa a través del deseo. Este es, en cierto modo, la simiente del objeto deseado. Si esta simiente es plantada en la tierra conveniente y es oportunamente regada, el mago obtendrá el fruto deseado. Pero, por regla general, el hombre común sólo desea de un modo inconsciente, sin tener una idea clara y precisa de aquello hacia lo que aspira, y más que deseo, su anhelo debería llamarse «capricho». La voluntad es algo que el hombre ha perdido, al menos parcialmente, con la caída, pero que puede ir recuperando.

«El espíritu astral está sujeto a la voluntad del ser humano y puede hacerse activo y tangible mediante la voluntad humana».

Más de un autor ocultista de nuestro siglo ha comparado la magia con los aparatos de radio, con frecuencias, sintonías, etc. Eckartshausen nos explica que «existe una franja o ámbito en el cual el ser humano puede entrar en contacto con el Espíritu universal; en este ámbito, el espíritu humano y el Espíritu universal forman un «Continuum». Cuando conoce esta «franja» y permanece en contacto con el Espíritu universal, el deseo del mago se realiza.»

Por otra parte, «el arte de la magia no debe confundirse con ciertas prácticas supersticiosas (...) La magia tiene un origen mucho más elevado y se fundamenta en el conocimiento de Dios y de la Naturaleza.»

Macrocosmos y Microcosmos

Para Eckartshausen, todo lo visible está íntimamente ligado con lo invisible por leyes eternas, pues ambos constituyen una cadena única, por lo cual, en la pura inteligencia suprema no hay ni «arriba» ni «abajo», ni «dentro» ni «fuera». Nuestro autor coincide con otros teósofos cristianos como Boehme para quien «los seres vivos imitan en su estructura al mundo astral en su totalidad: lo que está arriba es como lo que esta abajo».

Todas las cosas están ligadas entre sí por lazos invisibles y no evidentes. Incluso la cosa más pequeña tiene su importancia, ya que está en relación con el todo. El cambio más pequeño puede producir los mayores trastornos: en esto radican la efectividad y el peligro de la magia.

«El mundo visible, con todas sus criaturas, no es más que la figura del mundo invisible; lo exterior es la signatura de lo interior... Lo interior trabaja constantemente para manifestarse en el exterior.» Los espíritus de la Naturaleza obedecen a la voluntad del mago porque «Macrocosmos y Microcosmos están unidos.» «Todo lo que está en el interior, así como la manera en que actúa, se manifiesta en el exterior».

La humildad y los símbolos

El estudio de los símbolos es indispensable en Magia, dada la armonía existente entre los seres y las cosas de los tres mundos. Según nuestro autor, el estudio de los símbolos permite comprender con el corazón lo que podría estar vedado a la orgullosa inteligencia. «El cuerpo humano, opina Eckartshausen, nos proporciona ejemplos preciosos de una analogía no sólo poética, sino real y fundada sobre los hechos: el hombre que sube por una cuesta, inclina la cabeza hacia abajo, Aquel que desciende, por el contrario, la levanta. Esto significa que la humildad es necesaria para aquel que quiere subir y que el orgulloso realiza lo contrario de un progreso.» (10)

El hombre puede alcanzar el conocimiento de las verdades superiores gracias a los símbolos de este mundo, pues el cuerpo visible es el símbolo o la sombra de uno invisible. El hombre es un Microcosmos que está en relación exacta con el espíritu del Macrocosmos.

«Toda forma es la letra viva de un alfabeto; en la naturaleza podemos leer como en un libro abierto el amor, la verdad y la sabiduría de Dios.» La lectura de los símbolos nos elevará hasta las formas primordiales de esta escritura.

Pero el acceso a la comprensión de los símbolos, vedado a la orgullosa inteligencia, es sobre todo «un camino del corazón».

Adán: El hombre

Una parte importantísima del pensamiento de Eckartshausen parece centrarse en un tema que se repite en prácticamente todos sus ensayos: el hombre. En efecto, Adán era el punto central, el rey de la Creación. El hombre actual, caído y exiliado, si bien ha perdido las prerrogativas adámicas, conserva sin embargo una cierta nostalgia del estado luminoso de nuestro primer padre. Eckartshausen sabe ver más allá de las apariencias e intuye el singular destino del hombre, su ignorada grandeza.

«El primer hombre era un gran mago que cayó y perdió su sabiduría», escribe. Por ello la magia, entendida como la entiende nuestro autor, es ante todo el medio de volver a unir religiosamente al hombre con su Creador.

Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre está destinado a una felicidad semejante a la de su Creador. En el paraíso, el hombre tenía un Cuerpo de Luz, un cuerpo «constituido por energía concentrada de la luz y de los elementos, antes de que estos elementos fueran destrozados por la maldición.» Según nuestro autor, este cuerpo estaba compuesto por tres partes de luz y una de materia. Además, el hombre era libre: su libertad consistía en permanecer atado a la unidad divina o alejarse de ella. Al alejarse de ella a causa del deseo, el ser humano primordial, el hombre de luz, cae en el mundo imperfecto de la materia. Este estado es comparado por Eckartshausen a un envenenamiento:

«La enfermedad de los hombres es un verdadero envenenamiento; el hombre ha comido del fruto del árbol en el que dominaba el principio corruptible y material y se envenenó al disfrutarlo». (11)

Su cuerpo, constituido, como hemos visto, por energía lumínica concentrada, no tenía que haberse alimentado más que de alimentos incorruptibles, de alimentos luminosos, pero probó el alimento perecedero, con lo que se volvió perecedero y mortal.

El hombre está en la tierra para alcanzar el más alto grado de felicidad, pero no en el tiempo, sino en la eternidad. Sin embargo, en este mundo, puede encontrar «el punto a partir del cual se extravió».

Las imágenes que utiliza para explicarnos est único misterio de la caída y de la restauración son a veces conmovedoras: «El hombre es semejante a un fuego concentrado y encerrado en una envoltura grosera; está separado del fuego primordial al cual aspira a unirse». «Hemos de quemar la envoltura que nos recubre de modo que este fuego no se reduzca a una simple chispa. Entonces consumirá todo lo que es impuro, modificará el cuerpo, lo hará receptivo a Dios...» «Esta alquimia es facilitada por el hecho de que existe, en lo más secreto de la naturaleza física, una substancia pura que puede ayudarnos a liberar el alma divina encerrada en nosotros: esta substancia es la esencia paradisíaca que la caída del hombre encerró en la materia grosera y que desde entonces languidece bajo sus cadenas».

Para Eckartshausen, el hombre «es el objeto más importante del mundo. Los dos órdenes de conocimiento en los que participa hacen de él como un árbol cuya raíz es el espíritu: el tronco y las ramas las facultades; el follaje, las palabras; las flores, la voluntad; el fruto, la virtud. ¡Ay del árbol que no lleva frutos!»

La caída y la redención

El tema de la caída es uno de los que Eckartshausen trata más prolíficamente, sobre todo en las obras relacionadas con la magia y el esoterismo. Veamos, a grandes rasgos, cuáles eran sus ideas al respecto.

Antes de la caída, el hombre era sabio, pues estaba unido a la sabiduría: después de este funesto acontecimiento fue separado de ella.

Creado para la contemplación y el goce espirituales, Adán, disponiendo de la libertad (12) que Dios le había dado, quiso gozar de los bienes materiales que le estaban sometidos, pero para ello necesitaba un cuerpo más grosero.

Ello nos indica que todo, incluso la caída, tiene un sentido providencial. Como señala Louis Cattiaux en su Mensaje Reencontrado (XXV-44): «La caída del hombre tiene una finalidad divinamente elevada, que es la adquisición de un cuerpo bajo y su glorificación en Dios.»

En el jardín de Edén, Adán era feliz. Su felicidad consistía en contemplar las energías de la Unidad y en gozar, participando de ellas, de la energía divina original. Esta idea de «gozar» que está totalmente de acuerdo con la etimología hebrea de Edén, que significa ‘voluptuosidad’, merece quizá un breve comentario. En latín, ‘gozar’ es fruor (de ahí viene la palabra castellana ‘fruición’). De fruor procede fructus, ‘goce, placer, deleite, usufructo’, y también ‘fruto’.

En la simbología cristiana, el fruto representa la palabra. En un antiguo texto cristiano, la Epístola a Diogneto (13) podemos leer: «Aquellos que aman verdaderamente a Dios se vuelven un paraíso de delicias. Un árbol cargado de frutos, de vigorosa savia, crece en ellos y son ornados con los frutos más ricos». Y en otro texto, esta vez un delicioso fragmento de un discreto autor del Siglo de Oro español, la Visión delectable de Alfonso de la Torre, refiriéndose a los profetas, podemos leer: «aquestos en su vida han la visión de Dios en su fruición, en la cual es la alegría y el gozo tan grande, que excepto aquélla, todas las cosas del mundo les parecen un poco de lodo».

Recordemos que, precisamente hablando de profetas, el Evangelio según Mateo (VII-16) nos dice «por sus frutos los conoceréis».

Sacerdote de la divinidad, mago verdadero, Adán había recibido el conocimiento del orden de las cosas y su misión era colocarlas en el lugar que les correspondía. De este modo, el primer hombre hacía de puente entre la materia y el espíritu; era el coadjutor de Dios. Era «una criatura intermediaria que religaba el mundo espiritual con el mundo sensible.»

La caída es, para Eckartshausen, «un envenenamiento». El primer efecto de este envenenamiento fue que «el principio incorruptible (el que podríamos llamar cuerpo de vida, al igual que la materia del pecado es cuerpo de muerte) cuya expansión constituía la perfección de Adán, se concentró en el interior y abandonó el exterior al dominio de los elementos».

De este modo, el hombre caído perdió la capacidad mágica quedando el mundo exterior fuera de su dominio. Las consecuencias naturales de esta pérdida de luz, continúa Eckartshausen, «fueron la ignorancia, las pasiones, el dolor, la miseria y la muerte.» Revestido de un cuerpo inmortal, Adán no tenía porque haber conocido la muerte. Pero nuestro primer padre pecó, siendo el pecado ante todo «un pecado de egoísmo». «El egoísmo es obra de Lucifer y la causa de la caída de Adán».

A pesar de la caída adámica, el jardín de Edén no ha desaparecido, pero «está lleno de cardos y espinas». A pesar de que nuestros sentidos se alejan de ella, existe una fuerza luminosa que imanta nuestro centro hacia la Unidad. Todo el secreto consiste en saber despertarla de un modo suave.

El Sensorium

Las fuerzas mágicas operan en un órgano concreto. «Quien conoce ese órgano y sabe la manera de apropiárselo o entrar en contacto con él, posee el poder mágico sobre la naturaleza entera». «Dios expresa un sol espiritual que religa lo finito a lo infinito. Este sol es el órgano de la omnipotencia; los persas lo llamaban Ormuz, los judíos Jehová, los griegos Logos». «Este órgano es la naturaleza inmortal y pura, la substancia indestructible que lo vivifica todo y lo lleva a la más alta perfección y felicidad; el primer hombre fue creado a partir de esta substancia que es el elemento puro». Este párrafo impresionante, que alude al misterio eucarístico (la Sagrada Forma es redonda, como el disco solar), es sin duda revelador de una libertad espiritual que sitúa a nuestro autor por encima de las formas, por encima de los dogmatismos.

Eckartshausen nos habla también de «un aceite de unción que renueva al hombre». Este aceite, que reside en lo más profundo de la materia física, es llamado «Electrum, el elemento divino, el órgano o vehiculum del espíritu de Dios, el vestido de oro de la hija del rey». Este «Electrum charmal aetherum es el Verbo físico y glorioso, el cuerpo del Mesías». (14)

Nuestro autor lo describe como «un aceite verdadero, luminoso e incombustible: aquel que es ungido con él después de una preparación suficiente, se convierte en un verdadero rey y en un sacerdote de Dios; el Espíritu Santo actuará a través de él y se lo enseñará todo».

Este principio vivifica lo que está muerto y desarrolla la luz que está enterrada en nosotros, disolviendo el «gluten» (15) de la sangre.

La regeneración

El hombre es un ser caído en un mundo tenebroso, separado de la luz original, y la aceptación inteligente y humilde de esta realidad es la base para vencer el orgullo que nos ciega y para volver a reencontrar nuestro estado glorioso.

Pero, ¿cómo hacerlo?, ¿cómo empezar? Eckartshausen se nos revela como un gran maestro cuando nos dice que «La oración es el primer paso que nos conduce a la regeneración.»

«La regeneración es un re-nacimiento, una transfiguración que nos asegura la paz con nosotros mismos y con la naturaleza entera». (16)

«La posibilidad de recuperar nuestro cuerpo luminoso reside siempre en nosotros como un grano listo para germinar».

Existe, en la naturaleza física «una substancia pura que puede ayudarnos a liberar la chispa divina encerrada en nosotros; esta substancia es la esencia paradisíaca que la caída del hombre encerró en la materia grosera y que desde entonces languidece bajo sus cadenas.» (17)

El secreto de la regeneración consiste en hacer desaparecer la corteza que mantiene prisionero al corazón divino: esta es la construcción del templo en el cual Dios, la naturaleza y el hombre estarán unidos para siempre.

«La verdadera ciencia real y sacerdotal es la ciencia de la regeneración, es decir la reunión de Dios con el hombre caído». (18)

«Construir el verdadero templo es destruir la miserable cabaña adámica y substituirla por el templo de verdad; es desarrollar en nosotros el sentido interior a fin de que el principio metafísico incorruptible supere al principio terrestre.» (19)

La regeneración no se refiere sólo al hombre: abarca a la naturaleza entera, que éste arrastró en su caída. «La naturaleza aspira a su restauración: espera con nostalgia el momento en el que la humanidad alcanzará la más alta perfección.»

La oración

La característica principal del estado caído del ser humano es la separación. En este mundo estamos separados de la unidad, del centro, de Dios. Como escribe Eckartshausen, «Un espacio intermediario se interpone entre nosotros y el objeto de nuestra búsqueda; la oración elimina este espacio.» Hemos visto que la oración era el primer paso que conduce a la regeneración. Pero, ¿qué es la oración? ¿De dónde procede?» «La verdadera oración, declara uno de los protagonistas de una de las novelas de nuestro autor, no procede de la sinagoga ni del magnífico templo cristiano, sino del corazón del hombre.» Una vez purificado, éste es sin duda el lugar donde se produce la fecundación de la que habla el gran cabalista cristiano Pico della Mirandola con cuyas palabras encabezamos esta introducción, y que es el verdadero sentido de la magia.

En una oración dirigida a la «luz eterna», aquella que brilla en las tinieblas y que éstas no han recibido, Eckartshausen pide «que su propia voluntad abdique a fin de que su corazón se convierta en un lugar santo y que la divinidad se exprese de nuevo en él, como en todos los demás hombres separados de Dios a raíz de la caída.»

Sin duda por ello la oración, este diálogo en la intimidad del corazón entre nuestra chispa divina y la divinidad libre, que se entabla con y durante el estudio unitivo de las Sagradas Escrituras, es el medio más eficaz para que pueda realizarse en nosotros, en la tierra y en el cielo unidos, la voluntad de Dios, como sugiere la más famosa y acaso la más mágica de las oraciones.

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1 La Nube sobre el Santuario (1802). Existen, al menos, tres traducciones españolas distintas de este texto extraordinario. Recomendamos la de Joan Mateu Rotger, La Nube sobre el Santuario, Cartas Metafísicas, Ed. Obelisco, Barcelona, 1992.

2 Todos estos datos biográficos han sido tomados del excelente trabajo de Antoine Faivre, Eckartshausen et la Théosophie Chrétienne, Ed. Kliensieck, París 1969. Se trata, sin lugar a dudas, del mejor libro que se ha escrito sobre el teósofo alemán.

3 Die neuesten Entdeckmugen über Licht, Wärme und Feuer, Munich, 1798.

4 K. v. Eckartshausen, La Nube... Op. Cit. p. 13.

5 Eckartshausen, Op. Cit., p. 53.

6 Eckartshausen, Op. Cit., p.38

7 Eckartshausen, Op. Cit., p.54

8 En sus Noches místicas, p. 269 Munich, 1791, Eckartshausen escribe que «la regeneración es la transformación del hombre-animal en hombre-espíritu» recuperándose así la dignidad perdida y que «la revelación nos ayuda a reencontrarla».

9 En sus Aclaraciones sobre la magia, IV-99, Munich, 1788, nuestro autor opina que «El espíritu de Dios en un alma regenerada, esa es la verdadera magia».

10 Aclaraciones sobre la magia, Op. Cit., IV-378.

11 Eckartshausen, La Nube..., Op. Cit., p. 95.

12 En su libro Sobre los jeroglíficos más importantes del corazón humano, Eckartshausen señala que «la libertad de Adán consistía en permanecer atado a la Unidad o alejarse de ella».

13 Citado por Jean Daniélou en Les symboles chrétins primitifs, Ed. du Seuil, París, 1961, p. 39. 14 Sobre los Misterios más importantes de la Religión, p. 83, Munich, 1823.

15 «Más cercano a la animalidad que al espíritu» el gluten «constituye la materia del pecado; sus efectos varían según el modo en que es modificado por las excitaciones sensibles». «Esta substancia es también la causa de la ignorancia y produce putrefacción»

16 Aclaraciones sobre la Magia, Op. Cit., IV-16.

17 Aclaraciones sobre la Magia, IV-73.

18 La Nube, p. 99.

19 La Nube, p. 30.