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LA VELADA DE VENUS

PERVIGILIUM VENERIS

Sergio d’Hooghvorst

 

I. introducción

Entramos de lleno en un marco alegre y melodioso: llega la joven primavera, época de cantos, amores y renacimiento de la naturaleza. Nuestro poeta, con delicadeza y al tiempo precisión, empieza enseguida a relatarnos su mensaje: nos va a cantar un himno a la resurgente diosa Venus.

Impresionados y seducidos, no hemos podido resistir al deseo de presentar a nuestros lectores este breve poema, que a nuestro parecer no sólo constituye un pequeño joyel de la poesía de la Roma Imperial, sino que también es un documento interesante de inspiración clásica en el que encontramos un evidente contenido tradicional expresado en lenguaje mitológico. Así pues, pensamos ser útiles dando a conocer un texto poco divulgado.

El texto presentado procede de un volumen publicado por Les Belles Lettres, cuyo título es La Veillée de Venus (1). El autor del libro, Robert Schilling, realiza un breve estudio del poema y luego presenta el texto latino establecido y traducido por él.

Sabemos muy poco acerca de su origen. R.Schilling, en su estudio preliminar, lo atribuye a un poeta africano llamado Florus y sitúa su fecha de composición a mediados del siglo II d.C. Esta obra permaneció largo tiempo en la oscuridad, no sabemos por qué razones, y fue el francés Pierre Pithou quien, a finales del siglo XVI, lo dio a conocer a los eruditos de la época, publicando por primera vez el Pervigilium Veneris.

II. Pervigilium Veneris. La Velada de Venus

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

He aquí la joven primavera, la primavera melodiosa;

Es en primavera cuando nació el mundo; en primavera,

Se concilian los amores; en primavera se unen

Los pájaros y el bosque desliga su cabellera bajo la caricia

Amorosa de las lluvias. Mañana es cuando la Madre

De los amores, a la sombra de los árboles, trenza las verdes cabañas

Con ramitas de mirto; mañana es cuando enuncia sus leyes

Dione, sentada en el trono con gracia y majestad

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

En tal día, el océano, con la sangre del cielo mezclada con un copo

De espuma, entre los rebaños azulados y los caballos de mar,

Ha hecho surgir a Dione sobre las olas de las aguas marinas.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

Es Venus quien colorea el año con la púrpura de sus perlas

En flor; es ella quien da prisas a los capullos, naciendo al

Soplo del Céfiro, para que se hinchen en nudos;

Es ella quien esparce en gotitas el rocío brillante,

Dejado por la brisa nocturna. ¡Cómo cintilan, esas lágrimas,

Que tiemblan bajo su peso caedizo! La gota vacilante

Estrecha su orbe para suspender su caída.

Ved, la púrpura de las flores revela su pudor

El rocío destilado por los astros, en el transcurso de las noches

Serenas, libera, por la mañana, pliegues de sus vestidos húmedos,

Sus senos virginales. Tal es la orden de la diosa:

En la humedad matinal es cuando se desposan las rosas vírgenes.

Hijas de la sangre de Cipris y de los besos del Amor,

Hijas de la perla, de la llama, de la púrpura solar,

Mañana, respondiendo al voto de un único amor,

No temerán deshacer su pudor enrojecido,

Que se escondía bajo el velo de fuego.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

La diosa ha prescrito a las Ninfas ir al bosquecillo

De mirto. El niño acompaña a las vírgenes; pero,

¡Cómo creer en la tregua del Amor, si lleva sus flechas!

¡Id, Ninfas, el Amor ha dejado sus armas,

El Amor hace tregua! Se le ha ordenado ir sin armas, se le ha

ordenado ir desnudo, y no herir ni con arco ni con flecha

ni con fuego. No obstante, Ninfas, tened cuidado: Cupido

es hermoso; incluso desnudo, el Amor conserva todas sus armas.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

Vírgenes y púdicas como tú, Venus nos ha enviado

Hacia ti; sólo te rogamos una cosa:

Aléjate, Virgen de Delos, evita al bosque

La sangre de los animales masacrados. Venus vendría

Ella misma para rogártelo, si pudiera conmoverte, púdica diosa.

Quisiera ella misma invitarte, si te conviniera aparecer,

¡oh!, virgen. Durante tres noches de fiesta, verías

nuestros coros mezclados con la multitud recorrer tus bosquecillos,

bajo las guirnaldas de flores, entre las cabañas

de mirto. Ceres, Baco, el dios de los poetas, estarán entre nosotros.

¡Festejemos la noche entera, velemos al canto de los himnos!

¡Deja reinar a Dione sobre el bosque! ¡Retírate, Virgen de Delos!

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

Venus ha prescrito que su tribunal se yerga entre las

Flores del Hibla. Presidirá personalmente y enunciará sus leyes,

Asistida por las gracias. ¡Hibla, derrama con profusión

Tus flores, toda la cosecha florecida del año! ¡Hibla, cúbrete con un vestido

De flores que se extienda por toda la llanura

Del Edna! Aquí vendrán las Ninfas de los campos,

Las Ninfas de los montes, todas, ya sea que moren en las selvas,

Los bosques o las fuentes: a todas, la Madre del Niño alado

Ha prescrito la presencia; también ha prescrito a estas Vírgenes

No fiarse del Amor, incluso si está desnudo.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

..........................

¡(Que el bosque) extienda sobre las flores nuevas sus sombras que

verdean!

..........................

Mañana es el día en que, por primera vez, el Éter

Ha celebrado sus bodas. Para crear con sus nubes de primavera

El año entero, este Padre se ha derramado en lluvia

Amorosa en el seno de su fecunda esposa: unido a este

Gran cuerpo, debía producir todos los seres. Es Venus, que

Con su sutil suplo, penetra la sangre y el alma, para ejercer

Sobre la procreación su fuerza misteriosa.

A través de los cielos, a través de las tierras, a través del mar,

Soberana, se ha abierto un camino que no

Cesa de impregnar con gérmenes de vida y, bajo su orden,

El mundo aprendió a engendrar.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

Es Venus, que convirtió en Latinos a sus descendientes

Troyanos; es ella, que dio por esposa a su hijo

La joven Laurentina y, más tarde, raptó para Marte una

Virgen púdica en el santuario; es ella, que concluyó

Las bodas de los Romanos con las Sabinas: así debía

Crear a los Romanos y a los Quiritas y a los herederos de Rómulo,

Los Césares, padre y sobrino.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

La voluptuosidad fecunda los campos, los campos sienten

La acción de Venus. El Amor, él mismo, el niño de Dione,

Nació, dícese, en el campo. Venus lo recibió contra su pecho

Cuando los campos estaban de parto.

Lo alimento con los tiernos besos de las flores.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

Ved a los toros tumbarse bajo la retama:

Cada uno vive en paz, en los vínculos de un amor conyugal.

Ved, a la sombra, las ovejas balando con sus machos.

También es por la orden de la diosa que los pájaros

Se abstienen de interrumpir su melodía. He aquí que la ronca

Voz de los cisnes no cesa de resonar en los estanques.

Un canto le contesta a la sombra del álamo: es la esposa

De Tereo; parece decir palabras de amor con su voz

Armoniosa; no parece que compadezca a una hermana,

Víctima de su bárbaro esposo.

Ella canta, yo callo. ¿Cuándo vendrá, para mí, la primavera?

¿Cuándo haré como la golondrina y cesaré de callar?

He perdido a mi Musa, a fuerza de callar, y Febo no me mira.

Así, Amiclea, la taciturna, se perdió por su silencio.

¡Amad mañana, vosotros que jamas habéis amado;

Vosotros que habéis amado, amad aún mañana!

III. El nacimiento de Venus

Tras haber presentado a nuestros lectores este fresco y bello poema con el que el autor nos hace visitar, en compañía de dioses y ninfas, este misterioso bosque en el que nace la verde y joven primavera, hemos pensado que sería útil e interesante intentar ahondar un poco más en la personalidad de la protagonista, Venus, la Diosa sonriente, Citerea coronada.

La finalidad de este pequeño estudio, incluso si nuestras modestas posibilidades lo permitieran, no es la de realizar un comentario de la obra, sino la de intentar acercarnos un poco a la realidad que encierra el simbolismo de Venus. Por esta razón dejaremos al olfato y al ojo clínico del sagaz lector las múltiples pistas que puedan surgir en el Pervigilium Veneris.

Por una parte, para nuestro objetivo intentaremos poner en relación la mitología latina con la que nos han dejado los griegos, siendo al fin y al cabo ambas muy próximas, y de este modo explicar una mediante la otra.

Por otra parte, con la ayuda de esta arma eficaz que constituye la etimología intentaremos entreabrir prudentemente la concha de las palabras para ver si nos revelan o, mejor dicho, desvelan algo más; en efecto, enseguida nos daremos cuenta de que un idioma (y sobre todo lenguas como el latín o el griego) ofrece una extraordinaria cohesión, es decir, que no es por casualidad que palabras de una misma raíz estén ligadas entre sí; ni tampoco que los diversos sentidos de una misma palabra, aparentemente distintos e independientes, muy a menudo estén vinculados, es decir, concurran hacia una misma explicación. Parece que las palabras tengan una significación profunda y sean, a modo de las imágenes de un calidoscopio, como distintas facetas que nos muestran aspectos de una misma realidad.

Bien podemos decir que la primavera, de la cual nos habla el Pervigilium Veneris, es un fenómeno misterioso. Seguro que se refiere al despertar de la naturaleza, al cual asistimos cada año y que corresponde al momento en que el sol, visto desde la tierra como punto de referencia, cruza la elíptica en su movimiento ascendente, lo cual, se reflexionamos, es ya de por sí muy curioso y no desprovisto de enseñanza.

Pero seguro que también nos habla de algo más concreto, referente al hombre, que tiene relación con su regeneración.

Una de las cosas que más sobresalen en el poema es el hecho de la unión, que tiene como consecuencia la creación. Así: «El éter ha celebrado sus bodas. Para crear con sus nubes de primavera el año entero». Ya sabemos que este éter es un aire sutil que, según los griegos, se mueve en una esfera por encima de la luna; está, pues, arriba, y en le momento de la primavera baja en lluvia amorosa. ¿A dónde? «en el seno de su fecunda esposa (la tierra)».

Mañana es el día en que, por primera vez, el Éter

Ha celebrado sus bodas. Para crear con sus nubes de primavera

El año entero, este Padre se ha derramado en lluvia

Amorosa en el seno de su fecunda esposa: unido a este

Gran cuerpo, debía producir todos los seres. Es Venus, que

Con su sutil suplo, penetra la sangre y el alma, para ejercer

Sobre la procreación su fuerza misteriosa .

Aquí se nos da una indicación sobre la naturaleza de Venus.

Si comparamos estos versos con los siguientes del mismo poema, observaremos que el poeta habla de lo mismo con otras palabras:

En tal día, el océano, con la sangre del cielo mezclada con un copo

De espuma, entre los rebaños azulados y los caballos de mar,

Ha hecho surgir a Dione (2) sobre las olas de las aguas marinas.

En efecto, ¿qué nos recuerda esto, sino el nacimiento de Venus? Este mito, original de la tradición helénica, nos es relatado por Hesíodo en su Teogonía:

«Y el gran Cielo vino, llevando consigo la noche; envolviendo a la Tierra, ávido de amor, hele aquí acercándose y extendiéndose en todos los sentidos. Pero el hijo (3) desde su puesto, extendió la mano izquierda y asió con la derecha la enorme, la larga hoz (4) de dientes agudos y bruscamente, segó las partes sexuales (5) de su padre, para luego echarlas al azar tras él». (6)

Más adelante (7), Hesíodo continúa:

«Y alrededor del miembro divino se levantaba una blanca espuma. De esta espuma una joven Kouré se formó, que fue primero a Citerea la divina, desde la cual luego fue a Chipre bañada por todos lados; es allí donde llegó a tierra la bella y venerada diosa que hacía alrededor de ella, bajo sus pies ligeros, crecer el césped y que los dioses, así como los hombres, llamaron Afrodita».

Pero aunque veamos en el texto de Hesíodo que la madre de Venus sea la tierra, ésta nació en el agua.

Varrón (8) a este respecto, nos da una explicación muy interesante:

«Así pues, las condiciones para que se produzca su nacimiento son dos: el fuego y el agua. Por eso, en las bodas se colocan ambos elementos en el umbral de la casa nupcial, porque allí tiene lugar una unión; el fuego es el elemento masculino, ya que contiene el germen, el agua, el elemento femenino... y la fuerza que los liga el uno al otro, vis vinctionis es Venus».

Un poco más adelante, nos dice el mismo Varrón (9):

«Cuando los poetas dicen que un germen ígneo cayó del cielo en el mar y que Venus nació de la espuma por la unión del agua y del fuego, nos quieren dar a entender que esta fuerza impulsiva, vis, de los elementos es Venus. A lo que nace de esta fuerza, vinatis, pertenece lo que se llama vida, vita. La idea viene de Lucilio; La vida, vita, es la fuerza, vis, y la fuerza, vis, nos impulsa a emprender las acciones».

A partir de estos textos citados podemos concluir o por lo menos vislumbrar que Venus tiene doble significado. Por una parte, personifica la Primavera, o sea, el resultado de la unión del cielo y la tierra. Venus nace de la espuma y es la fuerza impulsiva de los elementos.

Por otra parte, Venus es «la fuerza que los liga el uno con el otro».

Citemos la continuación de este interesante extracto de Varrón (10).

«La finalidad de Venus no es la de vencer, vincere, sino atar, vincire. El nombre mismo de Victoria, viene de que los vencidos son atados, vinciuntur. La poesía ofrece testimonio de ambas nociones, porque tanto Victoria como Venus son calificadas de hijas del cielo. Y es que Tellus (la tierra fecunda) ha sido la primera en experimentar los lazos, vincta, del Cielo, y de ello ha seguido la victoria».

Vemos como esto confirma lo que antes hemos entrevisto:

«Platón, en su Banquete hablaba de dos Venus; una, hija del Cielo, y otra, de Júpiter. La primera, dice este filósofo, es esta antigua Venus, hija del Cielo, cuya madre se desconoce, y que nosotros llamamos Venus la celeste; y esta otra Venus reciente, hija de Júpiter y de Dione, que llamamos Venus la vulgar [...] Hablan de ella, a veces como de una mujer de mala vida, a veces como de una diosa" (11).

Así, hay dos Venus, la celeste y la vulgar, o Venus y Victoria. Cuando Hesíodo habla de la unión del Cielo y Tierra, es como si dijera: la unión de Venus celeste con la Venus vulgar.

En El Mensaje Reencontrado se dice:

«La naturaleza liberará a la naturaleza y el niño misterioso nacerá de la única Madre», o, según la variante: «La hermana liberará a la hermana...» (12).

La Tierra, Tellus, esposa fecunda del Cielo, contiene una Venus, por así decirlo, pero está encarcelada, oprimida, hay que sacarla de su envoltura material para que salga a la luz y nos proporcione la Victoria. Es precisamente lo que nos explica Dom Pernety (13).

«¿Qué es Venus?... Venus es como un hombre que tiene un cuerpo y un alma: hay que despojarla de su cuerpo material y grosero...»

Asimismo, dicho autor dice que Venus, según los egipcios y los griegos, no era tomada por la diosa del libertinaje y que tenía por hermana a la Verdad, escondida en el fondo de un antro. ¿Qué es la Verdad, sino nuestra Venus liberada, la estrella matutina que se levanta en el horizonte, precediendo al sol? Es la Victoria o, en una palabra, la Primavera.

Acerca de Venus, es interesante la comparación entre ésta y Lucifer, que significa ‘portador de luz’. La palabra griega fosforos significa lo mismo. Ya sabemos que Lucifer es el ángel caído. Cuando fue echado del cielo, llevaba consigo una esmeralda en la frente, la cual, como consecuencia de su caída, fue profundamente sepultada en la tierra. Esta esmeralda o luz es lo verde encerrado en el hombre, la primavera del hombre en potencia.

Decir que Venus vulgar es una mujer de costumbres disolutas y libertinas, o que Afrodita es la diosa de los placeres y del amor, entendidos desde un punto de vista carnal y humano, equivale a hacer uso de esta potencia o fuerza de una forma desviada, desconectada de la divinidad.

Dom Pernety, con su habitual don de la oportunidad y exactitud, nos lo muestra claramente:

«Los libertinos, que no entendieron la verdadera idea de los autores de estas ficciones, sólo la consideran apropiada para excitar el fuego impuro del libertinaje, e ignorantes de la Verdad, hermana de Venus, encontraron la ocasión de dar a ésta un culto licencioso» (14).

Vemos que esta frase, aparentemente sin importancia o con sentido moral, tiene una aplicación mucho más profunda y está adaptada a nuestro destino de hombres caídos.

Lo curioso es que fosforos también significa ‘portador de hombre’ y más exactamente ‘hombre de alto linaje’. Por lo tanto, vemos claramente que Venus es la fuerza caída, pero, no obstante, ella es quien nos permitirá volvernos brillantes y aparecer de nuevo a la luz.

Quizá todo ello aluda al mito de Faetón, que fue designado por Venus guardián de su templo. También personifica la estrella que brilla al anochecer o al amanecer, o sea, Venus. Hay que añadir que Faetón, hijo de Helios, intentó conducir el carro de su padre, y siendo fulminado por Zeus, cayó en el Erídano, que es un río subterráneo, según las fábulas mitológicas. El nombre Faetón está muy próximo a faeino, ‘brillar’, de faino, ‘hacer brillar, hacer aparecer, dar a conocer, indicar, presagiar’ y de fao, ‘brillar’.

Después de estas consideraciones quisiéramos hablar un poco de los diversos nombres atribuidos a la diosa Venus y estudiarlos a la luz de la etimología.

Primeramente, nos encontramos con Afrodita, nombre dado a Venus en la mitología griega. Afros significa ‘espuma’. Por otra parte, afron es un adjetivo que quiere decir ‘furioso’, que ha perdido la razón, por oposición a sofron, ‘sensato’.

Platón (15) explica el sentido y origen de la palabra fronesis, que significa pensamiento, inteligencia, sabiduría divina’:

«El pensamiento es, en efecto, la intelección (acción de captar algo con el espíritu) del movimiento foras noesis, y del flujo. También se puede entender como siendo el auxiliar del movimiento, foras onesis».

En resumen, vemos que la alfa privativa de la palabra afros le da el significado de privado de sensatez, de sabiduría que no capta el movimiento, este movimiento se refiere al éter del que hemos hablado anteriormente.

Otro de los nombres atribuidos a Venus por los griegos es el de Diosa de Chipre (según Hesíodo, allí llegó a la tierra), es Cipris en el Pervigilium Veneris. Kupris, según el diccionario (16) significa ‘la diosa de Chipre, amor, ternura, el planeta Venus’. Siempre según el diccionario, kupros «es una planta perfumada que se recoge en Chipre[…] y cuya flor o jugo eran empleados para hacer aceite o ciertos perfumes o ungüentos». A propósito de este ungüento, en el himno homérico a Afrodita, cuando Venus se enamoró de Anquiso, leemos:

«Venus fue a Chipre, penetró en su templo perfumado de Pafos [...] En seguida que hubo encontrado, cerró las puertas resplandecientes, y es allí donde las Cáritas la bañaron y la frotaron con el aceite inmortal que se ve sobre los dioses siempre vivos, este licor de inmortalidad que habían perfumado para ella».

Por otra parte, la raíz cup en griego, además de significar ‘desear’ en latín (17), nos recuerda el ‘cobre’, cuprum, y la tradición dedica este metal a Venus.

Un curioso refrán ruso hallado en un diccionario de proverbios (18) dice lo siguiente: A monnaie de cuivre, amour vert-de-grisé, lo que podríamos traducir por «A moneda de cobre, amor con verdín». La palabra ‘verdín’ en francés es más significativa: vert-de-gris, literalmente sería ‘verde de gris’. Fulcanelli, en su obra Le Mystère des Cathédrales, afirma que el gris simboliza el fuego celeste. Trasladándolo a nuestro refrán, tendríamos: "A moneda de cobre, amor verde de fuego". Hemos visto que el verde es el color de Lucifer; en latín viridis, ‘verde’ y ver, ‘primavera’ tienen la misma etimología. Por lo tanto, ‘verde de fuego’, se podría convertir en ‘primavera de fuego’, es decir primavera inducida por el fuego. Esta primavera, resultado de la unión de los contrarios Cielo y Tierra, es el Rebis de los alquimistas, la amatista de color violeta.

Tenemos el fuego, es decir, el Cielo, pero ¿dónde está la Tierra en nuestro proverbio? Volviendo al punto de partida, Chipre, kupros, hemos dicho antes que Hesíodo decía de Afrodita:

«De esta espuma una joven se formó, que fue primero a Citerea la divina, y donde luego, fue a Chipre, es allí donde llegó a tierra la bella y venerable diosa».

El autor añade que fue transportada de un lugar a otro por el viento Céfiro.

Así pues, ¿no sería Chipre, kupros «donde llegó a tierra», lo mismo que el ‘cobre’ cuprum de nuestra moneda?

Una tercera denominación de esta diosa en la literatura mitológica de los filósofos de la antigua Grecia es Citerea coronada, eustefanos kuthereie. Ya hemos visto que Afrodita fue transportada de Citerea a Chipre por el Céfiro; por lo tanto, estaba en estado volátil.

Varrón (19) dice:

«Victoria está representada con una corona y una palma, ya que la corona es un vínculo, vinculum para la cabeza».

Por otra parte, según el himno homérico a Afrodita, Venus, una vez adornada con oro por las Horas, fue acogida por los dioses inmortales y:

«cada uno de ellos deseaba hacer de ella su legítima esposa, ya que tanto admiraban la belleza de Citerea coronada de violetas».

Así nuestra diosa, viniendo de Citerea, en estado volátil, llega a Chipre y se convierte en Victoria, es decir, toma una corona y se vuelve fija, coloreándose de violeta, produciendo la amatista.

Notemos que uno de los atributos de Venus es la concha, donde se dice que nació. Porfura es la ‘concha de la cual se saca la púrpura’, también es el ‘color púrpura’.

Venus nace en una concha: se necesita una base o un receptáculo, una tierra para recibirla. Asimismo, es lógico que concha sea sinónimo de púrpura o violeta. Cuando se unen la Venus celeste y la Venus vulgar nace Victoria o Citerea coronada de violetas, el color púrpura o violeta.

Habiéndonos adentrado un poco en esta selva llena de símbolos y fábulas que constituye la mitología, equipados, a modo de un explorador para no errar, con los textos de los autores auténticos, esperamos no habernos alejado demasiado del camino, y si así fuera, habría que atribuirlo a nuestra poca ‘sensatez’. Asimismo, esperamos que el lector más ‘sensato’ nos lo perdone.

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  1. París, 1961
  2. Dione es uno de los nombres que los latinos atribuían a Venus.
  3. Se trata de Cronos. Observemos que en astrología, Saturno o Cronos, es un principio coagulante que da corporeidad. Aquí vemos que Cronos es quien hace posible la bajada del germen del cielo y, por lo tanto, el nacimiento de Afrodita.
  4. Arpe significa ‘hoz, objeto provisto de un gancho’.
  5. Medos quiere decir ‘partes sexuales’, también significa ‘pensamiento, designio’.
  6. Hesíodo, Teogonía, versos 176 a 182.
  7. Ibídem, 190 a 195.
  8. Varrón, De Lingua Latina, edición bilingüe, Ed. Antropos, Barcelona, 1990, V, 61, p. 47. Es un autor latino que vivió entre los siglos II y I a.C.
  9. Ibídem, V, 63, p. 47.
  10. Ibídem. V, 62.
  11. Dom Pernety, Les Fables Egyptiennes et Grecques dévoilées, Ed. Delalain, París, 1786, vol. II, pp. 105-106.
  12. L. Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, Ed. Sirio, Málaga, 1987, libro IV, 96.
  13. Op. Cit., p. 109.
  14. Op. Cit., p. 107.
  15. Platón, Crátilo, 411d.
  16. A. Bailly, Dictionnaire grec-français, Hachette, París, 1963.
  17. Cupido, hijo de Venus, encuentra su origen en esta raíz cup-, cupere que quiere decir ‘desear.’ Observemos que Eros, hijo de Afrodita para los griegos, viene de la palabra eros-ou, ‘pasión, deseo.’ Además, la palabra earos, o también ereros significa ‘la mañana, la primavera y la savia’.
  18. M. Maloux, Dictionnaire des proverbes, sentences et maximes, Larousse, 1980.
  19. Op. Cit., V, 62.