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SIETE NOTAS EN TORNO A UN TABLERO,

Y SIN TOCAR LAS PIEZAS.

J. Udariaetagorka

 

 

Un extraño campo de batalla

entre el Cielo y la Tierra.

Al aruriga dormido,

el sentido desmembrado,

El tacto de Dios,

la trascendencia,

El Tao.

 

UN EXTRAÑO CAMPO DE BATALLA.

Noche y día, luz y tinieblas, placer y dolor, la vida humana en este mundo parece estar aprisionada en un mágico tablero de fuerzas antagónicas (1).

Las más de las veces, la cotidiana existencia se nos presenta como una lucha, como una dura batalla en la que siempre intervienen dos fuerzas opuestas: nosotros y los demás, nuestros deseos y nuestros temores, nuestros odios y nuestros amores (2).

Tal concepción de la existencia, antigua como la vida misma, aparece en todos los textos sagrados de la antigüedad: «La vida del hombre es batalla sobre la tierra» nos dice en el Libro de Job, VII 1, como si nos diera la clave y resumiera al mismo tiempo ese magnífico Canto al Señor que es la Bhagavad Gita.

También para Louis Cattiaux, El Mensaje de Reencontrado XXIX, 15, nos hallaríamos en una especie de campo de batalla en el que, señalémoslo, no podemos ni reposar ni instalarnos, sino más bien dedicarnos a la búsqueda y a la comunión con Dios.

Con todo ello, observaremos que, paradójicamente, la vida del hombre sobre la tierra, tema central de la Bhagavad Gita, a parte de una batalla, es asimismo un canto al Señor; un canto, por otra parte, casi siempre inconsciente, y también que esta vida nuestra, como las casillas del tablero del ajedrez, está dominada por la alternancia de los opuestos.

Pero, a pesar de todo ello, hay quien opina que esta visión dualista del universo y de la vida no es sino una visión parcial, inexacta, incorrecta. Entre los hindúes, nuestra concepción del mundo, lo que de él vemos, es algo fragmentario, teñido por nuestro estado de inconsciencia, y recibe el apelativo de Maya, la ilusión.

Racionalmente, no lo olvidemos, sólo podemos tener en cuenta esta visión a su mismo nivel: el de la dualidad. Una vez trascendido éste, carecería de sentido y de valor, y precisamente en esa trascendencia reside el sentido de la vida humana, pues en esa trascendencia el guerrero que lucha sería también sacerdote que ora.

No se trata, recalquémoslo de nuevo tomando el lenguaje de Louis Cattiaux, de «instalarnos» en este mundo, ni tampoco de luchar titánicamente contra él, permaneceríamos entonces prisioneros de la dualidad, sino de ir más allá, y eso gracias a una fuerza supra-humana que ya lo trasciende, fuerza que, por otra parte, se encuentra en su mismo centro, punto máximo de confluencia de los opuestos en el que se deshace la dualidad. Lo mismo podemos decir de nuestros defectos y limitaciones, e incluso de nuestras virtudes. No se trata de luchar contra ellos, o de que los unos luchen contra los otros, sino más bien de permitir que esta fuerza que los trasciende los borre o los aparte sin violencia de nuestro camino.

Sin duda nuestros defectos y virtudes proceden de esta misma fuerza que no logra expresarse con la libertad que merece.

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Como también nos explica la tradición china, el hombre es un ser «entre el Cielo y la Tierra», un ser que participa de las características del Cielo por su cabeza, simbolizado por el círculo o la forma esférica, y de las de la Tierra, simbolizada por el cuadrado y por lo plano, por sus pies (3).

Su papel en esta vida consiste en unir el Cielo a la Tierra, en hacer de puente entre ambos (4).

Esta misma tradición nos explica que el ser humano consta de tres componentes básicos, simbolizados por el auriga, el carro y los caballos.

EL AURIGA DORMIDO

El auriga es el hombre en sí mismo, lo que en Occidente llamaríamos el espíritu, el nous de los griegos que se tradujo al latín como sensus, el sentido. Este sentido profundo, el hombre interior, el Adán en nosotros, estaría como dormido, inconsciente.

El carro, o sea el vehículo gracias al cual se mueve el auriga correspondería al cuerpo físico, el soma de los griegos, mientras que los caballos serían el símbolo, dual observémoslo, de su alma, a través de la cual percibe el mundo que le rodea y se percibe a sí mismo, de su psiqué, con sus deseos, pasiones, sentidos, etc...

Esta es, o al menos así nos lo parece, a pesar de su simplicidad, una de las exposiciones más acertadas de la realidad actual del hombre caído.

Según este ejemplo, el ser humano estaría movido por su mente y su psiquismo, por sus sentidos y pasiones, pero desligados de su espíritu o ser verdadero. El auriga dormido sería llevado en su carro como nave a la deriva, por unos caballos que no acaban de ponerse de acuerdo entre sí. El sensus dormido estaría a merced de los sentidos (5).

Sin embargo, si nos remitimos a la etimología y nos despojamos de los prejuicios que las religiones suelen manifestar hacia los sentidos, hacia todo lo que pudiera sonar a «sensual», resulta sumamente chocante que la raíz de la palabra «sentidos» sea la misma que la de «sensus», el sentido, el espíritu que, al parecer, trasciende a los sentidos. Si seguimos por este camino, no resulta descabellado pensar que nuestros cinco sentidos no son sino diferenciaciones de un sentido básico más o menos dormido: el sensus al cual hacíamos alusión. Éste, al irse haciendo inconsciente, funcionaría sólo al nivel de la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto más groseros, un poco como un sistema de emergencia, justo para que no nos auto destruyamos.

Acaso este sensus fuera una especie de tacto que abarcara una gama más extensa de vibraciones que las que separan la vista, donde «tocamos» ondas o vibraciones luminosas, y el oído, donde tocamos ondas o vibraciones auditivas, del mundo material que vemos y tocamos habitualmente. Este sentido guardaría una estrecha relación con el Osiris de los egipcios, desmembrado por Tifón. Es curioso observar de pasada que, según Tertuliano (6) el Liber latino, correspondería al Osiris egipcio o al Dionisios griego, lo cual nos hace recordar al personaje dormido y mudo que aparece en la primera lámina del Mutus Liber.

 

EL TACTO DE DIOS

Sin duda tocar es muy importante, y no podemos aquí sino acordarnos de santo Tomás; pero, nos preguntaremos, ¿tocamos de verdad? ¿qué es, de hecho, tocar?

Esta palabra procede del latín toccare, que significa «llamar haciendo toc-toc». Tocar es, en cierto modo, proyectarnos hacia afuera en busca de una respuesta, visual en el caso de la vista, auditiva en el oído, táctil en el del tacto. Y esta proyección presupone necesariamente una dualidad: aquél que toca y aquello que es tocado (7).

La vida, nos atreveríamos a decir, es el tacto de Dios en la aspiración hacia la trascendencia.

Pero, mientras dure nuestro estado de hombres caídos, durarán la dualidad y sus múltiples consecuencias, aunque cuando el hombre se eleva a estado supra-humanos, o auténticamente humanos, si lo preferimos, ya sea momentánea o definitivamente, esta dualidad queda como abolida.

A fin de cuentas, vivimos en un mundo dual porque lo percibimos desde su nivel, a través de la dualidad, a través de unas estructuras biológicas duales. El funcionamiento actual de nuestra inteligencia racional o de nuestros sentidos, basado en el contraste, hace que así lo percibamos.

El funcionamiento de nuestro cerebro es asaz extraño y los científicos aún no han logrado explicarlo satisfactoriamente. En cierto modo, al menos una parte de él, funciona como las computadoras que utilizan un sistema binario o de base dos para procesar y almacenar sus datos. Así, los bits pueden estar en on o en off, y es su alternancia quien determina o codifica los datos.

 

LA TRASCENDENCIA

Si trasladamos estas ideas al campo de la percepción humana, veremos que ha de haber temor para que exista el deseo, del mismo modo que ha de existir el dolor para que conozcamos el placer. Se trata de una ley que, al menos en nuestro estado actual, no podemos eludir.

El hecho de vivir en un mundo limitado o dividido por que así lo percibimos, hace a su vez que nos limitemos y dividamos interiormente, viéndolo todo como partido en dos, y que consideremos más que un aspecto, que una parte de las cosas.

Nuestra visión del mundo, con todas sus imperfecciones, con todas sus vestiduras y velos es, en el fondo, nuestra visión de la Realidad última. Todo nos está hablando de Dios, pues el mero hecho de existir conlleva el tener algo de Dios en sí. Pero apenas vemos los efectos, casi nunca las causas y nuestro diálogo con lo que nos rodea suele ser de lo más profano.

Con gran acierto Lao-Tsé escribe que:

«El conocimiento que el hombre tiene del Plrincipio universal depende del estado de su espíritu. El espíritu habitualmente libre de pasiones conoce su misteriosa esencia. El espíritu habitualmente apasionado no conocerá más que sus efectos.»

Y, ciertamente, nuestra percepción no es precisamente la esencia de las cosas, sino de sus efectos, de su corteza exterior.

Pero para algunas personas, y a ellas van dirigidas estas cavilaciones, esta existencia dividida cohabita con una profunda nostalgia de una unidad perdida, de un centro abandonado (8) que hace que luz y tinieblas, noche y día, placer y dolor no sean en el fondo opuestos, sino complementarios que tiende a unirse, a fundirse en la trascendencia, pues la dualidad plantea necesariamente un estado de trascendencia donde resolverse.

Simbolizada por el centro del tablero, esta nostalgia de lo divino en el hombre es como la semilla del árbol que lo contiene enteramente en potencia. Es lo que simbólicamente se conoce por el corazón, en hebreo ‘corazón’ y ‘centro’ son la misma palabra: leb. La trascendencia que buscamos ya está allí; la felicidad que deseamos, el amor al que aspiramos, la riqueza que anhelamos, todo lo que buscamos afuera está en este centro y siempre lo estuvo; se trata sólo de llamar a su puerta, y no olvidemos que «Si llamamos a la puerta de la casa de Dios, es que Dios ya ha llamado a la puerta de nuestro corazón».

EL TAO,

Las dos fuerzas, antagónicas y complementarias, formadoras de este mundo, o de lo que nosotros vemos como este mundo, recibían en la antigua China el nombre de Yin, lo oscuro, lo femenino, y Yang, lo luminoso, lo masculino.

Yin y Yang tejen el mundo manifestado que emana de una esencia inmanifestada e inapresable por los sentidos en su estado actual: El Tao. Poco podemos decir de él...

Como escribe Lao Tsé:

«El Tao que puede expresarse (con palabras) no es el Tao verdadero. El Tao que puede nombrarse (con la boca) no es el Tao eterno.»

Con cierta irreverencia, añadiríamos que el Tao que puede tocarse, ése es el Tao eterno, pero se trata de saber tocar...

 

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(1): La fichas o figuras blancas y negras, colores antagónicos, alienadas en las casillas de los extremos del tablero del ajedrez, representan de manera verosímil a dos ejércitos alineados en orden de batalla. Se trata de las Fuerzas de la luz, las blancas, y de las Tinieblas, las negras. Teóricamente, las blancas siempre acaban ganando pues tienen una notable ventaja sobre las negras: ellas empiezan la partida de la dualidad.

(2): En última instancia, esta dualidad se apoya sobre un enorme malentendido que consiste en que nos creamos aislados e independientes de lo que nos rodea a causa de nuestra visión particular de la realidad. Este malentendido cesará cuando nuestra visión de la realidad sean una sola y misma cosa. Mientras tanto existirá este conflicto primordial que a su vez derivará en conflictos particulares, uno de los cuales será el causante de que consideremos nuestra vida como una lucha, como una batalla.

(3): El simbolismo del tablero es el de la tierra, el del mundo manifestado, compuesto de la luz y de tinieblas. Según Titus Burckhard «es el campo de acción de las potencias cósmicas». Estas actúan en y a través de cada uno de nosotros, en todos nuestros pensamientos, palabras y actos. Todo cuanto buscamos en la vida (riqueza, poder, éxito, etc...) se encuentra al nivel de esta dualidad, al nivel de las piezas, estando como estamos movidos por dos fuerzas antagónicas que no deberíamos oponer, sino conjugar, casar.

(4): La verdadera riqueza, el verdadero éxito consisten precisamente en eso. Quizás por esta razón las monedas chinas, símbolo de la riqueza, eran redondas con un cuadrado central.

Para los chinos el Wang (rey) era el hombre que unía el Cielo a la Tierra, su símbolo representa un hombre que casa lo que está arriba con lo que está abajo.

(5): Podemos reconocer al rey en el auriga que aparece en el personaje coronado del Arcano nº VII del Tarot de Marsella; el carro exageradamente cuadrado, correspondería a la tierra, a su cuerpo físico; los caballos, que van en direcciones opuestas, a sus sentidos. Su corona sería un símbolo del Cielo o del sensus, ese cielo terrestre, que hay que tocar.

(6): Sobre la Corona, 12.

(7): Por otra parte, si vamos más lejos, tocar es en el fondo buscar a ciegas, es llamar, es rezar, es pedir, llamad y se os abrirá, buscad y hallaréis, nos dice constantemente el Evangelio. Este modo de funcionar que condiciona toda nuestra vida dual, profana, exterior, puede ser, si se le orienta debidamente, quien nos permita acceder a la trascendencia.

Si el tablero del ajedrez, al ser cuadrado, representa este mundo terrestre con su dualidad, no deja por ello de representar el lugar donde ésta puede ser trascendencia.

Tal y como lo conocemos, el tablero del ajedrez corresponde al Nastuu-Mandala tántrico, diagrama de meditación que entre otras cosas simboliza el trazado fundamental de un templo.

Todo depende de nuestra orientación, de qué uso hagamos del tablero y de las fichas, tema que en este artículo no tocaremos.

Podemos ir hacia la unidad solar del centro, o dispersarnos en la multiplicidad lunar de las casillas más exteriores.

(8): Observaremos que es precisamente en el centro del tablero donde podemos situar ese punto que está más allá de la dualidad o de la manifestación. Las cuatro casillas que lo rodean corresponden a los cuatro elementos. Las doce casillas que rodean a estas cuatro casillas representan los doce signos astrológicos, mientras que las veintiocho casillas más exteriores corresponden a las veintiocho caras de la luna.