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DOUZETEMPS Y EL MISTERIO DE LA CRUZ

Julio Peradejordi

1. Presentación

Bajo el seudónimo de Douzetemps (‘Doce-tiempos’) (1) vivió en el siglo XVIII, en Francia y Alemania, un misterioso personaje que nos ha dejado dos obras de extraordinaria profundidad filosófica y espiritual: El Misterio de la Cruz y el Hortulus Sacer.

Poco se sabe de su vida y de la de su familia, pero egún Paul Chacornac (2), Douzetemps procedería de una de las muchas familias protestantes que, en 1685, al ser revocado por Luis XIV el Edicto de Nantes, tuvieron que exiliarse.

Hacia 1730, nuestro autor se encontraba en Alemania donde entró en contacto con discípulos de Mme. Guyon, cuya doctrina, el quietismo, influyó grandemente en nuestro autor.

Douzetemps había estudiado la obra de Jacob Boehme, en especial De Signatura Rerum y la de su discípulo Georges Gichtel, Theosophía Práctica, así como muchos de los tratados herméticos conocidos en su época. En El Misterio de la Cruz (3), cita con gran entusiasmo la Aurea Catena Homerii, célebre tratado de hermetismo cristiano, así como autores de gran renombre como Paracelso, Arnaldo de Vilanova o Basilio Valentín. (4)

Hacia 1730, a raíz de un malentendido, es encarcelado por orden del Conde de Brühl, Chambelán de Augusto II, en una fortaleza cerca de Dresde, Sonnenstein. El Misterio de la Cruz y el Hortulus Sacer fueron compuestos, según escribe Douzetemps en la primera de dichas obras, en la soledad de Sonnenstein. Observemos que Sonnenstein significa, en alemán, la ‘piedra del Sol’ y que, si en El Misterio de la Cruz aparece un grabado representando este lugar, el grabado no corresponde a Sonnenstein, sino a la ciudad de Pima. ¿Hemos de considerar que se trata de un simple error del editor, o se nos quiere hacer ver que, a pesar de haber estado Douzetemps en Sonnenstein, debemos tomarlo desde un punto de vista simbólico?

El 14 de octubre de 1732 fue liberado al ver que sus preocupaciones filosóficas y herméticas no eran peligrosas en política. Douzetemps regresó entonces a Offenbach, su antigua residencia, donde hizo imprimir rápidamente El Misterio de la Cruz, a finales de 1732, seguido por el Hortulus Sacer.

Según Paul Chacornac (5), el Hortulus Sacer estaría extraído de la obra del poeta latino M. Girolamo Vida, la Christiada (1535). No lo hemos podido comprobar.

En 1782 aparece en Leipzig la primera traducción alemana del Misterio de la Cruz, realizada por Adam Birkholz. En 1784 y en 1786 se editan, respectivamente, una traducción rusa en Moscú y una segunda edición francesa, ésta última bajo los auspicios de la Orden Martinista.

En 1791 aparece una quinta edición, en francés, en Lausanne y en 1814 una segunda traducción rusa editada en San Petersburgo.

En 1860, C. J. S. Steward reedita en Londres El Misterio de la Cruz, en lengua francesa; esta edición ha sido editada de nuevo, con un procedimiento anastático por la Editorial Arche (Milán, 1975) y los extractos que siguen han sido tomados de ella.

2. La Trinidad

La Cruz es la sal de la carne,

que impide su corrupción y su putrefacción.

(M. C. II, 11)

Esta obra se compone de quince capítulos precedidos de una «Carta a Teófilo» y un «Aviso al lector», y acaba con una conclusión seguida del Hortulus Sacer. Al final de cada capítulo y también de la conclusión, aparece una elegía en latín. Sabemos, gracias a la «Carta a Teófilo» (VI) que Douzetemps empleó unos 15 días en escribir su libro.

En la «Carta a Teófilo», Douzatemps le escribe que, respondiendo a una petición suya de hace dos años y medio, va a relatarle «sus sentimientos sobre El Misterio de la Cruz». Douzetemps confiesa que en su obra hay «algunos pasajes y lugares muy mágicos y que requieren hombres de buen temple para entenderlos en toda su extensión», pues nuestro autor prefiere «ser de provecho a dos o tres lectores que gustar a mil». Hay en El Misterio de la Cruz algunos vestigios que conducen muy lejos en la pista de la Verdad sólida... «y el autor no ha querido ser más claro para que el lector se diera también algún trabajo en su búsqueda y en su meditación».

El primer capítulo comienza comentando un versículo de Isaías (XLI, 4): «¿Quién es aquel que ha obrado y hecho estas cosas? Es aquél que ha llamado a las generaciones desde el comienzo. Yo, el Señor, soy el primero y estoy con los últimos».

Douzetemps compara este pasaje con el Apocalipsis de san Juan (I, 8):«Yo soy el Alpha y el Omega, el comienzo y el fin, el primero y el último».

El Alpha, es, para Douzetemps «el abismo sin principio ni fin, sin fondo y sin orilla, sin número y sin medida, sin lugar ni situación». Es el «Sagrado Aleph tenebroso, el Alpha desconocido e innombrable, en el cual todo está escondido, tiempo y eternidad».

Para comprenderlo mejor, nuestro autor nos remite al Salmo XVIII, 11, a III Reyes VIII, 12, a Romanos IV, 17, y a I Corintios I, 28 y compara la letra A (alpha) al triángulo del fuego ?:

«Hay, sin embargo, en el abismo una voluntad abismal, pero sutil como la nada: se extrae a sí misma de sí misma; se impregna, se concibe y se engendra: y se convierte, por consiguiente, en el comienzo eterno de sí misma, o sea de la voluntad. Así esta voluntad abismal de la A, o del Aleph, no teniendo fondo, se hace uno mirándose a sí misma, y podríamos figurar este fondo con la V, que es el Verbo eterno, el espejo, la forma, la imagen sutil de la A, el primer nombrable, que era en el comienzo...». (6)

«Sin el Verbo, el Aleph no sería ni nombrado ni conocido, ni manifestado: por lo que comprenderemos que la V saca a la A fuera del abismo de la eternidad, siendo su voz y su palabra sustancial y la abertura del ojo de la eternidad, parecido a un globo inmenso e infinito, que lo encierra todo y no es encerrado por nada, que está encima, debajo, dentro y a través de todo». (7)

La O (omega) «representa a este globo inmenso y a este ojo abierto de la eternidad», (8) para Douzetemps el nombre de JEHOVAH, que contiene a la O, a la V y a la A, precedidas y seguidas de la H, contiene por lo tanto al Padre (la A), al Hijo (la V) y al Espíritu Santo (la O). (9) Para comprender mejor estos misterios inefables, Douzetemps nos propone de reunir la A y la V, el triángulo del fuego y el del agua ?? en un doble triángulo A en el que encontramos «un agua de fuego y un fuego de agua», (10) que es el «principio de nuestro renacimiento o regeneración por el espíritu del fuego y por el agua de vida, o, en dos palabras, por el agua viva, pues el espíritu del fuego es la vida del agua». Este triángulo de fuego y agua «no es más que vida pura, espíritu, luz, amor [...]» y, según Douzetemps (11) estaba considerado por Pitágoras como el símbolo de la Creación. El fuego, llamado en las Escrituras «tinieblas exteriores», es, sin embargo «la base y el Padre de la luz: Pues la luz es un relámpago (12) dulce, amable, lleno de fuerza, de vida, de virtud e incluso de mansedumbre, cuando el agua sobrepasa al fuego en el relámpago; pues sin fuego y sin agua no hay relámpago, que tiene al fuego por padre y al agua por madre». (13)

Hacer una exposición detallada de todo el contenido del Misterio de la Cruz supondría un trabajo que no podemos ni emprender, ni publicar; por ello ofreceremos simplemente extractos de la obra, así como la traducción de una de las elegías latinas y de algunas estancias del Hortulus Sacer. Unos pocos comentarios los acompañaran junto con nuestro deseo de que el lector de la puerta pueda, algún día, leer la obra integralmente.

3. Fragmentos del Misterio de la Cruz

«Es la razón, esta pequeña peste doméstica, esta enemiga declarada de la cruz, esta lisonjera y engañosa que, estando destinada a regular las cosas corporales y exteriores, quiere también dominar al espíritu y esclavizarlo bajo sus leyes» (MC. II, 6).

«La razón es verdaderamente el ojo del horizonte temporal, que debe regular las cosas exteriores y corporales, en las que participan el tiempo y el cuerpo; para ello ha sido dada al hombre: pero viniendo su origen de los astros, de los cuales es una influencia, su alcance no puede darse más allá de su fuente. [...] De donde una cosa toma su origen, allí puede llegar, pero no más lejos» (MC. IV, 3).

«El espíritu de este mundo, cuyo príncipe es Satán [...], utilizando para este efecto la pequeña serpiente seductora, que es la razón, como a un Niño, o fruto del espíritu astral, que abre todas las puertas y ventanas de nuestro espíritu para introducir su bella imagen y hacerse adorar, con todos los ídolos de conceptos, de ideas, de conocimiento, de bellos y engañosos razonamientos que ella forma» (MC. II, 8).

«Como la luz no puede ser engendrada sin fuego, del mismo modo que un hijo sin padre, tampoco puede subsistir la luz más que en un agua dulce, oleosa, que le sirve de alimento continuo [...]. Cuando el fuego ha consumido el azufre oleoso de las materias combustibles que lo alimentan, no quedan más que cenizas y polvo tenebroso. He aquí una ligera imagen del estado de Adán en su pecado. El fuego por el que estaba ligado indivisiblemente a la eternidad sin fin, se volvió a él y en todos los hombres, de los cuales era el tronco, un furor un hambre ávida y árida, una enemistad aguda y picante» (MC. II, 2).

«[...] Este fondo del hombre, que era su mayor amigo en su armonía con la sabiduría divina, siendo la base y el lugar eterno que hace al hombre inmortal, se convierte en su mayor enemigo doméstico a menos que, con la ayuda de la gracia y de la luz, que iluminan a todo hombre que viene al mundo, lo devuelva al orden y a la concordia a los que el Creador lo había destinado. Este fuego, o este fondo ígneo, en cierto modo, es un Imán (14), un hambre y una sed que atraen a sí lo que encuentran para calmarse y refrescarse: si se vuelve al lado de la luz (15), que engendra la mansedumbre, recibirá el maná celeste y el alimento de los Ángeles, o incluso la palabra viva, que procede de la boca de Dios, y que está cerca, en nuestra boca, cerca, en nuestro corazón por la que se operará una feliz metamorfosis de este espíritu de fuego, y de este fondo tenebrosos en un niño de luz: pero este mismo fondo se convierte en El en un enemigo y un cruel verdugo, si sólo le da por alimento paja, heno, madera y las estopas de las cosas de este mundo, que consume como una nada, sin calmar su hambre ni aplacar su sed: pues en lugar de templarlo, lo enciende aún más: lo que causa sus codicias, sus cóleras, sus venganzas, sus rabias y desesperaciones, que son tantas cruces encendidas con este fuego infernal, con las que el Diablo aflige a sus partidarios» (MC. II, 4).

4. La Cruz en la Naturaleza exterior

A continuación ofrecemos la traducción de la elegía latina que finaliza el Capítulo XIII: «De las maravillas de la Cruz en la Naturaleza exterior» seguida de unos pasajes de dicho capítulo.

COR, OCULUM, LUMEN MUNDI, CENTRUMQUE CREAVIT ME DEUS.

‘Corazón, ojo, luz y Centro del Mundo me creó Dios e hizo de mí una noble obra’.

Soy el Punto único abierto sobre la luz interior, por la cual la luz de la verdadera luz brilla en todas partes.

Resplandezco, no por mí mismo, sino por el Esplendor interior; no soy la luz, pero soy la imagen de la luz sagrada.

Es la luz santa del Cielo interior quien refleja en mí esta llama que vivifica y fecunda.

Hay también en mi interior una fuente, ¡Qué alejada está de las cosas externas! Pues manifiesto y realizo en acto las modificaciones de la luz interior.

Esta santa luz, por mí que estoy inmóvil, mueve a todas las cosas; por mí calienta a todas las criaturas y rige a toda la Creación.

Por mí, instrumento de la luz y su fiel ministro, purifica, conserva, reviste y alimenta a todas las cosas.

Todas las cosas giran alrededor de mí; todas las cosas tienden hacia mí, como el sujeto se vuelve hacia su Señor.

Buscando con ansiedad mi faz, la Tierra se vuelve hacia mí; y sin mí, la Tierra sería un infierno.

Antaño la Tierra miraba hacia el punto donde estoy situado; pero ahora es ella misma su centro, hacia el cual afluyen todos los elementos.

Y así será hasta que la Tierra sea renovada; de nuevo se dirigirá hacia ese Punto y producirá gérmenes de modo paradisíaco.

Por mí los hombres reciben la razón y los brutos los sentidos: pero la luz del intelecto divino no está en mí.

Desde la caída de Lucifer, ocupo el asiento real, e, inconmovible, ocupo el trono donde él estaba antaño.

El Cielo inmenso, como lo ves, realiza su revolución en círculo alrededor de mí, y yo, centro de este círculo, produzco la luz.

El príncipe Miguel, habiendo vencido y expulsado al Dragón, reside en mí, según la orden de la luz.

Soy macho dando a todas las cosas la luz activa y el fuego: la Luna, hembra, les distribuye el agua pasiva.

En nosotros está escondida la tintura que celosamente ocultan la asamblea de los Filósofos, y que niega el Sofista.

Porque mi luz resplandece en el interior hacia el exterior, el hombre debe llegar al interior partiendo de las cosas exteriores.

Le enseño la vía: pero debe tender más allá; después de apartar el velo detrás del cual se esconde el origen de la verdadera luz. (16)

Encontrará el fuego que me enciende y me alimenta; luego encontrará la tintura y por allí la Cruz.

La Cruz le revela la Santa Trinidad y su Majestad; que se mantenga debajo de la Cruz: le será dado, bajo la Cruz, el gozar de la luz.

H

«Es pues, el Sol quien da a todas las cosas, por orden del Soberano Maestro, el alma y el espíritu de quinta-esencia, que lo anima y vivifica todo: y es la Luna quien les da el cuerpo y la humedad, que resiste a todo; y así viene del Sol el calor natural y de la Luna el húmedo radical permanente que conserva el fuego del Sol. Estos dos luminares, actuando en concierto, deben producir con certeza un fruto, o un hijo, que sea digno de una tan gran parentela, y que por sus efectos muestre su origen, qua sit origine natus: es la primera de todas las sales, o el primer ser de las sales» (MC. XIII, 6).

«Gran calamidad para todo el género humano pero también su gran medicina, si cae en manos inteligentes e industriosas. Los sabios, que lo han conocido, lo han honrado con títulos y nombres magníficos, llamándolo hijo del Sol y de la Luna, Primogénito de la Sabiduría creada, Salino Iliástrico, luz de inteligencia, Limbo Angélico» (MC. XIII, 5).

«El gran misterio de esta sal de las sales consiste en la cruz: los antiguos sabios fueron engañosos y envidiosos, cuando le dieron sólo un origen celeste, representándola por un círculo y una línea perpendicular , pues encierra también una línea diametral, de la cual han marcado la sal , de modo que estas dos figuras, que están infaliblemente en el nitro, forman la figura del vert de gris de los sabios, o sea la cruz entera y perfecta en el círculo , figura que es el comienzo y la consumación de todos los misterios de la naturaleza: pues teniendo a los cuatro elementos, más fuego y aire que agua y tierra, debe, por lo tanto, representarlas también con su figura: Ahora bien, la figura que hemos representado encierra a los cuatro elementos y al misterio de la Cruz; Ved el capítulo VIII, párrafo XIV. Así en él están encerrados el macho y la hembra, el Sol y la Luna, que son su padre y su madre; ved lo que dicen Basilio Valentín, Teofrasto, Arnaldo de Vilanova y entonces me creeréis» (MC. XIII, 7).


5. Hortulus Sacer

Al lector:

Si leyeres mis versos con un corazón frío, éstos serán fríos para tu corazón. Pero si es con un corazón amante, arderás del mismo fuego que inflama a mi musa y me consume de Amor.

Corrupción del uno, generación del otro
Lo que hace perecer el crudo invierno, la dulce primavera lo restituye. Las cosas de aquí abajo están sometidas a cambios sucesivos.

La muerte sucede a la vida, la luz a las tinieblas; al trabajo, el reposo reparador; a la guerra la paz y a lo viejo, lo nuevo.

Cuando perece el viejo Adán, de ello renace uno nuevo. Cuando perece la naturaleza, espontáneamente regresa la gracia.

¿Quieres generar una nueva naturaleza? Destruye la antigua por corrupción, pues si ésta no perece, nunca se desarrollará una vida nueva. (H S. LII).

Levántate tú que duermes
¡Hombre inmortal! Que, ¿te duermes en una vida ociosa, tú que has nacido para la vida eterna? ¿De dónde procede un tan profundo aturdimiento? Levántate: abre los ojos; sacude el sueño que te oprime: los violentos arrebatan el Reino de los Cielos (17). (H S. XXXII).

La humildad receptiva
Del mismo modo que fluyen las aguas de las colinas al valle, así Dios llena de amor a los humildes receptivos (H S. XXXVII).

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1. Para muchos autores, la Obra Hermética consiste en doce tiempos o fases. Estas doce operaciones están representadas por los signos del Zodíaco. Para Dom Pernety, éstas son:

Calcinación Sublimación

Congelación Separación

Fijación Inceración

Disolución Fermentación

Digestión Multiplicación

Destilación Proyección

2. En un artículo sobre Douzetemps en «Etudes Traditionelles» nº 372 – 373..

3. Le Mystère de la Croix, ed. Arché, Milán, 1975: XIII, 12.

4. Ibid. XIII, 7.

5. Art. cit., continuación en el nº 375 de dicha revista, p. 70.

6. Le Mystère... cit.: I, 3.

7. Le Mystère... cit.: I, 4.

8. Ibid.

9. Ibid.

10. Le Mystère... cit.: I, 7.

11. Ibid., nota en p. 9.

12. ‘Relámpago’, en francés éclair corresponde al hebreo zohar: ‘chispa, esplendor, relámpago’.

13. Le Mystère... cit.: II, 5.

14. Comparar con otro pasaje de Le Mystère... cit.: VI, 2:

«Nadie hay tan perverso y corrompido en el mundo, que no haya sentido varias veces este tirano, este Imán, este fondo sin orilla y este dragón de fuego, que por sí mismo, sin la luz divina, es un diablillo, que, por su naturaleza es indestructible; pues es el fuego que nunca se apaga, pero que puede ser refrescado y convertido en un fuego luminoso, dulce, amable, como la naturaleza de los ángeles».

15. Se trata de la conversión. En un libro hermético se explica con las siguientes palabras: «Debemos convertirnos, es decir volvernos, y en lugar de mirar al exterior donde se dispersa el pasado, contemplar el interior donde reposa el eterno Presente de vida». (L. Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, Arola ed. Tarragona 2000: XV, 56).

16. Vemos que se trata siempre del velo que recubre a las Escrituras.