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RABÍ AQIBA Y EL MISTERIO DE LA UNIDAD

Emmanuel d’Hooghvorst

La existencia de Israel es inseparable de la Torah, la ley de Moisés que contiene seiscientos trece preceptos de los cuales trescientos sesenta y cinco son negativos y doscientos cuarenta y ocho positivos. Respecto a éstos se ha enseñado que su observancia preparaba la resurrección. Tal significado es, pues, mucho más profundo que el de una simple ley moral.

Ya hemos tenido la ocasión (1) de subrayar el aspecto equívoco del término ‘ley’, que los tra­ductores de la Setenta emplearon en griego para traducir la palabra Torah. Efectivamente, es desde esta óptica legislativa y moralizadora como la han entendido los que no eran judíos; este equívoco ha ido transmitiéndose en todas las traducciones posteriores, en el curso de los tiempos.

Entenderemos mejor el significado de la Torah si considera­mos que esta palabra procede de la raíz verbal iaroh, que significa a la vez ‘tirar de arriba abajo’, ‘disparar una flecha’, ‘regar’, pero también, ‘fun­dar’ e ‘instruir’. De todo ello hay en el misterio del don de la Torah a Israel: procede del cielo, resucita a los muertos, (2) ilumina (3) e instruye.

No existe mayor mandamiento que dedicarse a la Torah (4) del Señor; todos los demás están incluidos en éste.

Hay una Torah para el exilio y una Torah para el mundo por venir, una Torah escrita y una Torah oral, llamada sobre la boca cuya expre­sión es el Talmud. También se llama Torah, sencillamente, al Penta­teuco. Pero no hay más que una Torah.

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He aquí unos fragmentos que nos permitirán comprender mejor de qué se trata todo esto.

En el oficio de la mañana, en el momento de la bendición de la Torah, se dicen las siguientes palabras: «¡Bendito seas, tú, Señor (5) Dios nuestro, rey del mundo! Nos has santificado por tus preceptos y has mandado que nos dedicáramos a las palabras de la Torah. Te lo rogamos, Señor nuestro Dios, vuelve las palabras de tu Torah dulces en nuestras bocas y en la de tu pueblo, casa de Israel. ¡Bendito seas, Señor Dios nuestro, rey del mundo, que nos has escogido de entre todos los pueblos y que nos has dado la Torah!»

Conviene subrayar aquí el sentido del verbo hebreo ‘bendecir’, que expresa la idea de ‘hacer bajar’. «Bendito seas» significaría ‘que se te haga bajar...’ o ‘que se haga bajar sobre ti’.

Un célebre comentarista ha escrito: «El Santo-bendito-sea dijo a Israel: Os he dado mi Torah en matrimonio, como si dijera: ¡He sido dado a Israel con ella!» (6)

Otro ha dicho: «El Santo-bendito-sea –¡que sea bendito!– no es un aspecto separado de la Torah; la Torah no le es exterior y él no es algo exterior a la Torah. Asi­mismo, los sabios de la cábala han dicho: ¡El Santo-bendito-sea –que su nombre sea bendito– es la Torah!» (7)

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Pero se trata de Rabí Aqiba. El texto que leeremos al respecto es un comentario del Chema o la proclamación de la unidad del Dios de Israel. Todo israelita tiene la obligación de recitar este texto por la mañana y por la noche. Este fragmento procede de Deuteronomio VI, 4-9. Empieza así: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es Uno. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza».

La primera palabra del versículo 4, chemA, ‘escucha’, termina con la letra ayn, que, en las ediciones tradicionales de este versículo, aparece en un tamaño mayor que las demás letras del texto. Lo mismo ocurre con la última letra de la última palabra de este mismo versículo: ejaD, ‘Uno’, la letra dalet. Si unimos estas dos letras, la ayn y la dalet, obtenemos la palabra ed, que significa ‘testigo’. Israel es, pues, el tes­tigo en este mundo de la unidad de su Señor, IHVH, unión de lo que está arriba y de lo que está abajo.

En efecto, se ha enseñado lo siguiente: «Rabí Jeremia estaba sentado en presencia de Rabí Chai hijo de Aba y vio que ponía mucho énfasis. (8) Le dijo: ya que has unificado (9) lo que está arriba y lo que está abajo, y los cuatro soplos de los cielos, ya no es necesa­rio hacer más». (10)

Esta unidad no es sólo la de un Dios exterior al hombre. Los textos que hemos citado son, efectivamente, la afirmación de una inmanencia o de una presencia, (11) y es por medio de la Torah como Israel tiene el deber de vincularse a su Dios.

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El relato (12) que presentamos a continuación tiene por objeto el mis­terio de esta unión:

«Y amarás al Señor tu Dios» (Deuteronomio XXX, 20).

He aquí lo que se ha enseñado: Rabí Eliezer dijo: Si se dice: «con toda tu alma» (Deuteronomio VI, 4), ¿por qué añadir: «con toda tu fuerza?» (Ídem). Y si se dice: «con toda tu fuerza», ¿por qué también «con toda tu alma»? A un hombre más apegado a su cuerpo que a sus bienes, se le dirá: «con toda tu alma». A un hombre más apegado a sus bienes que a su cuerpo, se le dirá: «con toda tu fuerza».

Rabí Aqiba dijo: «con toda tu alma» [...] aunque te fuera retirada [...].

Ahora bien, ocurrió que el gobierno (13) pronunció un edicto que prohibía a Israel estudiar la Torah. Papus ben Judá fue a visitar a Rabí Aqiba, que celebraba numerosas reuniones de estudio, y le dijo:

¾Aqiba, ¿tú no temes al gobierno?

Aqiba le contestó:

¾Te voy a contar una parábola para que me entiendas: Érase un zorro que se paseaba junto al río. Vio manadas de peces que se desplazaban conti­nuamente de un lado a otro. Les dijo: ¿De qué huís así? – Huimos de las redes que los hombres dirigen hacia nosotros. Él les respondió: ¿Acaso no os gustaría salir del agua? Estaríamos juntos, vosotros y yo, tal como lo hacían mis antepasados con los vuestros. – ¿Eres tú al que llaman el más sagaz de los animales? ¡Muestras más estupidez que inteligencia! Si estamos llenos de temor allí donde estamos vivos, ¿qué sería fuera de aquí (fuera del agua) donde moriríamos? Ocurre lo mismo con nosotros, dijo Rabí Aqiba. Aquí donde vivimos, nos dedicamos a la Torah, de la que está escrito: «¡Pues Él es tu vida y duración de tus días!» (Deuteronomio XXX, 20). Si la desdeñáramos, ¿acaso no sería mucho peor para nosotros?

Así, la Torah era para él, en cierto modo, como el aire que respiraba.

Cuentan que unos días más tarde, Rabí Aqiba fue arrestado y encarcelado. También encarcelaron a Papus ben Judá, y encontrándose junto al Rabí, éste le preguntó:

¾Papus, ¿qué haces aquí?

Éste le contestó:

¾Bienaventurado eres, Rabí Aqiba, pues te han arrestado a causa de la Torah. ¡Desgraciado Papus, arrestado por razones vanas!

Cuando hicieron salir a Rabí Aqiba para ejecutar la sentencia de muerte, era el momento de la recitación del Chema. Y mientras le despellejaban la carne con rascadores de hierro, recibía sobre él el yugo del reino de los cie­los. (14)

Sus discípulos le dijeron:

¾Maestro, ¿hasta tal punto?

Y les contestó:

¾Todos los días de mi vida, me ha turbado este versículo: «Con toda mi alma», aunque Él te retire tu alma. Y dije: Que venga la muerte para que pueda dar testimonio de ello. Ahora, hela aquí, ¿acaso no daré testimonio?

Puso mucho énfasis en la palabra ejaD (‘uno’) hasta que su alma salió de él.

Al instante, el eco de la voz (15) se hizo oír:

¾¡Bienaventurado Rabí Aqiba cuya alma salió con la palabra ejaD!

Los ángeles del servicio dijeron en presencia del Santo-bendito-sea:

¾¡Tal Torah, tal recompensa! «¡Por tu mano Señor, libérame de los hombres del mundo!» (Salmos XVII, 14).

Se les respondió:

¾«¡Su parte está en la vida (de este mundo)!» (Ídem)

Pero el eco de la voz se hizo oír de nuevo:

¾¡Bienaventurado Rabí Aqiba, pues tú estás destinado a la vida del mundo por venir!

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La Torah del Señor brilla con mil facetas. ¿Quién pues, en este mundo de exilio, se enorgullecerá sin mentira, de haber agotado todo su sentido con explicaciones?

¿No han dicho los Maestros: «Hay 600.000 aspectos y 600.000 explicaciones en la Torah; a cada una de estas formas de explicar la Torah le corresponde la raíz de una alma en Israel. Con el advenimiento del Mesías, cada individuo en Israel leerá la Torah según la explicación que se encuentra en su raíz; y lo mismo ocurre con la realidad de la Torah en el Paraíso»? (16)

¡Que la Torah, lector, te sea compañera fiel, tú que vas solitario en este exilio, soñándote sin medida!

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[1] Véase la revista Le Fil d’ Ariane, n.º 1, 1977, p. 33, nota 3.

2 Talmud de Babilonia Sanedrín 90a: «No hay sitio alguno en el mundo por venir para aquél que dice: La Torah no resucita a los muertos y la Torah no pro­viene del cielo». Aggadoth du Talmud de Babylone, p. 1067.

3 Véanse Proverbios VI, 23 y VIII, 35 y Talmud de Babilonia, Berakot 8a, donde el texto siguiente: «Aquél que me encuentra ha encontrado la vida», se inter­preta como una alusión al hallazgo de la Torah.

4 Salmos I, 2.

5 Generalmente, se dice ‘mi Señor’, en hebreo Adonai, para expresar el célebre tetragrama IHVH. En la literatura rabínica, se le designa por medio de la expre­sión «El Santo-bendito-sea».

6 Rabí Moisés, hijo de Najmán, conocido generalmente con el nombre de Najmánides, vivió en Cataluña entre 1194 y 1267. Véase su Comentario sobre Éxodo XXV, 2.

7 Rabí Menajem Recanati, siglo xiv, El Libro de los sentidos de los Mandamientos III, 1, citado por Lachower y Tishby, t. I, p. 145.

8 Ponía mucho énfasis en la pronunciación de la palabra ejaD cuando recitaba el Chema.

9 Literalmente: «Ya que lo has reconocido como rey». Sobre los cuatro soplos de los cie­los, véase Ezequiel XXXVII, 9.

10Talmud de Babilonia, Berakot 13b. Aggadoth du Talmud de Ba-bylone, p. 75. Rabí Salomón Idelach (1560-1631), al comentar este fragmento, ha atribuido a esta unidad la figura cúbica; «y no hace falta añadir nada más», se lee a guisa de conclu­sión.

11 Según el gran comentario del Midrach Rabah, sobre Éxodo III, 12, cuando el Señor se apareció a Moisés en la zarza ardiente, le dijo: «Me aparezco a ti en una zarza para hacerte comprender que estoy con Israel en las espinas del exilio».

12 Talmud de Babilonia, Berakot 61b. Aggadoth du Talmud de Babylone, p. 124.

13 En algunas ediciones se lee: «el gobierno griego». Se trata en realidad de un edicto proclamado en el año 135 por el emperador Adriano. Después del fracaso de la rebe­lión de Bar Kokbah, este emperador quiso suprimir la existencia de los judíos como pueblo y les prohibió la observancia de su religión. Incluso la circuncisión fue pros­crita. Esta situación cesó tres años más tarde, con el advenimiento del reinado de Antonino Pío. Rabí Aqiba, que fue el maestro de Rabí Simeón bar Iojai, el supuesto autor del Zohar, era uno de los partidarios de Bar Kokbah, cuyo nombre significa ‘hijo de la estrella’. Ninguno de los opresores de Israel fue tan odiado por los judíos como el emperador Adriano, cuyo nombre generalmente va seguido en los textos hebraicos de la imprecación: «¡Que se pudran sus huesos!».

14 En la recitación del Chema.

15 La bat qol, literalmente ‘la hija de la voz’, considerada como una forma inferior de la profecía.

16 Luria (1534-1574), Sefer haKavanot: LXII, citado por G. Scholem, La Cábala y su simbolismo, ed. Siglo XXI, Madrid, 1985, p. 71.