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EL MENSAJE PROFÉTICO DE LOUIS CATTIAUX

E. d'Hooghvorst

Buzo ebrio de todos los dolores, ando errante tristemente

vestido con la piel de las bestias en este mundo exiliado de las grandes pesadeces,

donde los hombres, apagados por la caída, se obstinan.

L. Cattiaux.

Una lógica oscura y certera parece conducir este mundo hacia una meta desconocida, pero sin duda alguna catastrófica. El optimismo ingenuo del siglo pasado, ha dejado paso lentamente a una gran inquietud, las más de las veces inconsciente para los millones de individuos que componen nuestra civilización, una inquietud que por lo general se manifiesta por una inestabilidad creciente y una rebelión general de los espíritus y de los corazones.

Al igual que aquellos grandes ríos que se desecan a medida que avanzan hacia el desierto, los manantiales de la vida parecen agotarse (1) según aumenta la inteligencia del hombre; nos referimos a su maldad, a esta luz fría como la de nuestras lámparas eléctricas, que alumbran sin calor como fuegos muertos. (2)

Existe otra inteligencia, la verdadera, que el hombre percibe con sus antenas, no las de la radio o de la televisión, sino con sus antenas naturales, que le permiten comunicar con el profundo manantial de la vida oculta en la naturaleza, para llevarlo progresivamente hacia la luz viva y nutritiva.

Los grandes rebaños salvajes de la estepa no disponen de ningún radar, sino que tienen guías a los que obedecen y siguen. Por lo general son los individuos más ancianos y más sagaces los que poseen las antenas más receptivas. Ellos son los que prevén las tormentas y los ciclones, los que saben, según las estaciones, dónde se encuentran los mejores pastos y también los que descubren las trampas y huelen el peligro. Son los videntes del rebaño y el rebaño los sigue con seguridad. Pero nuestras antenas están como atrofiadas, hasta el punto de haberse convertido en órganos muertos, vestigios inútiles de una humanidad ya pasada. Pronto habrán desaparecido por completo. No nos sentimos seguros en ninguna parte. ¿No se aplicarían a nuestra época, mas que a ninguna otra, estas palabras del profeta Isaías?:

«Yahweh ha extendido sobre vosotros un espíritu de letargo; ha cerrado vuestros ojos, los profetas, ha echado un velo sobre vuestras cabezas, los videntes». (Isaías, XXIX, 10)

Y si, por casualidad, todavía hubiera entre nosotros un individuo que guardara intacta esta facultad tan valiosa de abrevarse en el manantial de las aguas puras del Sol y de la Luna, o que lo hubiera reencontrado tras una larga búsqueda, ¿qué suerte le reservaríamos? ¿Qué suerte le reservaríamos si se revelase a nosotros tal como es, es decir, psíquica y físicamente tan distinto? ¿Lo someteríamos a la benéfica acción del psicoanálisis con el loable objetivo, seguramente, de readaptarlo? Cattiaux, amigo mío, tu oscuridad en el mundo y su ceguera te fueron una extraña salvaguardia.

Quizá existen todavía, sobre la tierra adormecida, algunos hombres que velan y que interrogan a los astros como los magos de antaño. Para estos escribimos estas líneas, exclusivamente para ellos, pues han recibido el don del cielo de poder creer lo increíble. Dispersados en las tinieblas, nos son desconocidos. Sin embargo y sin saberlo, brillan como luciérnagas reflejando en la tierra oscurecida, la claridad de las estrellas. ¿Quién sabe si los ángeles de Dios no vendrán a recogerlos uno por uno, para reunirlos en el regazo de la Virgen, antes de la gran tribulación que ciertamente viene, esta gran tribulación tantas veces anunciada y siempre pospuesta, pero cuya proximidad resulta cada vez más evidente a aquellos que todavía son capaces de prestar atención?

Louis Cattiaux vivía en París, en la calle Casimir Périer, a la sombra de la Iglesia de Santa Clotilde frente a una tranquila plazoleta provinciana. En sus tarjetas ponía: Louis Cattiaux, poeta, pintor y boticario. En su misterioso taller de pintura a pie de calle, pintaba telas extrañas y magníficas, vírgenes hieráticas, rodeadas de símbolos olvidados. Las pintaba utilizando una materia rica, densa, coloreada al extremo. Afirmaba haber reencontrado el secreto de la antigua materia pictórica de los hermanos Van Eyck, este secreto del oficio que los pintores de antes se transmitían de boca a oreja y de maestro a discípulo. Su arte tenía algo sagrado, sus telas parecían pentáculos; la gente también lo tomaba por mago. Era asimismo sanador y proporcionaba a quienes se lo pedían miríficas pomadas no carentes de efectos curativos.

Su minúsculo taller de pintura, mágicamente decorado, parecía encerrar el universo entero. Allí se respiraba el perfume de algún jardín de Edén guardado muy interiormente; y uno volvía con frecuencia, sin saber demasiado por qué, quizá sencillamente imantado por el calor. Pues lo que emanaba de este hombre era un calor nunca alcanzado, totalmente distinto de la simple cordialidad, y también como el presentimiento de un secreto inmenso, vivo, celosamente guardado, como el pez filosófico que nada en agua profunda. Vivía cándidamente, con sobriedad, con pobreza según los hombres, alegre y feliz como un niño y como tal, sin malicia. Vivía como un buen padre de familia entre su mujer que amaba y su hijo que acariciaba a menudo y con ternura; pues este hombre tenía un hijo: un hijo que, cuando su padre lo tomaba en brazos y lo mimaba cariñosamente diciéndole: ¡Jesusito gordo!, respondía miau con tanta gracia. ¡Era un gato mágico, por supuesto…!

Sus amigos se preguntaban: «¿Quién es este hombre?», y sin poder responder con precisión a la pregunta, decían: «no es como nosotros». -Cattiaux, ¿cuál era, pues, esta vida secreta que resplandecía en ti? ¿Acaso habías descubierto la joya de eternidad? ¿Habías penetrado el enigma de este mundo?

¿Queréis saber qué es este mundo?, solía preguntar. Imaginad un campo de concentración modélico; es una imagen que nos es familiar; un campo de concentración concebido y realizado según los últimos descubrimientos de la técnica y la ciencia psicológica, en el que el trabajo -perfectamente inútil además-, sería racionalizado al extremo pero sobre todo, en el que cada prisionero sería su propio guardián y el de su vecino:

«¿Quién es el más grande de entre los prisioneros de la celda tenebrosa y hedionda?

¿Quién es el más estimable de entre los que se pudren en el callejón sin salida de la muerte?

¿Quién es el más conocido, pero quién es el mejor?

¿Quién es el más honrado, pero quién es el más útil?

¿Quién es el más inteligente, pero quién es el santo y quién es el Sabio?

¿Quién es el salvado y quién es el salvador?

¿Quién sirve y quién es servido verdaderamente?

¿El que comparte su pan o el que lo hace para todos?

¿El que limpia el calabozo o el que lo organiza?

¿El que consuela o el que cuida?

¿El que ruega por la liberación de todos o el que sufre con los condenados?

¿El que se rebela en la esclavitud o el que se instala en ella?

¿El que predica la buena conducta o el que muestra la salida oculta?

¿El que quiere forzar las cerraduras de la muerte o el que busca la llave que las abre todas?»

(El Mensaje Reencontrado XVIII, 10) (3)

Louis Cattiaux se calificaba de buena gana como «holgazán de Dios», de ese Dios que lo creó todo de la nada. Sin embargo, mientras no se ha encontrado a ese Dios, su búsqueda es el trabajo más penoso y doloroso que existe en el mundo. ¿Acaso no es Dios ese «Inútil» que buscamos y que con seguridad encontraremos cuando estemos reducidos a la nada, al menos en cuanto a nuestras cortezas tenebrosas? El corazón molido como la ceniza, del que hablan las Escrituras, no sería entonces una imagen de estilo.

«Quien alcanza al Señor de vida aquí abajo es como un holgazán al que todos los trabajadores del mundo no podrían igualar con todos sus trabajos.

¡Qué trabajador el que no se toma ni un respiro ni de día ni de noche en la búsqueda de la vida imperecedera! ¡Qué holgazán el que reposa en la unidad viviente del Único!» (4)

Si Cattiaux se había lanzado tan apasionadamente a la búsqueda del «Único», es porque no sabía que hacer en lo que él llamaba: nuestro exilio de aquí abajo, en el que se sentía totalmente extraño y al que nunca pudo adaptarse.

No por nada lloramos en el momento de nuestra entrada en esta cárcel de concentración y nuestro primer grito es un grito de dolor.

Aún habiendo soportado con valentía los trabajos, fatigas, decepciones, las pacientes investigaciones de un pobre pintor parisino, ignorado y sin apoyo, Cattiaux se avergonzaba de trabajar en el mundo y para el mundo. Sus cualidades naturales, afirmaba, le predisponían a vivir en el jardín del Edén, exclusivamente. Toda su rebelión interior, la había dirigido hacia lo que llamaba un extravío lamentable, tras el cual había venido a encarnarse aquí abajo. Consideraba vano todo trabajo mundano que fuera más allá del mantenimiento de la vida encarnada; del mismo modo, casi todos le consideraban a él como vano e inútil:

«Has perdido tu vida, decían mirando mis manos vacías, y nadie oía al dios que cantaba en mi corazón.» (5)

Hacia el final de su vida, le hemos oído muchas veces repetir esta sentencia de un maestro sufí:

«No pido más que un campo donde la locura pueda retozar libremente.»

Este holgazán murió en París, a la edad de 49 años, el 16 de julio de 1953 de una «extraña y fulgurante enfermedad» (6) totalmente inesperada. Había realizado en esta tierra una obra que el tiempo se encargará de mostrar a la luz del día.

Su obra pictórica merecería por sí sola un estudio exhaustivo. Condensó su experiencia artística en una obra todavía inédita: Physique et Metaphisique de la Peinture.

Nos ha dejado poemas cuya profundidad es sorprendente: Les Poèmes Zen, Les Poèmes du Fainéant, Les Poèmes Tristes que llevan por epígrafe: «el Atleta que se desviste ante una asamblea de jorobados no debe esperar cumplidos»; Les Poèmes de la Résonance, de la Connaissance, y por último, Les Poèmes Alchimiques, de los que ofrecemos un extracto a continuación:

La Joya

«Antigua soledad de las selvas primordiales donde brilla la esmeralda emanada de las estrellas, quien te encontró posee el secreto divino, que un maestro cierto nos legó en el pan y el vino.»

De su obra principal, El Mensaje Reencontrado, queremos hablar aquí. Quizá habrá que esperar todavía, antes de que este mensaje profético pueda quebrar el muro de la indiferencia que lo encierra y difundirse en el mundo. Cabe preguntarse si esa obra, madurada durante quince años en el silencio y el abandono, nos entregará el secreto de esa vida aparentemente inútil.

«No hemos nacido en una familia rica y nadie nos ha instruido en los misterios de Dios. Hemos tenido que descubrir, solo, las Sabias y santas Escrituras y hemos tenido que estudiarlas en la pobreza y en el abandono, a fin de que nadie se crea olvidado, sea cual sea su estado aquí abajo.

No hemos escrito el Libro en la paz ni en la seguridad de un santo retiro. Lo hemos escrito desde el principio hasta el fin en medio de la cloaca en fermentación de la gran ciudad, a fin de que nadie se crea abandonado, sea cual sea su situación aquí abajo.»

(M. R. XXVII, 57)

Hemos hablado adrede de un mensaje profético. No hay otras palabras para calificar un libro tan singular y original, tanto por el fondo como por la forma, es decir, de origen tan evidente. En efecto, el profeta es un original en el sentido más concreto que se pueda dar a este término. Es ciertamente bajo este aspecto, que trasciende a todos los demás, como se dibujará cada vez con más precisión en el futuro la figura de Louis Cattiaux.

Pocos días antes de morir, escribía en el libro XXXX y último de El Mensaje Reencontrado lo siguiente:

«Iré a ti con las manos llenas de tu vendimia y la espalda encorvada por el peso de tu cosecha y mi alegría será recibir tu beso de vida y comunicarlo a los niños que me has confiado, ¡oh Señor que colmas la santa obediencia!

Iré a ti con el corazón purificado y el espíritu claro dentro de tu cuerpo resucitado, si me envías tu salvación desde este mundo, Señor de amor y de conocimiento verdaderos; porque sólo tu esplendor es recibido por tu esplendor y sólo tu santa unidad se funde en el Único.»

(M. R. XXXX, 1)

Si hemos de creer al apóstol Pablo, el ejercicio de la misión profética debe proseguirse mientras dure la cristiandad, es decir hasta el fin de los tiempos. En efecto, ¿acaso no ha escrito: Aspirad al don de profecía como al más excelente? (I Cor. XIV, 1-5)

Su misma excelencia ¿no designa a este don como la realización cristiana más perfecta? Sin embargo, por razones que serían demasiado largas de examinar aquí, (7) este don del Espíritu Santo se convierte cada vez en algo más escaso a medida que la humanidad prosigue su carrera descendente que terminará al final del ciclo presente por otro diluvio (8).

Se ha convertido en algo tan escaso porque cada vez hay menos hombres cualificados para recibirlo, guardarlo y madurarlo. Y por lo general ya ni sabemos qué es un profeta y cuál es su misión. Incluso quizá el mero hecho de mencionar esta palabra hará sonreír. No tenemos que convencer a nadie. Basta con que algunos se reconozcan y se reencuentren. Pero nos ha sido recomendado también poner a prueba los espíritus para saber si son de Dios. Particularmente en los últimos tiempos, los falsos profetas serán numerosos y seductores; de hecho, en la actualidad hay muchos. Quizá El Mensaje Reencontrado nos dará la ocasión de ejercer nuestro juicio y distinguir los verdadero de lo falso.

«Sometiéndonos de antemano al juicio de Dios, al juicio de los Hijos de Dios, al juicio de los amigos de Dios y al juicio de los profetas de Dios, no podemos temer el juicio de los inteligentes del mundo ni el de los poderosos del mundo, ni el de los sabios del mundo, ni el de los hipócritas y de los ignorantes que ahora nos entierran.»

(M. R. XXVII, 49’)

Este candor tan inesperado, esta ausencia total de malicia en la expresión tienen algo que resulta «chocante» en el siglo XX. Si son ciertas, y al lector le concierne juzgarlo, no pueden explicarse más que por la posesión de un inmenso secreto; pues el verdadero candor del hombre vuelto niño es una gnosis que se guarda. Hemos aludido anteriormente a una imagen que no es nueva: la del mundo considerado como una prisión modélica. Cattiaux era muy consciente de ello: tanto su vida como sus escritos son un testimonio. Sin embargo, si lo había redescubierto en él y fuera de él, no fue porque hubiera hecho la trágica experiencia de la que nos habla el autor de la Vingt-cinquième heure por ejemplo. Los personajes de Georgiu no se habrían quejado nunca de su suerte aquí abajo, si no se les hubiera arrastrado a pesar suyo a este drama abominable de los campos de concentración, de las reclusiones administrativas, de las liberaciones automáticas.

Cattiaux llevaba aparentemente la vida de «un burgués de París», de un burgués un poco mago, es verdad, artista y original, pero, por encima de todo, de un hombre que no había salido nunca de su barrio, que vivía la «vida de cada día», al amparo de los grandes torbellinos socio-políticos que sumergieron a millones de hombres en la desesperación y la rebelión. El conflicto que se desarrollaba en él era mucho más profundo. Era el drama del combate con el ángel. Aquel que lo emprende no puede terminarlo ventajosamente sino poniéndose de acuerdo con su adversario al final de esta larga noche de angustias, en el momento en que los geománticos ven elevarse al oriente su Fortuna Mayor, por una vía que poco antes era oscura (Dante, Purgatorio, XIX). Es entonces cuando el exilio de aquí abajo se vuelve cruel para este tipo de vencedor, cualquiera que sea su posición en el mundo de la desemejanza; ¿dónde encontraría a partir de ahora aliados y amigos?

Parece como si el escritor sagrado, en las primeras páginas del libro del Éxodo, hubiera querido proporcionarnos una síntesis de la historia del mundo y de la misión profética, cuando nos habla del descenso de los hijos de Abaham a Egipto, de la terrible estancia que tuvieron allí y, por último, de su salida, bajo las órdenes de Moisés. El apóstol Pablo nos lo vuelve a decir: lo que está escrito allí es para instruirnos y para servirnos de aviso (I Cor. X, 11). Las Escrituras nos dicen que los hijos de Israel, que bajaron a Egipto con Jacob su padre, se hicieron poderosos allí tras la muerte de José y se multiplicaron. Observemos, en primer lugar, que en esta paternidad, el texto sagrado nos sugiere la existencia de un misterio: El número de almas que salió del muslo de Jacob era de setenta (9). Estas fueron las setenta almas que fueron a Egipto con Jacob. Luego se multiplicaron, tras la muerte de José. Tras su muerte, los hijos de Israel empezaron a crecer y, como si germinaran, se multiplicaron…(10) como si fuera necesario que José muriera para provocar la germinación y el crecimiento de sus descendientes. Paralelamente a este crecimiento, se produjo a su vez otro fenómeno: Se erigió un nuevo rey sobre Egipto, que no conocía a José y los egipcios establecieron sobre Israel jefes de trabajos forzados a fin de agotarle mediante trabajos penosos y vanos. Le sometieron al trabajo obligado, amargándole la vida, haciéndole trabajar duramente el mortero y la piedra.

«Estas cosas no han sido escritas con un objetivo histórico, escribe Orígenes,(11) no vayamos a creer que los libros santos nos cuentan la historia de los egipcios…es para ti que escuchas… para que sepas reconocer que se ha alzado en ti un nuevo rey que desconoce a José. Es un rey de Egipto, te fuerza a dedicarte a sus ocupaciones, te hace trabajar para él la piedra y el mortero. Te impone jefes y supervisores, te conduce con el látigo y el palo a realizar trabajos de la tierra, quiere que le construyas ciudades. Te obliga a recorrer el siglo, turbar tierras y mares por afán de lucro. Este rey de Egipto es el que te hace pisotear el foro para juicios, disputar con los tuyos por un puñado de tierra… cometer en tu casa bajezas y crueldades fuera de ella, infamias en tu propia conciencia. ¿Te das cuenta de que cometes tales actos? Tienes que saber que combates para el rey de Egipto, es decir que actúas bajo el impulso del espíritu de este mundo…»

Es la oposición de dos reinos, el de la luz y el de las tinieblas, cuyo príncipe «ya está juzgado» por la vanidad de sus obras. A medida que la luz de Israel, al alejarse de su origen, germina y crece, a su alrededor se va produciendo como por reacción, un endurecimiento de la corteza que la envuelve, una encarnación en una materia cada vez más grosera, y que la oprime, y la ahoga, oponiéndose ciegamente a su manifestación en el mundo.

«Cuando los sordos y los ciegos dominan en el mundo, los métodos groseros suplantan a los métodos sutiles.»

(M. R. XXVIII, 11)

escribe el autor dEl Mensaje Reencontrado; por ello, también los «los hombres sutiles» se encuentran prisioneros y exilados en el mundo. Busquemos pues para descubrir quiénes son aquí abajo, los Israelitas oprimidos. No todos son descendientes de los patriarcas, sino sólo los «que fueron a Egipto con José». Aquellos están mezclados con los egipcios como el buen grano y la cizaña y nada les distingue a primera vista, nada, si no es su deseo secreto, pues estamos hechos de la tela de la que están tejidos los sueños, dijo Shakespeare glosando a su manera la enseñanza de las epístolas: La fe es la sustancia de las cosas que esperamos. Los verdaderos Israelitas no lo son según el cuerpo sino según el espíritu. (12)

«La falta consiste en dejar en el abandono y en la indigencia a los buscadores de Dios. Pero el crimen consiste en forzarles a los trabajos del mundo bajo el pretexto hipócrita de utilizarlos o salvarlos.»

(M. R. XXVII, 50)

Y Dios dijo a Moisés en la zarza ardiente:

«He visto el sufrimiento de mi pueblo que está en Egipto y he oído el grito provocado por sus opresores, pues conozco sus penas… el grito de los hijos de Israel ha llegado hasta mí y he visto la opresión que pesa sobre ellos a causa de los egipcios… y ahora ve, te envío al Faraón para hacer salir mi pueblo, los hijos de Israel.»

Y desde la zarza ardiente, Yahweh comunica a Moisés su Nombre. Esta escena del libro del Éxodo nos instruye sobre los misterios de la vocación profética. ¿Hacia quién envía Dios al profeta? Hacia su pueblo que está en Egipto. ¿Cuál es su pueblo? Aquel que gime y grita hacia Dios. ¿Cuál es la misión del profeta? Hacer salir al pueblo y conducirlo a tierra santa. ¿Cómo se va a realizar este reconocimiento entre el «profeta» y aquellos hacia quienes ha sido enviado? Moisés se hace reconocer en primer lugar por los Antiguo Sabios, es decir, por los jefes espirituales del pueblo, gracias a ciertos «signos».

Pero esto no es lo esencial, pues Jesús se quejaba amargamente de esta generación malvada que pedía un signo. Hay sobre todo ciertas afinidades misteriosas entre la Palabra y aquellos a quienes va dirigida, y aquí tocamos los misterios de la elección que son también los de nuestra libertad. Escucharán tu voz, dijo Dios a Moisés. Los milagros y prodigios realizados a la vista de todos por Moisés, tenían como objetivo presionar al Faraón, hacer que se tambaleara el poder de su imperio sobre Israel, pero no salvarlo. Por otra parte, los milagros de Jesús tenían como objetivo reconfortar a los creyentes y confirmarlos en su fe, y leemos que allí donde no había fe, tampoco había curaciones. El enviado de Dios no se presenta de forma espectacular. Ningún signo, ninguna ropa particular, ninguna aureola de luz profana lo designa a nuestros ojos. Todo ello es inútil, pues no va hacia el mundo sino en el mundo, sencillamente hacia los suyos, hacia sus hermanos que están en Egipto.

«Heme aquí… hablo y vuestra alma se estremece al reconocer antiguas palabras: una voz que está en vosotros y que se había callado desde hace mucho tiempo, responde a la llamada de la mía…» (13)

«Ciertamente, Cristo es único en Dios, pero sus formas son múltiples en la creación. Así, lo reconoceremos primero por la obra y el peso, y después por la palabra; pero nunca por la apariencia.»

(M. R. XXXI, 18)

«¿Acaso no reconoceremos la palabra inspirada que resuena en la plenitud del verbo de entre las palabras delirantes que resuenan en el vacío del mundo profano?»

(M. R. XXXIV, 66)

Aquellos que han sido escogidos se han escogido a sí mismos en virtud de la mirada profunda que los ilumina a través de las cortezas de la generación carnal y corruptible, esta generación malvada. Es un juicio infalible: se da al que tiene.

Si Dios no nos da el don de creer, «podemos llorar sobre los impíos, no podemos creer por nosotros mismos…no podemos juzgarlos…»

Tras los misterios de la elección y del reconocimiento, vienen los de la salida del pueblo santificado, o mejor dicho, del pueblo de santos, bajo el mando de Moisés, «fuera de la tierra oscura y hacia la Tierra santa donde nada perece» (M. R. XXXIV, 13)

«Durante la noche, una columna de luz guía sus pasos, durante el día, una nube los cubre y los oculta de la mirada de sus perseguidores» (Ex. XIII, 22)

La claridad que ilumina el camino de la gnosis es una guía segura para aquellos que la siguen tras haberla conocido una vez, pero es también para los impíos, hipócritas y violentos, una nube que les ciega conduciéndoles a la disolución en las aguas del Mar Rojo. Por ello también los libros santos y las enseñanzas de los antiguos sabios tienen al menos dos sentidos: un sentido aparente, el vestido de sombra, y un sentido oculto, el núcleo de luz. (14) ¿No es también esta misma luz el astro que condujo a los reyes magos desde un país lejano hasta el nacimiento del hijo de Dios?

«¡Oh, vosotros que esperáis la salvación de Dios, despertad en el mundo!

Y buscad la luz secreta de las palabras de vida, en vez de contentaros con su vestidura de sombra.»

(M. R. XXXV, 77)

¿No se ha escrito también a propósito de esta luz secreta:

«Y la vida era la luz de los hombres y la luz luce en las tinieblas y las tinieblas no la han recibido?

Por ello, aquellos que hacen las obras de las tinieblas dicen en su noche: mostradnos algo y creeremos, acreditando así todavía más su ceguera. Pero, ya lo sabemos, esta luz ilumina un camino y este camino lleva al nacimiento del hijo de Dios, es decir, al Sol de Justicia, del que está escrito que germinará de la tierra.

¿Quién puede diferenciar el fuego del fuego? ¿Quién puede manifestar y encarnar el sol en la estrella de la mañana salida de la tierra tenebrosa?»

(M. R. I, 18)

«Quien siembra y cosecha la luz del sol posee la más alta virtud y el mayor tesoro del mundo total.»

(M. R. III, 40)

Son las bodas del Cielo y de la Tierra.

«Ni la moral del mundo ni su licencia nos librarán de la muerte.

La ciencia de Dios no admite ningún progreso, porque es perfecta desde el comienzo.

Solamente el amor encarnado del Perfecto que reina en el cielo.

Y su luz ilumina al creyente que acuerda el cielo con la tierra.»

(M. R. XXXV, 78 y 79)

En la cima del Sinaí, Yahweh dijo a Moisés:

«Juntarás al pectoral del juicio el Urim y el Tummim y estarán sobre el corazón de Aaron cuando se presente ante Yahweh ya así Aaron llevará constantemente sobre su corazón ante Yahweh, el juicio de los hijos de Israel.»

(Éxodo, XXVIII, 30)

Así Urim, significa Luz y Tumim, Perfección. He aquí el comienzo y el fin, pues la perfección de la luz no es otra cosa que el fruto muy pesado del Sol, esa luz corporificada, el cuerpo adorable y glorioso del Hijo de Dios ante quien todos serán juzgados: tanto los vivos como los muertos. ¿Y quiénes son los vivos?

«Algunos elegidos de Dios han recibido, ya en este mundo, el don espiritual y corporal del Altísimo antes del fin de los tiempos.

Estos son los hijos queridos de Dios, en los cuales ha puesto toda su confianza, y los grandes testigos de su juicio.»

(M. R. XXXIV, 15)

«La salvación de Dios es la ciencia más experimental que pueda haber, pues es la ciencia del Dios que ha creado el mundo y los universos que lo rodean, ¡y éste no delira abstractamente en el vacío!

Volvemos a decir la revelación enorme por ser increíble: Dios envía su esencia santísima que se encarna en la purísima substancia del mundo para la salvación de toda la creación caída. Comprenda quien pueda.

Experimente quien quiera.

Consideremos la NAVIDAD. Penetremos la NAVIDAD. Imitemos la NAVIDAD. Adoremos la NAVIDAD. Cantemos la NAVIDAD.»

(M:R: XXXVII, 53)

San Agustín hacía alusión a estos mismos misterios del juicio en sus instrucciones de catequesis al hermano Deogratias:

«Pues vendrá en el esplendor de su potencia, aquel que condescendió en primer lugar venir en la bajeza de la naturaleza humana y separará todos los santos de aquellos que no lo son, no sólo de aquellos que rehusaron creer en él, sino también de aquellos que creyeron, pero en vano y sin frutos» (15)

Puesto que la fe sin las obras es una fe muerta.

He aquí de nuevo, sobre estos mismos misterios, un fragmento de El mensaje reencontrado:

Como el mono que permanece prisionero de la calabaza, con la mano obstinadamente cerrada sobre el cebo, también a nosotros nos bastaría con soltar el puñado de barro que apretamos estúpidamente en este mundo para ser devueltos a nuestra libertad primera. Sin embargo, todos se burlan de los monos y nadie entrevé su propia codicia.

Mi señor me preguntó una vez: «¿Qué me traerás en el día del juicio?», y yo contesté: «Tu, en tu secreto en mí». Entonces dijo: «Está bien. Ve pues, germina, madura y fructifica para mi cosecha», y lloré amargamente de estar aún recubierto por el barro de la tierra extranjera.

(M. R. XX, 9)

Vendrá el día en el que lo oculto será puesto al descubierto; en el que los misterios sepultados bajo las piedras de nuestras catedrales antiguas serán manifestados, en el que la virgen negra que dormita silenciosamente en las criptas húmedas se alegrará de nuevo como la nieve florecida.

Jesús dijo a la multitud, hablando de Juan Bautista:

«Es aquel del que está escrito: he aquí que envío mi mensajero ante vosotros para precederos y prepararos la vía. En verdad os lo digo, entre los hijos de las mujeres no ha habido nunca un hombre mayor que Juan Bautista, sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.»

(Mat. XI, 10)

Y San Pablo dijo, hablando de los profetas:

«Han errado de acá para allá recubiertos de pieles de cordero y de cabras, desprovistos de todo, perseguidos, maltratados; aquellos de los que el mundo no era digno.»

(Heb. XI, 37 y 38)

Aunque hayan errado en este mundo, cubiertos de la piel de bestia de los hijos de Adán, han caminado sin embargo como asnos portadores del Santo Sacramento, cargados del tesoro del rey de los cielos. Aquellos que rechazan el asno a causa de sus orejas grandes y de su pelo áspero, muestran con ello que se dejan cegar una vez más por las apariencias del mundo.

«Felices quienes recuerdan que el Señor nació en un humilde establo, bienaventurados quienes reencuentran su huella en este mundo y muy felices quienes le calientan de nuevo como asnos sabios».

(M. R. XXXX, 16)

Los misterios del profetismo son, como su propio nombre indica, los de la palabra, aquella palabra que fue comunicada a Moisés en la zarza ardiente. Pero la palabra de Dios no vuelve a él sin haber germinado y vegetado. (16)

«La palabra de Dios procede de su NOMBRE y vuelve a su NOMBRE. Sale fluida y vuelve sólida.

¡El Señor de los mundos toma cuerpo a su vez!

¡Oh, Milagro!, ¡oh, misterio!, ¡oh, perfección!, ¡oh, Todo que madura!»

(M. R. XXXI, 44)

Este Nombre inefable e inaudito para los mortales es el que da la existencia y la vida a todas las cosas. Es el que mata pero también el que renueva todo cuando canta la nueva primavera de la Resurrección. Es también este Nombre el que bendice o maldice según la manera en la que el se presenta a nosotros y según la manera en la que nos presentamos a él. Pues posee un anverso y un reverso. Como la esfinge de la fábula que devora a los transeúntes poco clarividentes, Yahweh nos es presentado por los profetas bíblicos, revestido de terror, de cólera y de muerte. Somos los transeúntes de este mundo y todos, algún día, tendremos que responder a la pregunta fatídica. ¿Qué haremos entonces? Está escrito que los hombres mueren por no haber observado las obras de Yahweh (17), y sin embargo, este mismo Dios, cargado de cólera, terrible y destructor, ¿acaso no es llamado también Dios de los vivientes? Asimismo, los profetas nos han hablado de lo que podríamos llamar «las dos caras de Dios», nos han predicho la historia del mundo y su desarrollo hasta la disolución final; pero, paralelamente a esto, de la evolución de la Santa Piedra hasta su coagulación final; de esta piedra que rechazaron aquellos que edificaban y que se convertirá para ellos en una piedra de escándalo, pues han edificado en la vanidad. Y estos serán como un sueño, dice el salmista, que Yahweh disipa la despertar, de esta Piedra, por último, contra la cual las puertas del Cheol no prevalecerán.

«Dios forma y disuelve imágenes, pero salva algunas por medio del Hijo, que es semejante al Padre.»

(M. R. XX, 47)

La trampa de este mundo consiste en correr sin cesar tras las apariencias engañosas, en vez de buscar a aquel que las anima todas, decía Louis Cattiaux. Sin embargo, ¿quién podrá alcanzar el Corazón muy puro y santo que vive en el centro de todas las cosas si él mismo no viene en un don de amor? ¿Acaso el Sagrado Corazón no está rodeado de un círculo de espinas protectoras, como la frente del Señor? Y, ¿cuántos, por demasiada prisa y violencia se han herido y desgarrado cruelmente? y, ¿cuántos han muerto en el camino a causa de sus heridas? ¿No es necesario primero que él queme estas espinas con el fuego de su amor a fin de que podamos alcanzarle en la dulzura de las cenizas nutritivas, allí donde ya nada es combustible? Dios dijo a Moisés, desde el Seno de la zarza ardiente: No te acerque aquí, quítate las sandalias, pues el lugar en el que estás es una tierra santa. Y Moisés escondió su rostro ya que temía mirar a Dios. Todas estas cosas fueron escritas de nuevo para nuestra instrucción y nada fue dicho inútilmente. La pureza que permite hollar la tierra santa y la claridad de la mirada, eso también es un don de amor.

Un maestro del hermetismo de la Edad Media escribió que no podemos conocer a Yahweh si primero no lo hemos disuelto, purificado, desprendido del velo mosaico y del aspecto de cólera y si, por una iluminación divina ulterior, no hemos sacado de Dios su corazón y su alma que es Cristo. Esto se realiza gracias al Espíritu Santo, que purifica nuestros corazones como una agua pura; más incluso, los ilumina como un fuego divino. Y entonces, el Dios irritado «se te aparecerá apaciguado».

«En este día, dirán: Una viña que produce un vino generoso, ¡cantadla! Soy Yo, Yahweh, quien la custodia; la riego en todo los tiempos; para que nadie penetre en ella, día y noche la guardo; ya no tengo cólera. ¿Quién me dará zarzas y espinas para combatir? Caminaré contra ellas y las quemaré. O bien, hagan las paces conmigo, que conmigo hagan las paces. (18)

Y Jesús dijo: Soy la viña y mi padre es el viñador… soy la cepa y vosotros sois los sarmientos… permaneced en mí y yo en vosotros…»

IEOUA

«Como esas estrellas que súbitamente se inflaman en la noche del cosmos, el corazón divino explota sin mesura cuando un sabio penetra hasta él.» (19)

Se nos podría reprochar, con mucho tino, una falta de pudor muy evidente si reuniéramos aquí todos los versículos de El mensaje reencontrado, descubriendo la experiencia que el autor hizo de estos misterios terriblemente santos. El lector curioso los reconocerá fácilmente.

«La verdad de Dios corre al encuentro del que la busca con un corazón humilde y purificado.

Pero huye de los que creen poderla violentar, se esconde de los que la desdeñan y abandona a los que la perjudican».

(M. R. XXXI, 12)

El que lea hasta el final el Libro de los contrarios y sepa unirlos en el NOMBRE único, doble, cuádruple y óctuple parecerá Sabio a los Sabios, santo a los santos y loco a los locos.

«Así, muchos han disertado magníficamente acerca de Dios, de sus atributos y de su creación, pero ¿cuántos han entrevisto la orla de su manto y cuántos han besado la huella de sus pasos? Pero, ¿cuántos, entonces, han contemplado el esplendor de su cuerpo y cuántos, ¡oh, estupor!, han saboreado las delicias de su corazón?»

(M. R. XIII, 38)

Nos hemos esforzado en hacer hincapié en este aspecto del Mensaje «Catesiano» que nos habla precisamente de esta coagulación de la Santa Piedra. Pero no podemos desdeñar otra faceta de su libro. Nos lo acerca más, nos lo hace más accesible, quizá: nos habla de la disolución próxima del mundo presente, de este siglo que vuelve al polvo.

Cattiaux había escrito a modo de epígrafe, al principio del libro XXXIX, este aviso dirigido a los pequeños pastores de la Salette por la dama de Luz:

«Al primer golpe de su espada fulminante, las montañas y la tierra entera temblarán de espanto, porque los desórdenes y los crímenes de los hombres traspasan la bóveda de los cielos.»

Lo que queremos decir al respecto quizá no sea del gusto de todos; el escepticismo en estos temas es quizá también un juicio de Dios. El Mensaje Reencontrado contiene múltiples profecías precisas sobre lo que podríamos llamar los últimos tiempos del mundo actual. Están repartidas a lo largo de toda la obra. Sin embargo, en la primavera del pasado año,(20) esta amenaza debió parecerle muy próxima y fue cuando escribió el Libro XXXIX cuyo tono perentorio y acuciante no escapará a nadie:

«Los sabios oficiales, herederos y descendientes de los sopladores rabiosos, que fueron los primeros en forzar el fuego, la naturaleza, a los seres y las cosas, ahora son más honrados y recompensados que nadie, porque son los sacerdotes de la ciencia del maldito que tiene el mundo entre sus garras…

Que lo encadena bajo el pretexto de liberarlo, que lo envenena bajo la máscara de la beneficencia, que lo embrutece con la promesa de distraerlo, que lo sumerge en las tinieblas prometiéndole la luz, que le priva del Dios de vida haciéndose pasar por él, e imponiendo la muerte a todos.

No es por casualidad que los demonios del Infierno están representados accionando sin parar fuelles de fragua que fuerzan el fuego donde se queman los condenados.

Ahí estamos, pero nuestra situación es tan idéntica a la imagen antigua que ya no podemos conocer el estado en que nos ha precipitado la ciencia del maligno.

¿Hay algo más estúpido que la máquina? Y ¿no estamos bajo el reinado de la máquina ciega y sorda? Y ¿no adoramos la máquina que nos mastica bestialmente?

¿Hay algo más estúpido que el Estado anónimo? Y ¿no estamos bajo el reinado de la Bestia ciega y sorda? Y ¿no adoramos a la Bestia que nos tritura ciegamente?

Los magos oficiales del Faraón son más fuertes que nunca en el mundo. Sólo han cambiado de apariencias y de astucias, de nombres y de métodos, pero sus prodigios siguen asombrando al mundo y lo mantienen en la esclavitud de la muerte.

La ciencia profana ha conquistado incluso el corazón de los religiosos, que se alían con ella sin darse cuenta que los devora sin perdón.

Porque han despreciado la ciencia de Dios que se ha retirado de ellos, y ahora son ridiculizados por la ciencia del demonio a la que adoran públicamente.

El tiempo de las máquinas apenas empieza y todos están seducidos, sin darse cuenta de que las máquinas son obras muertas que no producen más que la muerte.

Y todos creen servirse de las máquinas sin darse cuenta de que son ellos quienes sirven a las máquinas como esclavos embrutecidos por la muerte.

Ahora, todos defienden la causa del rebelde y ensalzan su obra maldita. Sacerdotes e incrédulos, monjes y laicos, sabios e ignorantes, artistas y obreros, ricos y pobres, sanos y enfermos, bienpensantes e impíos, jefes y peones, todos aplauden al fuego que va a devorarlos.

Los impíos dicen: «Hemos sustituido a Dios por nuestra ciencia», y los creyentes añaden: «Dios ha dado la ciencia al hombre para que se libere», pero ni unos ni otros ven el abismo abierto bajo sus pies ni el humo que sube y va a sepultarlos para siempre.

¡Oh, dolor! Nuestra voz es ahogada por la multitud de lisiados que se hunden alegremente en la muerte hedionda del infierno, y permanecemos solos, sin medios ni auxilio para hacer oír la advertencia última del Señor de justicia que nos envía al mundo, como el grano bajo la rueda del molino.

¡Oh, castigo cruel! El Libro de la liberación permanece desconocido, mientras que la inmundicia misma es regiamente financiada por los ricos del mundo, mientras que la fe muerta rebosa de los dones de los bienpensantes, mientras que las obras de muerte son alentadas por los bienintencionados que sirven al demonio sin querer saberlo.

¡Oh!, ¿quién dirá con nosotros la urgencia de arrepentimiento? Y ¿quién vendrá a ayudarnos a reunir la simiente del mundo nuevo?

¡Oh!, ¿quién lanzará con nosotros el grito de alarma antes de que el absurdo engulla el mundo? Y ¿quién rogará al Señor de perdón, a fin de que el Libro aparezca antes del golpe centelleante de su rayo que retumba?»

(M. R. XXXIX, 28-36)

Hay una diferencia esencial entre videncia y profecía. El profeta es siempre vidente, sin embargo el vidente no es profeta. Aunque este tipo de definiciones es siempre delicado y necesariamente incompleto, podemos afirmar que la videncia es generalmente una aptitud natural que permite ver en el mundo sutil -que los ocultistas modernos llaman astral- los acontecimientos futuros que están en gestación. Es un papel puramente pasivo y, necesariamente, bastante limitado, aunque pueda haber un gran número de matices y grados de realización. En el ejercicio de la videncia interviene el discernimiento de los espíritus, que no todos los videntes ejercen con igual éxito. El vidente es capaz de predecir, sin embargo es incapaz de profetizar. Por el contrario, la profecía es un don del Espíritu Santo: el sujeto juega un papel a la vez pasivo y activo, puesto que si bien comulga con la conciencia cósmica, por otro lado fija el porvenir por el mero hecho de «proferir» la palabra, y el futuro, así fijado por la palabra profética, se convierte en el fatum de los antiguos (21)

Hoy en día, espíritus iluminados como René Guénon y Raymond Abellio (22) nos han anunciado, apoyándose en las ciencias tradicionales, el fin inminente del ciclo actual de la historia. Para Abellio por ejemplo, esta disolución del mundo actual vendrá sin duda por una catástrofe de tipo geológico, un nuevo diluvio, análogo a los que destruyeron antaño la Lemuria y la Atlántida. El Mensaje Reencontrado nos da un aviso parecido:

Desde que se nos amenaza con el fin próximo del mundo y que nada ocurre, ya no creemos en esta broma pesada, dicen los impíos. Ahora, dejadnos en paz y dejad que nos organicemos por nosotros mismos en este mundo que nos pertenece.

Desgraciadamente, no saben que las plegarias, las lágrimas y el sacrificio de los santos y de su patrona son lo único que ha retenido hasta ahora el brazo de la cólera de Dios, pero el peso aumenta en proporción a nuestra negación de Dios, y ahora es enorme y se vuelve insostenible, incluso para los más fuertes.

«Incluso los crujidos de la cólera de Dios, que balancea antes de abatirse sobre el mundo, no serán comprendidos por los hombres revelados contra Dios.

Incluso el fragor de la cólera de Dios, que hierve antes de sumergir el mundo, no será comprendido por los hombres ocupados de sí mismos».

(M. R. XXXIX, 42 y 43)

«Amigos míos, ¿no veis la agitación del absurdo que se amontona ante vosotros por todas partes en el mundo, en un equilibrio imposible?

¿No veis la negación universal del verdadero Señor de vida, en beneficio de aquel que falsifica y desencarna toda vida para saciarse de ella?»

(M. R. XXXIX, 46)

En su obra, Abellio imagina la creación de una «Orden», similar en algunos puntos a las grandes órdenes religiosas de la Iglesia Católica, que respondería con más exactitud a las nuevas exigencias. Pues actualmente el problema, dice, ya no consiste en salvar a este mundo sino sencillamente en salvar y agrupar al pequeño grupo de hombres cualificados para poder formar el nuevo mundo postdiluviano. Aunque no conozcamos al Sr. Abellio -si no es por sus escritos- hemos querido hacer hincapié sobre este testimonio nuevo de la gran inquietud que invade paulatinamente a aquellos que todavía tienen los ojos abiertos.

Algunos nos han hecho la siguiente pregunta: «¿Tenía el autor de El Mensaje Reencontrado la intención de fundar una nueva religión?» Responderemos que ninguna idea le fue más ajena que ésta, a causa del carácter puramente «profano» de la que está impregnada. Además, no ha habido más que una única religión desde el comienzo del mundo. El autor escribió este libro para servir a los creyentes en la unidad y no para añadir algo más a la confusión de las lenguas.

Además, es imposible hablar, respecto a El Mensaje Reencontrado, de «revelación nueva», en el sentido en que no se puede añadir ni suprimir nada a lo «dado» de la revelación tradicional, que es completa. Esto es una tradición constante en la Iglesia y nadie puede apartarse de ella sin caer a su vez en las aberraciones y extravíos del falso profetismo. En este terreno no hay «progreso» ni «evolución». Nos hemos esforzado precisamente en enseñar, en la medida de lo posible y en el marco restringido de este estudio, la conformidad de la inspiración de El Mensaje Reencontrado con la de las Escrituras y es esta conformidad la que la legitima y autentifica: Las palabras de los sabios son como aguijones y sus obras como clavos hincados profundamente; nos son dadas por un único Pastor (Ecc. XII, 11).

Sólo se puede hablar legítimamente de revelación nueva en el sentido de un velo nuevo que cubre el mismo misterio antiguo que permanece siempre eternamente idéntico a sí mismo.

«¡Oh, pura esencia, incluida en la pura substancia, que gimes en el hombre caído!, permite que el Libro que habla de nuevo de tu amor aparezca en el mundo, a fin de que tus niños enlutados perciban una vez más tu llamada antes del juicio aterrador que viene.

¡Oh, Amada que contienes al Amado!, permite que el Libro de tu esplendor imante de nuevo a la multitud de tus hijos caídos en el barro, que yerran miserablemente tranquilizándose con tu antigua promesa, sin hacer nada para penetrarla ni para ponerla en práctica verdaderamente.

¡Oh, Padre-Madre-Hijo santísimos!, quieras iluminar a tus agonizantes antes de que sea demasiado tarde».

(M. R. XXXIX, 8)

Todavía no hemos agotado el tema. Sería por lo demás una labor imposible. No hemos hecho nada más que rendir testimonio de lo que hemos leído y oído. Esperamos que aquellos a quienes el autor ha dedicado el Libro nos disculpen por nuestra indigencia. El Mensaje Reencontrado lleva, en efecto, dos dedicatorias. Una es general, aunque se dirija sólo a un número muy reducido: Este libro no es para todos, sino sólo para quienes les es dado creer lo increíble. La segunda dedicatoria es más particular; sin embargo atañe a un gran número de hombres de nuestro globo: Este Mensaje está especialmente dedicado a los pueblos negros cuyo advenimiento en el mundo está anunciado. Tras haber sido durante tanto tiempo esclavos o considerados como niños bajo tutoría, los pueblos negros serán libres, poderosos y dominarán a sus antiguos amos. Para ellos, especialmente, ha sido escrito este libro, bajo la inspiración del Espíritu.

Cuando el mago Merlín (23) descendió a la azul Bretaña para instaurar la búsqueda del Grial, según la orden recibida de Dios, sus aliados le reconocieron y le acogieron con alegría, aunque su origen era oscuro. Con frecuencia se divertía cambiando de forma para desconcertar a los extranjeros, para extraviar a sus enemigos; pero sus amigos se reían de ello y también se regocijaban con él, puesto que sabían reconocerle perfectamente bajo cualquiera de sus aspectos: ora era un ciervo astado, ora, un hombre salvaje barbudo, o un joven y bello mozalbete. El mago era maestro de las formas y apariencias, puesto que todas le pertenecían.

Pero si el cuento nos narra todo lo que hizo Merlín para el Grial y cómo reveló su existencia y búsqueda a los caballeros del rey Artús, también nos habla, en último térmi