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TEMAS CRISTIANOS en PARACELSO

Selección, C. del Tilo

Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, llamado Paracelso, nació en la ciudad suiza de Einsieden en 1493, hijo de un medico de familia noble, a los doce años abandonó su ciudad natal y, hasta su muerte en 1541, viajó por todas las capitales europeas, primero aprendiendo y después enseñando. Sus conocimientos abarcaban todos los ámbitos del saber, por lo que fue llamada príncipe del Renacimiento. Apasionado por la medicina y la alquimia, se alejó de las terribles disputas de la Reforma y Contrareforma, y dedicó su vida a la difusión de la auténtica tradición, fragmentos de los cuales hemos recogido en números anteriores de La Puerta.

Sus reflexiones sobre temas básicos del cristianismo tienen el sabor del reencuentro más intimo con el propio origen cristiano, por ello hemos creído oportuno reproducir aquí los siguientes fragmentos.

I. De los dones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Si os hablo de la Trinidad es para que comprendáis todo lo que hemos recibido aquí, sobre la tierra, en materia de dones y talentos. Hemos recibido un don del Padre, otro del Hijo, otro del Espíritu. En consecuencia, todos los hombres tienen necesidad de la Trinidad; puesto que, quien necesita al Padre, necesita también al Hijo y al Espíritu Santo; y quien recibe del Hijo, recibe igualmente del Padre y del Espíritu Santo.

Sabemos que los hombres difieren entre sí. Algunos creen en Dios Padre, no como un padre sino como Creador. Sobre todo, son los no cristianos los que piensan así: ven en Dios Padre todo aquello que su fe les permite ver, es decir, al creador de quien proviene su naturaleza de criatura. Creen en Dios precisamente en la medida en que esperan y obtienen de él alimento, bienes, dinero. Tienen fe en lo que ven.

He aquí el primer don de Dios Padre que ha creado el cielo y la tierra para el bienestar del hombre. Al tomar conciencia de ello, el mundo entero cree en el creador del cielo y la tierra, cristianos y no cristianos, todos igual, con la diferencia, no obstante, que los cristianos reconocen en Dios al creador y también al Padre; el Padre de quien, por medio de una virgen, ha nacido un Hijo. Así, la fe en Dios se divide en dos: la fe en Dios creador y la fe en Dios creador y padre. Sin embargo, Dios deja lucir el sol sobre todos los hombres, tengan una fe completa o no. Aquellos que sólo creen en lo que ven, saben que tienen lo que tienen de Dios, el creador; no creen en el Hijo ni en el Espíritu Santo. No se benefician del reino del Hijo, ni de los dones del Espíritu Santo. En consecuencia, después de su muerte, no estarán entre el número de los elegidos, ya que la fe en el creador no es suficiente para volverlos bienaventurados; al contrario, los que creen en el Hijo, recibirán del Hijo la vida bienaventurada. Sabed pues que la fe en el creador es una fe justa, pero no una fe plena.

El otro don, que viene también de la Trinidad, pero que procede del Hijo, no concierne a los bienes sensibles ni perecederos, ni a ninguna otra cosa terrestre, aunque a Cristo le fuera dado alimentar a mil personas con unos pocos panes de cebada. Sin embargo, esto correspondía al poder del Padre, no al del Hijo; con ello solamente manifestó que el Padre también estaba en él, y él en el Padre, en tanto que creador del cielo y la tierra.

El don del Hijo es el advenimiento de la nueva criatura, el hombre nuevo, que disfruta de un cuerpo eterno e inmortal. Sabed que el don del Hijo es el del advenimiento de otro mundo, que es mucho más que el Paraíso, que fue creado antes del nacimiento del hombre nuevo —al igual que el mundo fue creado antes del nacimiento de Adán– y así como Adán fue creado en último lugar, igualmente el hombre nuevo ha sido creado en último lugar. He aquí pues el don del Hijo, que es el de abrirnos un mundo nuevo, un paraíso; dotarnos de un cuerpo angélico que no conoce la muerte ni la enfermedad; introducirnos en un mundo sin odio, sin pecado. Y es él, el Hijo, quien nos alimenta y nos da todo lo que necesitamos.

En el Pater Noster pedimos el pan cotidiano. El cristiano es quien lo pide y solo él; debido a que es a Dios, en tanto que Padre, a quien dirige la plegaria, Él nos lo da, no sólo como creador ¿como lo daría a los paganos e incrédulos? sino en tanto que Padre. Al contrario, Cristo ha dicho: «Bienaventurados aquellos que comen el pan en el reino de los cielos». Se trata de otro pan: es el pan que Cristo nos dio en su última Cena con los apóstoles, en el momento que les dijo: «De ahora en adelante no comeré ni beberé con vosotros hasta el fin de los tiempos, en el reino de los cielos». Es el pan que Cristo ha creado e instituido para la nueva criatura, un pan que no está incluido en el Pater Noster.

El don del Hijo sólo va a los que creen en el Hijo y que reciben de él el nuevo nacimiento, es decir, la beatitud, la redención, la resurrección y el reino eterno. Es en esto que difieren el don del Hijo y el del Padre.

Por lo que se refiere al Espíritu Santo, no es el creador de un tercer nacimiento, al igual que el Padre es el autor del nacimiento según el tiempo y el Hijo el que instaura el nacimiento por la eternidad. El don del Espíritu Santo es el de iluminar el antiguo y nuevo nacimiento.

Aquellos que tienen la inteligencia de ver en Dios al creador de todas las cosas reciben esta luz del Espíritu Santo; sin embargo, se trata sólo de una luz natural y no de una luz que conduce a la vida eterna, ya que procede del creador, no del Hijo. Así es como se encuentra un buen número de cabezas inteligentes y eruditas entre los no cristianos, iluminados por el Espíritu Santo, tales como Aristóteles, Platón, Virgilio, etc.

Pero el Espíritu Santo que emana del Hijo proporciona la luz eterna a quienes creen en el Hijo. Cuanto más fuerte es la fe, más intensa es la luz, más procura la sabiduría. No obstante, es el mismo y único Espíritu que procede del Padre y del Hijo, yendo del Dios creador a la criatura, y del Hijo a quienes poseen la fe cristiana.

En consecuencia, el Espíritu Santo es benéfico a los no cristianos puesto que les ilumina y les proporciona la inteligencia de la cosas de la naturaleza; cuanto más buscan, más disfrutan de la luz natural; sin embargo, no se benefician de la luz que da el Hijo. Así, a cada uno le es dado en proporción a su fe, tanto al cristiano como al no cristiano. La luz natural viene del Padre; pero la luz espiritual que viene del Hijo aumenta y fortifica la inteligencia que viene del creador.

II. De la resurrección de los cuerpos

Nuestra resurrección es semejante al nacimiento de Sansón. Nacido de una mujer estéril, Sansón no vino al mundo según el orden natural. Sucede lo mismo con nosotros: de nuestro cuerpo de Adán, estéril, nacerá un cuerpo nuevo, el cuerpo de la resurrección y ello por el poder de Dios. Este cuerpo nuevo será maravilloso como lo fue Sansón.

Ello sucede porque el cuerpo que poseemos actualmente no sirve para la gloria. Ved, se deshace y estalla en el fuego. Al contrario, el cuerpo futuro, el cuerpo glorioso, nacido del poder de Dios, tiene que ser un cuerpo que dure, que persista. En consecuencia, solo resucitarán los hijos de Dios y no los hijos de los hombres, como pensaban los judíos, quienes, por esta razón, cuidaban tanto de sus cuerpos. Este cuerpo no irá al cielo, al igual que no van al cielo las piedras de la tierra; pero, es tan difícil creer que los niños puedan nacer de las piedras, como difícil es pensar que de nuestro cuerpo pueda nacer otro cuerpo. Y, no obstante, de nuestro cuerpo de Adán, pero no con él, surgirá el cuerpo glorioso; y nuestro cuerpo permanecerá en la tierra materna.

La resurrección es como la simiente: el cuerpo permanece en la tierra, allí se pudre y descompone; no será glorificado. Será glorioso lo que nacerá de ella: las rosas, el cuerpo celeste. Igualmente, el árbol nace de la semilla, procede de ella; sin embargo, el árbol no es la semilla. Este proceso toma su tiempo, así como toma tiempo nuestro cuerpo, que en la tierra, deberá esperar el día del Señor.

¿Para qué está destinada la semilla? No para que permanezca como semilla, sino para que de ella proceda la planta cuya esencia contiene. Ya que la semilla, en tanto que semilla, no es nada. Sin embargo, quien de la semilla sabe hacer nacer el fruto, éste también sabe hacer surgir el fruto de nuestro cuerpo.

Por ello, no debemos decir: resucitaremos con el cuerpo que tenemos. Somos una simiente; una simiente de Dios, si no nuestro cuerpo no sería una simiente. Pero actualmente somos una simiente, y el cuerpo nuevo que procederá de ella, será el fruto. Será entonces cuando el cuerpo antiguo vea en el cuerpo nuevo a su Salvador. He aquí la naturaleza de nuestra esperanza en esta morada terrestre.

Adán fue sumido en un profundo sueño, a fin de que no viera cómo era extraída de él Eva, su compañera. Igualmente seremos sumidos en un sueño profundo hasta el día del juicio final. No conocemos el día ni sabemos cómo se hará nuestra resurrección. No sirve de nada buscar la comprensión de estos fines últimos, ya que nuestros razonamientos no son sino locuras ante Dios. Sin embargo, ello no debe hacernos desestimar la filosofía, ya que Dios quiere que apreciemos y descubramos estas cosas a partir del orden de la naturaleza, en la medida en que nos convenga; no obstante, ello no es más que una sombra respecto a la realidad.

El hombre tiene que resucitar con vistas al juicio, sea trigo o neguilla. Resucitará para la gloria o para la condenación. Los que son como trigo vivirán, los que son como la neguilla, aunque resucitados, se les reconocerá como muertos. Ya que Dios es el Dios de los vivientes, es decir, de sus hijos, de aquellos que han nacido de Él. Y son hijos de Dios los que cumplen su voluntad y le sirven en calidad de criaturas nuevas; y que, llevando en sí mismos la simiente destinada a la podredumbre, no viven según la ley de esta última.

La simiente no lleva en sí misma aquello que procederá de ella, lo que nacerá. Es más bien un don, una gracia que está depositada en ella. Observad la rosa o la lavanda; Dios ha colocado en la vieja simiente una virtud a fin de que, al descomponerse, nazca de ella una cosa nueva. Si lo hace por una semilla natural, con más razón lo hará por un hombre.

El viejo Adán sólo es una simiente ante Dios. Si se alimenta, si bebe mucho, esto no lo acerca en absoluto a la gloria. Si el viejo Adán permanece tal como es, si no posee en él la gracia, está condenado haga lo que haga. Así pues, no nos apeguemos demasiado a nuestro cuerpo, en todo caso, no más de lo que conviene a una simiente que tratamos de conservar en buen estado hasta el día de la siembra.

¿Debería ser conservado este cuerpo ¿Querríais que fuéramos al cielo con nuestro cuerpo de Adán, con nuestro cuerpo y sus miserias? ¡Sería un curioso Paraíso! Si el Paraíso sólo debiera ser el lugar de nuestros cuerpos renovados, sería una fuente de juventud, no un Paraíso. Sería una farsa. El Paraíso verdadero ha sido adquirido para nosotros mediante la muerte de Cristo; no es una fuente de juventud, sino una glorificación, una transfiguración. Deberíamos meditar más sobre la resurrección del Hijo de Dios, ya que nuestra resurrección es de la misma naturaleza: resucitaremos por él y en él.

La rosa, el lirio, el alhelí, el anthericum, se nutren y se sacian de lo que viene de la tierra. Pero al mismo tiempo se nutren de lo que viene de lo alto: del rocío, de la lluvia. ¿No es éste su pan del cielo? Sin embargo, la manera como se nutren de él no es visible para nosotros. Es lo mismo respecto al hombre: la rosa en nosotros, nuestro cuerpo celeste, también se nutre de lo que viene de arriba, de la mano de Cristo. Y así como la rosa se nutre del rocío y de la lluvia, igualmente la nueva criatura se nutre del rocío que viene de arriba, ya que el hombre es más que la rosa.

La naturaleza es rica en misterios, y la filosofía, la luz natural, nos permiten reconocerlos; sin embargo, la filosofía jamás ha tratado de profundizar en la otra criatura; se contenta con conocer las cosas de este mundo.

Sin embargo, el filósofo verdadero debe pensar en el cielo y la tierra, ya que no sólo de pan vive el hombre, sino también de la palabra que nos viene de la boca de Dios. Si el hombre vive de ella, igualmente la naturaleza vive de ella. En efecto, ¿quién puede comprender cómo se nutre una planta, cómo cura? Es inútil decir que posee tal o tal virtud. Es Dios quien ha puesto en ella la fuerza que cura, donde ha querido, cuando ha querido.

Si, conforme al Símbolo de los Apóstoles, queremos creer en la resurrección de la carne, debemos comprenderla a partir de otro cuerpo, y no a partir del primero, del cuerpo de Adán, ya que éste volverá al fango para la muerte eterna. El cuerpo sensible es como la sal insípida frente a la sal verdadera; nada en él es digno de gloria, es como la neguilla respecto al trigo.

No es oro todo lo que reluce, sino solamente el metal purificado de sus escorias que ha sufrido la prueba del aguafuerte y del antimonio. Es la prueba del oro natural; sin embargo hacen falta muchas más cuando se trata del hombre, de la nueva criatura. No es que el barro sea transmutado y cambiado en metal precioso, y así ennoblecido, sino que el barro será separado de la perla como por accidente. Es la perla la que alcanzará la glorificación, no es que de impura se haya convertido en pura, sino que simplemente se encontraba habitando en lo impuro, como las estrellas en las tinieblas. Sin embargo, el nuevo cuerpo brillará todavía más que las estrellas.

Cuando seamos así glorificados, subiremos al cielo para sentarnos a la mesa que el Padre que está en el cielo nos ha preparado y compartir el ágape con su Hijo. Por eso existe una diferencia entre la resurrección y la ascensión a los cielos. La resurrección consiste en la separación del cuerpo mortal y la entrada en posesión del cuerpo inmortal. Los bienaventurados alcanzarán el seno de Abraham, los réprobos el Purgatorio, hasta el advenimiento del día del juicio. Entonces los bienaventurados entrarán en el reino de Dios y serán libres; mientras que el Purgatorio será suprimido y aquellos que permanecían allí irán al Infierno. El sueño del que habla la Escritura consiste en la espera en un lugar que no sabemos donde se sitúa.

Cristo es un ejemplo para nosotros; que el hombre resucite el tercer día, el primero, o mucho más tarde, no lo sabemos ni lo podemos saber; sin embargo, la resurrección de Cristo nos enseña que no sólo se trata de un acontecimiento único, sino que nos concierne a todos. En efecto, si hubiéramos tenido que ir al cielo con nuestro cuerpo de Adán, entonces Cristo no habría necesitado encarnarse. Pero Cristo nos ha mostrado como opera el Espíritu; sólo va al cielo lo que es del cielo. Y nadie puede alcanzar la paz eterna si no ha nacido de Dios.

Por eso, no debemos poner nuestra esperanza en el cuerpo mortal, pues, aunque nos impusiéramos privaciones, no tendríamos ninguna recompensa ¡cómo si se tratara de hacer tales cálculos! Estas mortificaciones proceden más bien de la melancolía, que es cosa humana y terrestre. Cristo ha dicho: «Me alaban con los labios», es decir, actúan a partir de la melancolía. Los sanguíneos, se hacen escuchar mediante los cantos y los órganos, sin embargo, sus oficios están lejos de Dios. Los biliosos querrían derramar su sangre y los flemáticos, ser prebendados. Pero si todo esto tuviera valor, los paganos y los turcos se convertirían, ellos también, en bienaventurados. La obra de Dios entonces sería inútil; y nuestra fe también.

Sin embargo, sólo permanecerá el cuerpo espiritual. Es a partir de él que debemos ayunar y rezar, y adiestrarnos en la virtud, y no a partir de la demasiado humana melancolía. Por eso conviene marcar la diferencia entre los dos cuerpos. Nuestro cuerpo espiritual se separará del cuerpo de Adán como el fruto se separa del árbol.

III. Reconocer a los falsos apóstoles

El verano se da a conocer por signos. Por ellos se sabe que está próximo, que ya llega. Todas las cosas están igualmente marcadas por signos, por los que se puede conocer lo que sucederá, lo que nos va a suceder. Así como el verano no puede llegar sin que broten las hojas en los árboles, igualmente, nada nos llega sin signos precursores, ya sean favorables o desfavorables. La nube presagia la lluvia, el trueno, la tempestad. Es necesario, al igual que sabemos reconocer el verano, saber reconocer los falsos apóstoles y distinguirlos de los verdaderos.

Para llegar a ello se tiene que juzgar el conjunto, y no detenerse en el detalle –como hicieron los fariseos–, ya que el calor no es el signo del verano, sino el verdor, el crecimiento y todo lo que le acompaña; en efecto, puede ser que haga calor también en invierno.

Fijaos, toda gran transformación representa un reino, una monarquía. Un descubrimiento importante constituye una monarquía de este tipo, en tanto haga sentir sus efectos, importa poco el ámbito de la misma: ya sea en el mundo intelectual, político, o espiritual. David inaugura la monarquía de los profetas. Adán la monarquía de las generaciones hasta el fin de los tiempos, Cristo la monarquía de la redención, César la monarquía de los emperadores, Melquisedec la monarquía de los sacerdotes, Salomón el reino de la sabiduría, san Juan Bautista el reino de la predicación y la penitencia, san Juan Evangelista la monarquía de los profetas del Nuevo Testamento, y así todos los demás, cada uno en su ámbito, en el mal como en el bien.

Sin embargo, existe ninguna monarquía, grande o pequeña, que no esté marcada por signos que se relacionan con su desarrollo y transformación futura. Por lo que respecta a la monarquía de Adán, los seis días de la creación del Paraíso representan el anuncio de que el mundo fue creado para él, incluso antes de que él mismo fuera creado. La serpiente ha sido el signo precursor de la tentación y del pecado del hombre, ya que de lo contrario no habría ninguna razón para que entrara en el Paraíso y hablara. Así, cuando una acontecimiento se aparta del curso natural de las cosas, se convierte en el signo de que algo nuevo va a hacer su aparición en la historia de los hombres.

En consecuencia, es importante que nos ejercitemos en el conocimiento de los signos. Entonces nos volveremos hábiles como el campesino en su campo, y previsores; hábiles para distinguir los signos: sean los de la floración y de los frutos, sean los de la caída de las hojas, los signos de la primavera y los signos del otoño, ya que nada llega sin signos precursores, agradables o desagradables. La espada constituye el signo precursor de la herida, la envidia y el odio el signo de los efectos que de ellos nacen. Estemos atentos al comienzo y al desarrollo de las cosas; a partir de ello, podemos prever lo que va a suceder después.

Sin embargo, aquel que busca conocer las cosas a partir de su final debe ir a la áspera escuela, si no quiere dejar escapar los signos que están aquí para nuestra advertencia. Ya que aquello que no ves, lo que dejas escapar, estará perdido para ti, estará perdido para el conocimiento de lo que va a suceder. El deseo de luchar es el signo de las armas; las armas son un signo precursor de la guerra y de la muerte.

Notad, el discípulo no es perfecto, aprende. Cuando se haya vuelto como su maestro, será perfecto. Así pues, si alguien me predica sobre Dios, también quisiera ver en él la perfección. ¿Cuál es esta perfección? Ser como el maestro, y el maestro es Cristo. El que anuncia su palabra tiene que caminar sobre sus pasos, venir en nombre del Señor, de lo contrario, viene en su propio nombre. Si no sabe curar los cuerpos ¿cómo podría querer curar el alma?

Decir que el hombre debe ser perfecto produce daño a quien no lo es. Por eso Cristo nos ha enseñado los signos por los que podemos reconocer a los verdaderos y a los falsos profetas. En aquel que actúa en nombre del Señor, la palabra y la obra están unidas, como lo están el marido y la mujer en el matrimonio; si, al contrario, están separadas, y damos fe a palabras que no están acompañadas por obras, entonces estamos equivocados, ya que la palabra que viene de Dios nunca va sin las obras. Sin el Espíritu, la palabra está sin fuerza; al contrario, incluso es el principio del mal; pronunciar la palabra de Dios, está bien; pero si el Espíritu de Dios no está en ella, desencadena error y engaño.

El hombre se ha puesto en el lugar de Dios; dice: créeme, cree en mi palabra y en mi interpretación. Pero esto es contrario al mandamiento, ya que es por el Espíritu de Dios que seremos iluminados, y no por el espíritu del hombre. No obstante, la palabra de Dios pasa por el hombre.

Por eso, no hay que añadir nada a la palabra de Dios, ni predicar nuestro discurso al lado o en lugar de la palabra de Dios. El diablo, si tuviera forma humana, se presentaría de la misma manera que estos falsos profetas y estos falsos predicadores.

IV. Continuidad de la misión apostólica

Existe una misión apostólica que perdura. Esta misión, instituida y regulada por Dios, comporta tres grandes momentos: los profetas, los apóstoles, los discípulos.

Los profetas sólo dicen lo que, directamente, están llamados a decir por Dios. Pertenecen al Antiguo Testamento; han anunciado a Cristo, su enseñanza, su mandamiento, su redención. Y en consecuencia han anunciado la vida bienaventurada. Han muerto y ya no hay profetas; terminaron con Juan Bautista, fue el último. El Antiguo Testamento se acabó con él, el Nuevo ha empezado con él. Así terminó el reino de los profetas bienaventurados.

Después de ellos, comenzó la era de los apóstoles. Anunciaron igualmente la vida bienaventurada y enseñaron que ésta solo puede residir en Cristo. Hubo doce, además de algunos otros compañeros como Pablo, Esteban, Bernabé, etc. Predicaron y transmitieron lo que Cristo, el Hijo de Dios, les ordenó decir y hacer. Pero su reino también finalizó, y ya no están aquí.

Después de ellos, y conforme a un orden establecido por Dios, aparecieron los discípulos. Son quienes, en los tiempos siguientes, desempeñaron la misión de los profetas, dando a conocer sus escritos; y la de los apóstoles, transmitiendo su enseñanza y sus escritos. Sin embargo, no por ellos son profetas, ni apóstoles, sino discípulos. Ciertamente, se les podría denominar apóstoles o profetas, no porque lo sean realmente, sino porque anuncian el mismo mensaje que ellos; por eso conviene seguirlos fielmente, ya que nos muestran el camino que conduce a la vida bienaventurada en Cristo, y no existe otra vía que conduzca hasta allí. ¿Cómo seguir este camino? Nos lo enseñan. Ya que su misión es un oficio instituido por Dios, y lo obtienen de Él. Y como esta misión es la más elevada, es útil darla a conocer.

Dios nos manifiesta un gran favor al enviarnos en todo tiempo, mensajeros que nos enseñan el camino de la vida bienaventurada. El Espíritu los ilumina, por ello hablan tan maravillosamente del Reino de Dios. Hablan con lenguas de fuego, y una lengua permite comprender varias.

Son admirables por el Espíritu que es el fundamento de su enseñanza; igualmente, está en el origen de su poder entre nosotros, en la tierra: curan a los leprosos, lo que no es posible por las vías naturales, y lo hacen maravillosamente por una sola palabra: «Estás curado» y el enfermo está curado. Igualmente, por una palabra resucitan a los muertos, etcétera. Pero, incluso produciendo tales signos, no son orgullosos ni vanidosos; no se enriquecen. Beben un veneno y no les perjudica; se les sumerge en agua hirviendo y no les afecta; se les encadena y se liberan sin intervención humana. Desprecian los bienes de este mundo, caminan sin zapatos y no llevan dinero, para demostrar que su reino no es de este mundo. ¡Qué grandes seríamos para Dios, con sólo ofrecerles un poco de agua, o un bocado de pan de centeno!

Caminan tras la huellas de su maestro, el Cristo, quien los protege y los sostiene en sus obras y su enseñanza. Los debemos escuchar; debemos aprender de ellos. Son la luz en este mundo y la sal para nuestros corazones.

Se alegran al saber que su nombre está escrito en el Libro de la vida. Y cuando llegue la hora de la muerte, habrán cumplido la misión que les fue confiada; morirán bienaventurados en el Señor, y entrarán en la vida eterna, ya que han predicado la paz y no su propio interés.